Rescatando el habla popular de los chilenos

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María Angélica Blanco Periodista y escritora.

Mientras bebía un capuccino en Roma, frente a la bella plaza Navona, me deleitaba escuchando la sinfonía musical compuesta por diversos idiomas del mundo, hasta que llegó a mis oídos una frase muy  familiar.

Cerca de mi mesa, una señora y su hija miraban un mapa con cara de despistadas. “Andamos más perdidas que el teniente Bello y, lo peor, es que esa iglesia queda donde el diablo perdió el poncho”, exclamó la joven. ¡Eran más chilenas que los porotos! El mundo es un pañuelo, vivían en Concepción y hasta nos ubicábamos. Sólo que no nos veíamos desde el día del níspero.

La  Academia Chilena de la Lengua acaba de editar un libro que rescata citas del habla popular arraigadas en el vocablo colectivo y que constituyen memoria, identidad y raíz de nuestra lengua. Muchas  provienen de la conquista española, como es el caso de Parar la olla,  no echarle leña al fuego o morder el polvo.

En el prólogo de ese libro, 640 frases que caracterizan a los chilenos, sus autores explican que no es ánimo de la Academia fomentar la inclusión de dicha fraseología en el habla cotidiana en desmedro del buen uso del lenguaje, sino abrir una ventana para entender la idiosincrasia popular y su forma de ver el mundo.

Recuerdo que en un vuelo a Santiago, mi compañero de asiento, un gringo de edad madura, llevaba el clásico texto que promete el aprendizaje del español en una semana. Me animé a preguntarle si nuestro idioma le parecía difícil, y en  una mezcla de inglés y castellano, respondió rápidamente que sí. En jerga spanglish, me contó una jocosa anécdota que todavía lo hacía reir. Cenaba solo en un restaurante. En la mesa vecina departía un grupo de hombres jóvenes. Interesado en medir su nivel de conocimiento, anotó citas que llamaron su atención. Aún retenía algunas, como pagar el pato, pasarlo chancho y echar la foca. Al retirarse, se acercó a ellos inquiriéndoles si eran veterinarios de profesión.

“Vuestros idioms son very difficults”, sostuvo. Toda la razón. ¿Cómo pretender que un extranjero se integre a una conversación salpicada de expresiones tan chilenas como un pichintún, tirar a la chuña, al tiro o chancho en misa? Es pedirle peras al olmo.

Soy lectora voraz y, como tal, amante de la buena literatura, aquélla que aborda temas profundos a través de la belleza de la palabra. Pero el ingenio del habla coloquial es lengua viva que nos indentifica y que usamos a diario.

Mientras estudiaba Periodismo, en varias ocasiones hice perro muerto. Íbamos en choclón a comer hamburguesas sabiendo que andábamos pato y arrancábamos como alma que lleva el diablo. ¿Existirá un universitario que no haya apretado cachete alguna vez en su vida?

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