¿Qué rescataría usted antes del Apocalipsis?


Hay quienes se invisten de profetas y, según estos sabios, estamos viviendo el final de los tiempos. Algunos se basan en el Apocalipsis bíblico, aquel que las Sagradas Escrituras han llamado El juicio final. Otros lo hacen apoyándose en teorías de la cultura maya, que auguran que el fin del mundo está muy cerca, pues será este año, el 2012. Según los mayas, avanzados matemáticos que incluso manejaban el concepto de cero, habitamos en la era del quinto sol y éste representa el término del ciclo estelar de nuestra galaxia. Aún cuando no creo que las visiones apocalípticas nos acechen todavía, envié un mail a un grupo de amigos y conocidos con la siguiente inquietud: ¿Qué obra de arte, un cuadro, una escultura y un libro rescatarían antes del Apocalipsis, para dejar como legado a los nuevos habitantes del planeta , seres que poblarían la tierra millones de años a futuro?
Recibí múltiples respuestas y muchísimas similitudes. Un noventa por ciento salvaría La Gioconda de Leonardo Da Vinci, la escultura de David, de Miguel Ángel y la Biblia. Como segunda opción hubo coincidencia en rescatar Las Meninas, de Velásquez, la escultura de Victoria de Samotracia que es posible admirar en el Louvre.
El libro más señalado fue el muy hispano Don Quijote de la Mancha. Estoy muy de acuerdo con toda aquella selección. Retrata el esplendor de una era trascendente en la historia de la humanidad por el alto valor estético, filosófico y religioso de civilizaciones de las cuales aún nos nutrimos. Claro que también me formulé la misma pregunta. ¿Qué cuadro, escultura o libro apartaría para legar a futuras generaciones? Como para dejar muy en claro que el pensamiento y la mano del hombre fue capaz de crear infinidad de epopeyas, piezas musicales, imágenes, frescos, tallados y escritos que merecen la inmortalidad pues su belleza es demasiada rotunda.
Elegí obras que me parecieron creadas por el grandioso don de la genialidad y que, en verdad, me provocaron algo parecido a un estallido de emoción. Si omití La Gioconda es porque otros se encargarán de salvaguardarla. Opté por La Primavera, de Boticelli, pintura de delicada maestría, que muestra una galería de desnudas diosas mitológicas, Venus, Flora, Cloris, envueltas en gasas, tan reales y etéreas que parecieran levantarse tan sólo con un pequeño soplo de respiración.
Entre las esculturas me sobrecogió La Pietá de Miguel Ángel. Es tal la plenitud que irradia de María, con Cristo recién descolgado de la cruz, que podría haberla contemplado por horas admirando sus detalles. Y, entre los libros, pienso que La Ilíada, representante de cerca de 2.800 años de escritura, al narrar la guerra de Troya, simboliza en su dramatismo todas las guerras desatadas por el hombre, todos los puñales de la traición, amén de proclamar, encarnada en Helena, la inmortalidad de la belleza intemporal.
“Canta, oh diosa, la cólera del Pelida de Aquiles”. Así comienza La Ilíada, como si Homero hubiera querido plasmar en ese verso el inicio de la poesía contemporánea.
 
María Angélica Blanco

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