Profesores agotados: ¿Podemos repensar el inicio del año escolar?

Dra. Verónica Villarroel Henríquez
Directora Centro de Investigación y Mejoramiento de la Educación (CIME), Facultad de Psicología, UDD.

 

A poco andar el año escolar, ya se escucha el agobio de algunos profesores cuando expresan: “No sé si podré terminar el año… estoy muy estresado”. “No hay respiro ni pausa, estamos reemplazando a colegas por Covid o licencia psiquiátrica”.  “Hasta la urgencia llegué por el estrés, el doctor me dijo que me tengo que cuidar”. “No sé si quiero esto para mi vida… quizás es el momento de reinventarme y trabajar en otra cosa”. No es una queja, no es protesta. Se percibe como un desahogo con voz quebrada y ojos empañados.

Los docentes comenzaron en marzo esperanzados con la vida del aula. Estuvieron dos años en una situación casi experimental, aprendiendo sobre la marcha de la tecnología, de la educación remota, de las clases online e híbridas. Emocionalmente exigidos, siendo los responsables de mantener contacto con los estudiantes y sus familias, aunque fuese de noche y por WhatsApp.

Volvieron ilusionados, a pesar de la “brecha de aprendizaje” que se insta a estrechar. Pero al poco tiempo, esta normalidad ya la sienten desconocida. Intentan reconocer a los estudiantes que vieron tras la cámara y crear un vínculo con quienes por primera vez entran al aula, pero no solo se encuentran con déficit de

conocimientos y habilidades. En muchos colegios, la gran secuela de la pandemia ha sido la pérdida de socialización escolar y el respeto a las normas de convivencia social.

 

 

Los profesores relatan que, progresivamente, el clima del aula se va tiñendo de irritabilidad. Aparecen malos entendidos y reacciones bruscas sin motivo aparente. Los más pequeños gritan, se asustan o lloran porque un compañerito muy entusiasta los abraza con fuerza y no los suelta. No saben cómo invitar a otro a jugar, y la mascarilla no los ayuda a interpretar gestos y expresiones no verbales. Los más grandes se encienden frente a cualquier cosa que perciban como ofensiva. Sin mediar algún tipo de autocensura, vociferan groserías y reaccionan con manotazos que terminan con peleas. Cuando los profesores intentan frenar el conflicto, viven las consecuencias de la intromisión: indisciplina y falta de respeto. En casos más graves, los alumnos muestran su rebeldía hostigando a compañeros, rompiendo materiales, fumando dentro del colegio sin temor a castigos, incluso, si es marihuana.

Lo que se vive no es absolutamente nuevo. Lo que los agobia es la frecuencia diaria con que esto ocurre y la magnitud de estudiantes involucrados en estos eventos. No es un estudiante el que se desregula, sino más bien la mayoría del curso en distintos momentos del día. Para muchos, el conflicto es la tónica y la paz, la excepción. Entremedio de las sucesivas disrupciones, los profesores intentan enseñar y cubrir el currículum escolar. Los docentes sienten que están dentro de una olla a presión.

“Preocupémonos de proveer las condiciones psicosociales necesarias para que nuestros niños y jóvenes vuelvan a confiar, aprendan a respetar, compartir y disfrutar junto a otros. Respetemos el conocimiento que las escuelas tienen de su comunidad educativa y la capacidad de tomar decisiones para buscar la mejor forma de sanar para poder aprender”.

¿Podíamos preverlo? Muchos advirtieron desde el 2020 que retomar la presencialidad no sería como dar vuelta la página de un libro. Aconsejaron sistemáticamente priorizar lo socioemocional a través del diálogo, compartir experiencias y actividades lúdicas que nos permitieran conocernos y vincularnos. También, construir sentido de comunidad buscando espacios de apoyo y encuentro social entre estudiantes, profesores y apoderados, así como promover el bienestar a través de espacios de expresiones como música, artes, educación física y talleres varios. Pero, por el contrario, muchos profesores relatan que en sus colegios se acortaron los recreos “para recuperar clases”, que existen extensas jornadas escolares centradas en lo académico, que se ha puesto el foco en los aprendizajes rezagados y lo que falta por lograr, y que existe poca flexibilidad, colaboración y autonomía para abordar el proceso educativo post-pandemia.

Sin embargo, aún podemos cambiar el curso del año escolar. Preocupémonos de proveer las condiciones psicosociales necesarias para que nuestros niños y jóvenes vuelvan a confiar, aprendan a respetar, compartir y disfrutar junto a otros. Respetemos el conocimiento que las escuelas tienen de su comunidad educativa y la capacidad de tomar decisiones para buscar la mejor forma de sanar para poder aprender. Finalmente, demos espacio, tiempo y orientación a los docentes para la colaboración y la co-enseñanza como una forma de contribuir a la calidad educativa, pero también, descomprimir el trabajo, favoreciendo momentos de contención y autocuidado entre profesores. No es tarde para enmendar el rumbo.

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