Por qué necesitamos Educación Sexual Integral

 Marcela Varas
 Académica Facultad de Ingeniería UdeC.
 Analista Tendencias en Educación Superior,
 Dirección de Desarrollo Estratégico UdeC.

 

Ad portas del segundo cuarto del siglo 21 aún nos encontramos con juicios acerca de si una persona es más o menos adecuada para un tipo de pensamiento o actividad, solo por su sexo biológico o identidad de género. Todavía hay quienes creen que la homosexualidad es una opción y hasta una enfermedad, curable o no. Se sigue ocultando -o negando- la existencia de distintas identidades de género y orientaciones sexuales. E, incluso, muchos continúan creyendo que la educación sexual debería reducirse a aspectos biológicos reproductivos, mientras que los aspectos afectivos deberían quedar en manos de las familias.

En este sentido, es cierto, idealmente las familias deberían estar preparadas para poder educar en estos temas, pero es un hecho que no todas cuentan con los recursos para hacerlo, ya sea porque por motivos laborales, los padres o adultos a cargo pasan muy poco tiempo en casa o, simplemente, porque no tienen las herramientas (conocimientos, actitudes, manejo del tema) necesarias para ello. Además, finalmente, la educación -en el amplio sentido de la palabra- depende en gran medida del sistema escolar.

A esto podemos sumarle que las generaciones que hoy ejercen la maternidad y paternidad no han tenido educación sexual integral, lo que conlleva que en estos temas muchos padres y madres se guíen por creencias, o reproduciendo los esquemas que obtuvieron durante su propio desarrollo.

La sexualidad y las emociones son aspectos fundamentales de la vida, por lo cual es necesario educarnos en ello desde la primera infancia. Se trata de ámbitos que influyen en el desarrollo individual y colectivo, y una buena evolución de ellos implicará que seamos capaces de hacernos cargo de nuestro propio ser, identificar posibles vulneraciones o violencia en nuestras relaciones, y adquirir mecanismos de autocuidado, así como de respeto hacia los demás. Tanto es así, que es dable imaginar que si nuestra generación (o las anteriores) hubiesen contado con educación sexual integral, probablemente viviríamos en una sociedad más plena, tolerante e inclusiva.

Por otra parte, si lográramos eliminar los estereotipos de género, de seguro contaríamos con más personas desarrollándose en aquellas actividades que les son más afines, o para las cuales tienen más talento, y no en las que la sociedad estima que son “más propias de mujeres u hombres”, idea que tanto ha repercutido en la masculinización y feminización de determinadas profesiones, oficios y labores, con los consiguientes impactos a nivel del desarrollo económico y humano.

De lo anterior se desprende la imperiosa necesidad de contar con una educación sexual integral, que permita avanzar de manera cualitativa y fundamental hacia que los niños, niñas, niñes y adolescentes puedan ejercer su rol como personas con derecho a su identidad, y al manejo de su propio cuerpo y emociones.

En resumen, la educación sexual integral es una inversión social a mediano plazo. Esto, pues no solo nos permitirá a todos ser más felices, sino que también será una útil herramienta que posibilite bajar los dramáticos indicadores de abuso y discriminación por temas de índole sexual, de identidad de género y de orientación sexual.

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