Rocky: el último trote del campeón

Se dice que el fútbol chileno de hoy es malo. Que muchos de los actuales jugadores están acostumbrados a una competencia de bajo nivel, lo que quedaría de manifiesto en los encuentros internacionales. ¿Pero… eso justificaría un retorno de Don Elías a las canchas? ¿Junto al mortero Aravena y Carlos Cazzeli, para así darles “una lección de talento y corazón” a las nuevas generaciones?

Un argumento casi así de descabellado es el que en principio presenta la nueva versión del campeón de las películas motivacionales, Rocky Balboa. Resulta que a sus casi 60 años, el otrora “Semental italiano” todavía tiene “a la bestia guardada” en “el sótano de su interior”. Su angustia se muestra sin mayores complejidades cinematográficas o narrativas. Al veterano le llegó la hora de revisitar su vida y escenarios, para luego darse cuenta que no encaja en el presente. Y el gatillo es un programa de televisión, donde Balboa, por cálculo de computadora, gana una pelea simulada en 3D entre él (en su mejor tiempo) y el actual campeón de pesos pesados, Mason “The Line” Dixon (Antonio Tarver), una suerte de pelele inmensamente subestimado, al que todos acusan de tener combates fáciles y carecer de mayores merecimientos.

Hay elementos de este argumento que están presentes en toda la secuela. Rocky casi siempre es un matón algo descerebrado, que está sólo en el mundo (ahora es viudo y su hijo -Milo Ventimiglia- lo rehúye), de personalidad melancólica y dueño de una filosofía simple y optimista. Al final, un personaje bonachón muy diferente de otros íconos del cine como Jack LaMotta de “Toro Salvaje”. Y por supuesto, se mantiene el clásico desarrollo del clímax, ese cuyas tres primeras secuencias se desarrollan de tal forma que la pelea final parezca una batalla épica para el espectador. El tema, en esta última entrega de la saga, es cómo lograr transmitir verosimilitud al espectador. Que logre olvidar, por un instante, lo absurdo de un desafío entre un atleta de 20 años y un veterano de 60. Y para ello, el guión (escrito por el propio Stallone quien también se encarga de la dirección) logra algunos aciertos.

Por muy cruel que resulte para Rocky, Adrian (Talia Shire) debía morir si volvía una vez más al ring. Ella lo apoyó en todas, hasta la pelea con Mr. T (Rocky III). Con su esposa aún en escena, el veterano quedaría confinado a seguir contando anécdotas en su restaurante. Otro factor es el estado relativamente saludable de Rocky, un ex campeón sin vicios. Eso sí, nótese la vista gorda del nuevo guión a las secuelas neurológicas que mostraba en Rocky V, cuando casi se desmaya de dolor a la menor alteración que le recordara los terribles puñetazos que recibió en su pelea con Ivan Drago, en Rocky IV. Justamente, tuvieron el cuidado de enfrentarlo ahora a un rival más bien mediocre, que en manos de Apollo Creed habría durado con suerte tres asaltos. El resto, son las escenas y frases clásicas propias del inventario de la saga, tipo “Paulie, la bestia ya se fue, por fin se vació el sótano”, o “tienes corazón, eres bueno” y un largo etc. Por ello, Stallone logra pasar la prueba, apenas, pero la pasa. La historia es predecible y llena de lugares comunes, pero logra ser honesta y creíble. Tenemos que considerar el contexto especial que rodea esta película-leyenda. Rocky ha motivado los anhelos de millones de personas durante décadas, y nadie habría perdonado que el querible y menudo pugilista terminara muerto en una camilla con su hijo llorando a su lado ¿Fue necesaria esta “última” secuela? Quiero pensar que sí. Como Rocky, Sylvester está viejo y era justo que diera un final digno a su socio cinematográfico, después de la caída de doce pisos que fue Rocky V. Porque Rocky es una saga clásica en la historia del cine (tres décadas sobre la historia de la cultura estadounidense en seis secuelas, ni más ni menos), vaya a verla.

Nicolás Sánchez

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