Pedro del Río Zañartu, el filántropo de Concepción

Andrés Medina Aravena. Profesor UCSC.

Hace ya más de un siglo, el 5 de mayo de 1918, dejó de existir en Concepción Pedro del Río Zañartu, uno de los personajes señeros de la zona, y sobre cuya historia, las diversas iniciativas que desarrolló en vida y las que quedaron depositadas en su testamento se ha escrito mucho.

Vivió una vida larga para su época, 78 años, en los que debió enfrentar grandes aflicciones, a las que logró sobreponerse con una profunda fe interior. Asimismo, su existencia estuvo marcada por su mirada progresista, su ímpetu emprendedor, su carácter filantrópico y su espíritu aventurero, que lo llevó a viajar varias veces alrededor del mundo. Toda una hazaña para su tiempo.

Sin embargo, lo que lo define de cuerpo completo es el logro de su más profundo anhelo: dejar para su ciudad -como testimonio personal y en homenaje a su padre- un legado que permitiera a los vecinos acceder al patrimonio cultural que reunió a lo largo de su vida. Fue así que su casa, levantada en el fundo Hualpén, donde vivió toda su vida adulta, se convirtió en un museo, formado por las piezas y objetos provenientes de todo el mundo que recolectó en sus viajes. Sin duda, fue su proyecto más preciado, y lo donó a la municipalidad de Concepción.

Para describir su personalidad, debemos partir refiriéndonos a su rebeldía infantil, demostrada en un arrebato que terminó con él destruyendo un texto de estudio frente a su profesor. Tenía solo 10 años, pero el incidente obligó a su padre a sacarlo del liceo de Concepción y trasladarlo a un colegio particular en Valparaíso, donde concluyó sus estudios, profundizando en materias mercantiles.

Nunca ingresó a la universidad ni tuvo un título profesional. No obstante, fue una persona de alto nivel cultural, con olfato para grandes negocios y dueño de una amplia visión de mundo, la que obtuvo merced a sus viajes por los diferentes continentes.

Miembro de la elite penquista decimonónica, mayoritariamente laica, Pedro del Río adhirió al credo católico, entregando generosas donaciones a órdenes religiosas. No obstante, eso no fue obstáculo para que participara del sector liberal democrático y declarara públicamente su cercanía con el presidente Balmaceda.

En 1875 se casó con Ana Rosa Serrano Squella, con quien tuvo dos hijos. Sin embargo, cinco años después, y en solo tres días, debió vivir uno de los capítulos más dolorosos de su vida: la muerte de su esposa y de ambos niños, víctimas de la difteria. Para mitigar su profundo desconsuelo, se lanzó a su primer viaje por el mundo.

En 1883 se casó nuevamente, pero una vez más la tragedia lo golpeó. Si bien Carmen Urrejola Unzueta compartió su pasión por viajar y estuvo junto a él hasta su muerte, no tuvieron descendencia, pues sus tres hijos fallecieron al nacer. Así, su única descendiente fue María Isabel del Río.

Si bien en la época no resultaba extraña la existencia de niños nacidos fuera del matrimonio, sí era común esconder el apellido del padre. La novedad en este caso es que Pedro del Río no ocultó su paternidad, entregándole su apellido a su hija. Sin embargo, resulta curioso que fuera la identidad de la madre la que quedó en la oscuridad.

A lo largo de su vida, Pedro del Río Zañartu abarcó una multiplicidad de emprendimientos, donde el éxito y el fracaso se mezclaron por igual. Pero lo que siempre se mantuvo constante fue el reconocimiento a sus colaboradores, quienes recibieron recursos que les permitieron mejorar sus condiciones de vida.

Su generosidad también se expresó en otros ámbitos, como la concesión de terrenos en los que se edificaron barrios que hasta hoy llevan su nombre, y algunas donaciones más llamativas, como las dirigidas a viudas y huérfanos del Combate Naval de Iquique, o las establecidas en su testamento en beneficio de militares chilenos que se distinguieran en un hipotético futuro enfrentamiento con Argentina.

Su espíritu de caridad y generosidad estuvo presente de manera permanente en todas sus actividades, siendo conocido su aporte a instituciones como el Teatro Concepción, el Club Concepción y el Banco de Concepción, del cual fue presidente. Pero, además, nunca dejó de apoyar a los niños abandonados, a los más desposeídos y a distintos gremios de la ciudad, y colaboró generosamente con la campaña para crear una Universidad y un Hospital para el Gran Concepción.

Pedro del Río Zañartu fue un alma noble, que transitó por las calles de Concepción dejando un ejemplo de vida al servicio de la comunidad, y su legado aún se mantiene presente a pesar del paso del tiempo, tanto en su casa, que hoy es un museo, como en el enorme parque que siguen recorriendo los habitantes y visitantes de la Región.

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