Rodrigo Guendelman “No hemos sabido adaptarnos a las nuevas mujeres”

¿Están los hombres en vías de extinción? ¿Se sienten sobrepasados por una generación de mujeres independientes y exitosas? Son algunas de las interrogantes que el periodista Rodrigo Guendelman intenta responder  en su libro “Cuestión de tamaño”, una compilación de sus mejores columnas sobre el tema a lo largo de siete años, un periodo en el cual se ganó adeptos (as), pero también furibundas detractoras. Ahora, Guendelman nos habla sobre “El masculinismo”, una corriente, que, asegura, “no es machismo, es defensa de género. Una tarea de supervivencia”.


Hay que reconocer que Rodrigo Nicolás Guendelman (42) es valiente. Es que no es fácil ser reconocido como un “masculinista”, cuyas temáticas hablen de temas que muchos, en la era del twitter y lo políticamente correcto, prefieren evitar, so pena de quedar catalogados de “machistas”, o derechamente misóginos. El prólogo de la editorial de “Cuestión de tamaño” señala, casi a modo de advertencia: “Entre tanto pelele, mamón y cabrona, se necesita una voz que hable desde el arte de tener los pantalones bien puestos. Un trabajo duro, nunca mejor dicho, que alguien tenía que hacer”.
Con esta misión, y a lo largo de las casi 160 páginas del libro, Guendelman despliega una especie de “antología novelada” de las mejores columnas que escribió para el blog El Dínamo, La Tercera y la Revista Mujer. Un resumen de siete años de trabajo que, a modo testimonial, se divide entre su periodo de soltería “a los treinta y tantos”, su matrimonio y posterior paternidad. Aunque, claro, en sus inicios –cuando firmaba bajo el seudónimo Nick Beer- nunca imaginó que  todo cuajaría en una especie de novela “vivencial”, que serviría como “manifiesto” de lo que hoy llama “El masculinismo”  o suerte de “Tercera Ola” en materia de reivindicaciones entre géneros.
“Todo ocurrió este año. Un día, conversando con Francisco Ortega, de la editorial Alfaguara, me dijo -sobre todo cuando empezó a ver que algunas columnas en eldinamo.cl hacían como mucho ruido, mucho posteo- ‘oye, estas cuestiones funcionan, se podrían trabajar en un libro’. Y así lo hicimos”, explica, a los pocos días de haber lanzado “Cuestión de tamaño” en la Feria Internacional del Libro de Santiago.
Guendelman nos recibe en las dependencias de Radio Zero, desde la cual conduce el programa “Divertimento”, junto a la fotógrafa María Gracia Subercaseaux. Ubicada frente al moderno barrio de Sanhattan -el Wall Street chileno- desde su ventanal se aprecian, a modo de postal, dos íconos de la neura yuppie santiaguina: a un lado, la Torre Titanium (ya terminada); al otro,el Costanera Center (en construcción). Una imagen que también serviría de perfecta metáfora para “Cuestión de tamaño”, tal como reza el inicio de una de sus columnas:
Hace justo tres semanas, en una entrevista al famoso arquitecto Borja Huidobro en la revista Qué Pasa, el periodista hizo la siguiente reflexión: “En estos días ocurrirá algo que se ha comentado mucho: la torre de Paulmann superará en altura a la torre de Senerman”. A lo que el starchitect chileno radicado en Francia respondió: “El problema que tienen esos dos es saber quién es el más macho… no sé si me entiendes”.
-¿Cuál es la relación  entre el éxito profesional y la cantidad de logros económicos y/o materiales con el tamaño del miembro masculino?
-Mi generación – la del 70 al 80- nos medimos mucho por el énfasis y el éxito en la pega. Un hombre de 37, 39, 42 años tiene muy asimilado que el éxito en la vida tiene que ver, primero, con el éxito en la pega sea la que sea. Aquí no es cuanta plata gane, es cuán exitoso te sientas en lo que haces: si el éxito está marcado por lo que ganas, por cuántos diplomas, cuántos doctorados o cuántas obras de arte hayas logrado hacer. Eso tiene mucha relación con que desde chico competíamos con quien tenía la pirula más larga, y quién llegaba más lejos cuando hacíamos pipí, con la conquista de mujeres y con el auto más rápido. Y esta cosa masculina, que está muy relacionada con mi generación, está muy relacionada con tus logros. Yo, en el fondo, uso este ejemplo de la competencia entre estas dos torres -la Costanera Center con la Titanium-  con una cuestión súper gráfica: la batalla por el tamaño entre dos empresarios, uno inmobiliario y el otro del retail. Y aquí, esta cuestión ha sido evidente, o sea, el día que la Costanera Center superó a la Titanium, hubo una celebración que ya parecía primera comunión o cumpleaños.
-Y a tu juicio ¿esta proyección sicológica es compartida por las mujeres? ¿Ellas también proyectan el éxito profesional y económico del macho con el tamaño de su miembro?
-Sí, yo creo que la generación femenina, si bien no competían entre ellas por eso, sí buscaban al hombre poderoso que, en el fondo, era el hombre admirable, atractivo, con quien me quiero casar o me da seguridad económica. Hoy una mujer de 25 años, que quizás tiene muchos más estudios en comparación con las mujeres mayores porque han tenido más acceso, porque sus familias lo han entendido así, porque han tenido más interés, porque están agarrando muy buenas pegas, que están tomando decisiones, están mucho menos preocupadas de cuán exitoso sea el hombre, porque están preocupadas de su propio éxito. En mi generación, las mujeres estudiaban, pero terminaban siendo dueñas de casa; en el fondo, competían más por estar con el tipo más exitoso. En cambio, las mujeres de hoy son al revés: nos están dando cancha de tiro y lado en las pegas, en la academia, y  los hombres estamos por primera vez asustándonos y sintiéndonos un poco castrados frente a estas mujeres tan empoderadas en todos los sentidos.
-Háblame sobre tu tesis de “La Tercera Ola” que pregonas en tu libro.
-Yo hablo de un concepto que es “el masculinismo”, una especie de machismo, pero sacándole la parte discriminadora, bruta y básica que tenía. Porque pasamos de una etapa de machismo a feminismo aunque hoy día también viene en baja. Hubo un momento en que el hombre pasó de ser un aplastador a uno aplastado por esta mujer emancipada, empoderada, que gana plata, que en países desarrollados ya tiene más empleo que los hombres y mejor situación económica. Además, las leyes están en nuestra contra en términos familiares. En el fondo, si no éramos buenos en lo que ellas querían, en la cama, en términos laborales, en términos de admiración, nos decían esto se acabó, y tenemos que irnos a un departamento de 40 metros cuadrados; ellas se quedan en la casa con los niños y uno tiene que esperar fin de semana por medio para ver a los hijos. Lo que propongo es: “a ver, cabros, cachemos que tenemos que adaptarnos, que en este mundo, si queremos sobrevivir –porque nos estamos transformando en una especie en vías de extinción-  tenemos que cambiar el paradigma. Saquemos lo mejor de ser hombres, pero entendamos que vivimos en un mundo donde ya no podemos ocupar las mismas herramientas, que ya no podemos seguir siendo igual de brutos y de básicos, porque nos van a usar finalmente de lámpara del velador”. O sea, vamos a terminar siendo nada. Lo que propongo es un rescate de los valores masculinos positivos, de hablar de ello, de tratar de volver a tener esa autoestima por nosotros mismos, pero adaptada a estos tiempos. Y creo que si no cambiamos el paradigma, si no nos observamos, si no nos pegamos un buen par de terapias, si no entendemos bien cuál es la mujer con la que estamos al lado, si no cachamos como está cambiando el mundo, corremos ciertos riesgos en el largo plazo.
– La palabra “machismo” hoy está casi proscrita del vocabulario nacional de lo políticamente correcto, y se podría replicar que no existe un “machismo light”…
-Sí, la palabra es complicada, por eso yo hablo de “masculinismo”. Pero, fíjate que las mismas mujeres han rechazado a los metrosexuales (…) el metrosexualismo ya pasó de moda, muchas mujeres se sentían compitiendo con el hombre con que salían y que se preocupaba tanto como ellas de la ropa, de sacarse los pelitos, de usar cremas antiarrugas. Terminaban siendo como un gatito. Este masculinismo conserva algunos elementos interesantes del metrosexual, en el sentido que no tiene que ser sólo fútbol, cerveza y ponchera, que puede tener elementos femeninos, pero también masculinos. Los hombres todavía seguimos -aunque no les gusta a las mujeres- teniendo mejor orientación y manejando mejor (aunque tenemos más accidentes con resultado muerte). Hay cosas que nos permiten  ventajas comparativas y digo: rescatémoslas y mezclémoslas con un poco más de atination (sic). En el fondo, combinemos.
-¿El hombre maneja mejor que la mujer?
-Digámoslo de otra manera: el hombre se estaciona mejor que la mujer. El hombre todavía es más práctico en cambiar ampolletas, enchufes. El hombre maneja mucho mejor los DVD, los blu ray; la mujer no lo entiende, puede ser brillante, doctorada en Economía, trabajar de gerente general, pero conectan el blu ray a la tele y se marean.
-Cierta literatura, que estuvo de moda, planteaba que las mujeres dominaban la inteligencia emocional, mientras que los hombres la racional…
-Eso sigue siendo cierto. Se lo escuché a un experto en neuromarketing que vino a Chile hace un par de meses, y lo explicó de una manera súper simple: el cerebro está dividido en tres partes, el córtex, el sistema límbico… y uno más. Las mujeres tienen mucho más desarrollado el sistema límbico, y nosotros el córtex. El córtex es toda la parte racional, por eso somos mejores para ciertas cosas, pero las mujeres tienen mucho más desarrollado el sistema límbico, que es mucho mejor para el tema emocional y es mucho más importante. Por eso hoy día una mujer, cuando logra combinar la parte racional con la parte emocional, nos da cancha, tiro y lado al nivel de tomar decisiones, y pueden ser mucho mejores gerentes que nosotros. Por eso, ojo con las mujeres,  para ella es más fácil entender la parte córtex a que un hombre entienda la parte límbica. ¿Tú has escuchado alguna vez a un hombre diciendo: “Quisiera ser más emocional…”?
-En tu libro destacas como supuesta virtud de los hombres, el que cultiven “amistades más directas y duraderas”. La escritora Marcela Serrano dice, en cambio: “nosotras  no nos relacionamos en forma anecdótica, nos vamos al alma” ¿Quién genera mejores amistades?
-Le compro todo lo que diga. Nosotros somos muy de anécdota, muy de hablar de cosas que no son las internas, pero sí podemos pasar cincuenta años y nos queremos y nos decimos las cosas de frente. Las mujeres compiten entre ellas –cosa que entre nosotros se da menos- y muchas veces sienten celos de otras mujeres cuando tienen mucho éxito. Nosotros al final somos más honestos, más directos, y de relaciones mucho más largas. Así es que… viva la anécdota, no hay ningún problema.
-Ellas argumentan que la competencia entre profesionales es el costo de “meterse en la lógica masculina”, para poder surgir y destacar …
-Sí y se va a poner peor. En un mundo en que las mujeres van quitándole las pegas a los hombres -u ocupando más espacios del mercado laboral, sobre todo en países desarrollados donde tienen mejor educación, mejor empleabilidad- los hombres van disminuyendo sus capacidades de hacerse atractivos para las mujeres. Por lo tanto, cada vez va a haber más mujeres exitosas, y menos hombres atractivos para esas mujeres exitosas. Siguiendo esa línea, esas mujeres van a terminar o peleándose por “los pocos hombres que quedan”, o simplemente abandonándonos,  teniendo fertilización in vitro, volviéndose hacia la bisexualidad y el lesbianismo. Los hombres vamos a ir desapareciendo en términos de “atractivo” en la medida que ellas vayan subiendo.
-Ese concepto de “hombre atractivo” se relaciona más al “macho alpha”, que también mencionas en tu libro; sin embargo, una mujer que progrese profesionalmente también podría requerir otro tipo de pareja, que la apoye más en la labor doméstica…
-Tienes toda la razón, ese sería un tercer punto súper interesante que es algo que en los países más desarrollados pasa: las suecas, las alemanas, que no tienen interés en tener hijos, pueden aceptar la idea de estar emparejadas con un tipo que se dedique a la familia mientras ellas son gerentes de  empresa que ganen miles de miles de euros. Sí puede ser una alternativa. Pero me cuesta todavía creérselo a una chilena

Solterones versus solteronas

-Recomiendas harto el hacer terapia ¿has vivido esa experiencia?
-Yo me he terapiado muchas veces en mi vida, el más largo fue entre los 25 y los 30 años. Tengo muy buena relación con la terapia, creo que es un lujo y si uno se lo puede dar es ridículo no aprovecharlo. Los hombres muchas veces tenemos miedo, “es cuestión de minas”, pero tener terapia es poder entenderse a sí mismo; da un montón de herramientas para ser mejor en tus relaciones de pareja, de familia, en tu pega, de amigo y sentirte más feliz. La terapia es un súper buen elemento para ser una persona más adaptada a este mundo.
-Y en tu caso ¿Qué gatilló entrar a una terapia?
-Partí por una necesidad puntual: mi padre murió de un infarto, de un día a otro, cuando yo tenía 22 años, un par de años después me sentí súper confundido, y le pedí a un amigo que me recomendara a alguien. Así partió mi historia con la siquiatría: por necesidad.  Me hizo muy bien.
-Volvamos al libro. Allí haces un manifiesto de doce puntos sobre la defensa de la soltería. Ahora que estás casado ¿qué piensas de todo eso?
-Sigo pensando en que la soltería hay que aguantarla hasta que no se resista más. Yo me casé  viejo, a los 37, y fui papá viejo también, a los 40, y todavía no he pagado los costos. Hoy reivindico la estirada de la soltería, porque creo que los hombres somos tan cabros chicos, que cuánto más viejos nos emparejemos y hagamos familia, más posibilidades tenemos de que esa relación sobreviva. A uno que se case y sea padre a los 25 años, capaz que le vaya el descueve, pero sus probabilidades de fracaso son  mayores, porque entre los 25 y 40 los hombres cambiamos diametralmente, somos dos personas distintas.
-Y la mujer se pegó  su vuelta diez años antes…
-Y la mujer se pegó  su vuelta diez años antes, exactamente, tal cual (…) un hombre, pasados los 35 tiene más claro lo que quiere en la vida, en términos de familia, en términos emocionales ¿Cuántos hombres que se casaron cabros  están con una crisis a los cuarenta?
– De los prejuicios frente la soltería, planteas que pasados los 35, la mujer se pone inquisidora y considera sospechoso a un tipo de esa edad que “no tenga antecedentes”, es decir que no esté casado y/o separado, sin hijos, o que no pololee. ¿No pre-juzgamos nosotros también a las mujeres solteras? 
-Totalmente, pero la apreciación es muy distinta. Para una mujer, un hombre de 40, separado, con dos hijos, puede ser incluso más atractivo que un tipo soltero sin hijos; para nosotros, una mujer de 40 y soltera debe ser una neurótica insoportable. Ambos terminamos discriminando pero de manera distinta: ellas nos tildan de posible homosexual, nosotros, de posibles histéricas. Ambos somos prejuiciosos con quien no ha formado una familia. Es un costo que hay pagar, pero es mucho más barato para los hombres que para las mujeres: es más fácil desmitificar que no eres gay a que eres histérica y neurótica. La mujer lo paga mucho más caro.
– En “¿Solterísimas o solteronas?” citas un estudio en que las solteras después de los 40 “caen en la categoría solterona” ¿No te trataron de linchar tus detractoras?
-Una mujer, que vino a la radio y  que armaba estas citas “speed dating”, -de cinco minutos de conversación en que uno va cambiando de interlocutor- decía que una mujer de 40 y tantos años podía ser estupenda, con un cuerpo increíble, con súper buena pega, culta, chora, pero que  nunca las elegían porque los hombres las querían hasta de 35. Después de escuchar eso, dije: “ups, que difícil es tener 45 y estar buscando pareja. Mejor búscate amantes, ahí no te va a faltar. Pero, parejas con proyección, es muy complicado hoy día en Chile para mujeres de esa edad. Es una realidad, no lo dije yo.
-O sea, a esa edad no existen solterísimas, sino, derechamente solteronas…
-Solterísimas hasta los 35, y de ahí no me vendas el cuento que no tienes intención de tener hijos y que lo estás pasando el descueve. Y si no es a los 35 es a los 38, pero la desesperación de una chilena por tener hijos supera el 90%.
-Si están solteras a los 30, se les acusa de tener el vestido en la cartera; si no logran consolidar algo antes de los 40, son solteronas. ¿Los hombres no presionamos mucho en ese sentido?
-Somos unos desgraciados. Dime: un hombre soltero, de 38 años ¿va a querer salir con una de 39 si puede elegir una de 32, soltera y sin hijos? O sea, yo no lo pensaría dos veces, salvo que la de 39 tenga 300 millones de características maravillosas, porque uno siente que tiene el reloj en contra, y que no pueden pasar más de tres años -¡máximo!- para que tenga un hijo. Es un tema de maternidad que en la mujer latinoamericana sigue siendo fundamental. Hay dos tipos de chilenas: las que quieren tener hijos y las que vuelan. Yo no conozco ninguna que vuele. Al menos en mi generación, los que hoy están entre los 36 y los 42 años, de cada cien mujeres, habrá una que quizás le compraré que no quiera tener hijos. Pero las otras 99 vienen programadas para ser mamá.
-En una novela leí: “en este tiempo, las mujeres sufren desamor por los hombres, pues son indecisos en el compromiso amoroso, reprimidos en el sexo, y temerosos e inseguros frente a la autonomía que las mujeres han ganado. Todo esto ha contribuido a que las mujeres sientan una creciente insatisfacción” ¿Qué te parece esa visión?
-Las mujeres están empoderadas, ya saben que pueden decir “next” aunque tenga costos y que si no están contentas con la persona con la que están –incluso, aunque ya tengan uno, dos, tres hijos- pueden decir “sabes que más, yo me merezco sentir lo que quiero sentir, esta cuestión se acabó”.
En parte, hemos contribuido a eso, porque no hemos sabido adaptarnos a estas mujeres nuevas, porque muchas veces no estamos a la altura, y porque muchas veces también nos sentimos asustados. Vemos a esta mujer que nos exige tanto que nos deprimimos y se genera un círculo vicioso.
Hay pega de los dos lados: de los hombres, para adaptarse, y de las mujeres para entender que no pueden sólo exigirle a este hombre, porque esa cuestión es  una fantasía que no se va a poder cumplir (…) Desafío a los hombres a que empiecen a trabajar las emociones, lo que no tiene que ver con ser metrosexual: significa empatizar, ser asertivo, saber escuchar, estar en contacto con los afectos. Ser más mina, en el buen sentido.

O’Higgins 680, 4° piso, Oficina 401, Concepción, Región del Biobío, Chile.
Teléfono: (41) 2861577.

SÍGUENOS EN NUESTRAS REDES SOCIALES