Rostros del Bicentenario: Los 20 guerreros del Biobío

Personas, personajes, personalidades. Incomprendidos y desterrados algunos, criticados otros, aplaudidos los menos. Cada uno, desde su quehacer particular libró lo suyo en estos dos siglos de historia republicana por el engrandecimiento de la Patria, del prójimo, del camarada, del amigo, del ciudadano, del humilde. He aquí sus historias.

Se emociona el periodista Salvador Schwartzmann Hasson cuando habla de don Nibaldo Mosciatti Moena, el hombre sencillo, pero visionario de las comunicaciones que rompió con la barrera del centralismo y asestó un golpe, en el corazón de Santiago, con Radio Bío-Bío. Y se emociona, también, Lincoyán Collipal Huanqui, cuando dice que al pueblo mapuche, Lautaro los colma de admiración y respeto, porque como fruto de su rakizuam (sabiduría), aquí en el confín del mundo nació la lucha libertaria de América.
En los extremos de nuestra joven historia, dos guerreros y cada uno bregando en lo suyo y desde lo suyo por la libertad, por la libertad de vivir, por la libertad de emprender.
Las páginas de nuestra historia regional están llenas de guerreros y guerreras, como lo fue, en su momento, también, Juan Martínez de Rozas, integrante de la Primera Junta de Gobierno, pero olvidado en el imaginario colectivo de los penquistas. O doña Ester Roa de Pablo, fallecida a fines de agosto de 2010, dos días después de una entrevista concedida a NOS, donde recordó su obra y expresó su último deseo: “Si hay justicia, que el Estadio Regional lleve mi nombre”.
O el mismo ex Presidente Juan Antonio Ríos Morales, de Cañete, que, con su política de industrialización desde La Moneda, “vive” o debiera vivir por siempre en las chimeneas de CAP, Enap y Endesa. Hasta el museo mapuche que llevaba su nombre, en Cañete, le volaron su nombre.
De aquí y allá, en cada una de las provincias, personajes y personalidades. Historias un tanto desconocidas o resistidas como la de O´Higgins y su línea morena peruana. De Belisario, el hijo de Demetrio y Matea Girao vendría esta descendencia mulata, que vive en San Vicente de Cañete, en Perú. Una de ellas, María del Pilar O´Higgins Encalada prueba suerte con su ají de gallina en su restaurante de Chillán. Ella y su hermana no se han hecho el ADN y el historiador Jorge Ibáñez Vergara, del Instituto O´Higginiano de Chile no les reconoce parentesco.
Hay más. A partir de un temporal político y religioso que se inció en el Club Concepción, los penquistas consiguieron en 1885 las leyes del Registro Civil y de cementerios laicos promulgadas en Chile, antes que en cualquier otro país de América Latina. Fue a la muerte del coronel Manuel Zañartu Opazo, socio fundador del Club, en 1871, quien falleció en casa de su amante, y el obispo Hipólito Salas le negó la sepultación eclesiástica por considerarlo indigno de ello. La polémica trascendió las paredes del Club donde, desde 1867, se reúne la sociedad penquista.
Mejor reconocimiento tuvo en vida -y lo sigue teniendo- el fallecido arzobispo José Manuel Santos. Emocionan las palabras de Martita Wörner Tapia, ex directora ejecutiva de la Pastoral de DDHH cuando, desde Ancud, evoca “al pastor que se necesitaba en los 80: Fue el primer impulsor de la educación cívica y del llamado a la inscripción en los registros electorales a nivel nacional. Apoyó a los sindicalistas e impulsó el Acuerdo Nacional. Condenó a los torturadores y suspendió el Tedeum en Concepción denunciando la gravedad de los atropellos. Sostuvo con fuerza que el cristiano debe comprometerse en la cosa pública y participar en política para, desde estas esferas, anticipar el Reino de Dios acá en la tierra”.
Y con esa misma fuerza, desde los tribunales, el ministro José Martínez Gaensly daba la suya cuando, por mandato de la Corte de Apelaciones de Concepción indagó el asesinato de 19 detenidos desaparecidos de Laja-Yumbel, un segundo Lonquén. Se declaró incompetente en la causa rol 2.770 el 18 de marzo de 1980, porque de los informes y declaraciones acumulados durante el proceso pudo concluir la participación de 16 uniformados y un civil de las tenencias de Laja y San Rosendo en los hechos. Las muertes, dijo, son “producto de actos de terceros, con lo cual se tipificaría la figura delictiva de homicidio”.
Hoy, el ministro Martínez, de 92 años, ha perdido casi la visión a causa de un glaucoma, pero de la investigación que llevó adelante en Laja-Yumbel, y donde hizo exhumar restos humanos del fundo San Juan, a fuego se le grabó la imagen de un niño de 16 años, ejecutado también por los policías en 1973. Junto al esqueleto, una cruz estaba pegada a la altura de la cadera.
En vida, antes de ser detenido, se la había dado su madre para su protección.

En el confín del mundo nació lucha libertaria de América: Lautaro, el gran estratega y líder mapuche

Lautaro o Leftraru – halcón veloz en mapudungun-, más que un héroe para el pueblo mapuche es un símbolo y líder para seguir, dice Lincoyán Collipal, trabajador social y magíster en Política y Gobierno por la UdeC y Flacso.

Bicentenario-Lautaro.jpgNació allá por las tierras que llaman Arauko en la cordillera de Nahuelbuta en los tiempos de la llegada del conquistador español Pedro de Valdivia. Hijo del lonko (líder) Curiñanco, fue quitado de los brazos de su madre siendo muy niño y utilizado como paje por Valdivia. Fue allí donde aprendió las debilidades y fortalezas del enemigo.
El año 1550 marcó su vida a fuego cuando presenció la derrota mapuche en las batallas de Andalién y Penko. Las mutilaciones con que Valdivia sometía a sus prisioneros y luego dejaba en libertad, lo impactaron. De regreso a sus tierras y ante un consejo de lonko fue nombrado Toki -máxima autoridad en tiempos de guerra- escogido por sus cualidades de líder y elocuente discurso.
Lautaro amó la libertad, fue un gran líder y estratega militar, aplicó su inteligencia y organización, incorporó y enseñó el uso del caballo. De paso, demostró que el enemigo y su caballo no era un solo ser y se le podía vencer. Inventaron armas que dañaran al enemigo.
Exigente, escogió a los toki más destacados, a cargo de escuadrones según sus habilidades (flecheros, caballería e infantes con lanzas, boleadoras y macanas), y creó la unidad de inteligencia, pues consideraba que a través de la observación y evaluación de las capacidades se alcanzaba el éxito. Para ello contó con un selecto grupo de espionaje y conoció de antemano información de planes, movimientos y recursos de los españoles creando para ello un sistema de comunicación eficiente y eficaz. Enseñó que la retirada no era cobardía, sino una táctica de combate e incorporó el toque de corneta. Su uso sigue vigente en los nguillatun y otras ceremonias como señal de obediencia, orden y respeto.
Estableció el procedimiento de siempre explorar el escenario de combate, para poder escoger el lugar más apropiado para la acción. Luego, a través de movimientos de sus distintos escuadrones de guerra, llevar a los españoles al lugar escogido. Fue así como en 1553, en la batalla de Tucapel, derrotó y dio muerte a Pedro de Valdivia, luego venció en Marihueñu, hecho que provocó el despueble y más tarde la destrucción de Concepción y Angol.
Tenía muy claro que sólo venciendo a los españoles al sur del Biobío no sería suficiente para el abandono del wallmapu (gran territorio o país) del pueblo mapuche; él aspiraba destruir Santiago, pero en 1557 fue asesinado en la batalla del fuerte de Peteroa, su cuerpo desmembrado y su cabeza clavada en la plaza de Armas de Santiago para demostrarle al pueblo que el peligro ya no existía Con el tiempo se convirtió en el símbolo de la libertad de su pueblo.
“Reconocemos en Leftraru al estratega guerrero no como se destaca en las grandes academias militares de Europa, a la par de Carlo Magno, Napoleón, Espartaco, sino al peñi (hermano) histórico, inteligente, valiente e indómito que venció inculcando a sus weichafe (guerreros) la capacidad de adquirir, crear y desarrollar distintas estrategias de combate, aprovechando recursos y habilidades propias”, concluyó.

Repatriado en 1893 desde Mendoza: Sin Rozas, la independencia se habría retrasado años

“Es tarea de los penquistas devolver a Rozas al imaginario nacional, y volver a colocarlo al lado de O’Higgins, a quien conoció siendo niño en Chillán”, precisa el historiador Alejandro Mihovilovic.

Bicentenario-MartínezdeRozas.jpgAl margen de los taquilleros héroes patrios se ha ido quedando el ideólogo de la Independencia e integrante de la Primera Junta Nacional de Gobierno, Juan Martínez de Rozas al punto que pocos hitos recuerdan, en la ciudad, a quien fuera uno de los próceres más insignes de la República.
Mendocino de nacimiento y penquista por adopción, fue el noveno de 11 hermanos, y en 1870 se trasladó a Santiago para completar sus estudios superiores en la Real Universidad de San Felipe, donde se recibió de abogado en 1784. Juan Inocencio Martínez de Rozas y Correas -o sólo “Rozas”- como le gustaban que lo llamaran, aceptó su primer trabajo público, como asesor letrado del intendente de Concepción, Ambrosio O’Higgins, quien más tarde llegaría a ser Gobernador de Chile y luego Virrey del Perú. Gracias a su inteligencia y perfil ejecutivo, se ganó su confianza al punto que durante casi todo un año le correspondió subrogarlo; también asumió labores de orden público, haciéndose cargo del combate a la delincuencia, que por esos años asolaba a la ciudad.
En 1795, Rozas se casó con María de las Nieves Urrutia y Manzano, la joven más pretendida de la ciudad por su reconocida belleza y fortuna de su padre, José Urrutia de Mendiburu, el segundo hombre más rico del reino, pero enemigo acérrimo del centralismo que imponían Santiago y el Virreinato. Su ingreso a las ligas mayores de la política llegaría en 1808, con la muerte del gobernador Muñoz de Guzmán, ocasión en que, de paso, aprovecharía de vengarse del intendente Luis de Álava, quien creyó tener el derecho de marginarlo y suceder a Muñoz de Guzmán.
Pero Rozas actuó con astucia, y persuadió a su amigo, el brigadier penquista Francisco García Carrasco, de que era el militar con mayor derecho a asumir la gobernación de Chile. Con el apoyo de la oficialidad, la Real Audiencia no tuvo más alternativa que entregarle el poder. Una vez asumido el cargo, García lo nombró su asesor y se lo llevó a Santiago, desplazando del puesto al marido de doña Javiera Carrera, ganándose así la antipatía de esta familia santiaguina.
La participación de Martínez de Rozas en la historia de Chile terminó abruptamente en septiembre de 1812, cuando José Miguel Carrera, después de derrotar a los Larraín en Santiago, se dio cuenta de que la única forma de llegar al poder era sometiendo a Concepción. Carrera ocupó militarmente la línea del Maule y suspendió los pagos al ejército penquista, lo que motivó un motín de la oficialidad en contra de Rozas. El abogado fue hecho prisionero y luego deportado a Mendoza, desapareciendo para siempre de la historia. Fallecería sólo siete meses más tarde.
En 1893, el Presidente Jorge Montt repatrió sus restos y, desde ese entonces, descansa en el Cementerio General de Santiago. Pero, a juicio de historiadores como Alejandro Mihovilovich, ya es tiempo de traerlo de vuelta a Concepción, la ciudad que lo adoptó y lo ayudó a cumplir con su destino de impulsor de la Independencia: “Sin Rozas, tal vez la Independencia se habría retrasado por años”.

Propuesta tiene apoyo presidencial: O´Higgins renueva casa en Hacienda Las Canteras

De la antigua propiedad sólo se conserva un enorme castaño que fue plantado por el prócer. La ExpO’Higgins- Bicentenario será el primer gran aporte al Museo o Casa de la Cultura que se instalará en el seno de la renovada casa de O’Higgins.

Bicentenario-OHiggins-1.jpgEn un gran proyecto destinado a reconstruir la casa patronal de Las Canteras para lo cual se cuenta con una maqueta y los estudios respectivos del arquitecto Osvaldo Cáceres trabaja el Instituto O’Higginiano de Chile, cuyos directivos ya llevaron la propuesta al Presidente Sebastián Piñera. Les prometió el apoyo que la iniciativa merece.
Lo cuenta el historiador Alejandro Witker y cita que en esa hacienda la institución conserva una hectárea de terreno en cuyo lugar estuvo la casa que construyó don Bernardo y que fue incendiada y saqueada por los realistas. De la antigua propiedad sólo se conserva un enorme castaño, y en sus proximidades, en la Parroquia de Canteras, una imagen de la Virgen de El Carmen que trajo desde Europa para su madre Isabel.
La ExpO’Higgins-Bicentenario, que cuenta con 52 paneles y 9 módulos sobre la vida y obra del Libertador, proyecto iniciado en Chillán por el Taller de Cultura Regional de la Universidad del Bío-Bío, que ha recorrido exitosamente diversos puntos geográficos del país y que ha merecido elogios y reconocimientos, dice, espera terminar su itinerancia en Canteras y convertirse en el primer gran aporte de lo que será el Museo o Casa de la Cultura en el lugar.
“O’Higgins tiene una fuerte raigambre regional y su figura es un componente muy poderoso de nuestra identidad cultural”, recuerda el también presidente del Instituto O’Higginiano de Ñuble.
Alejandro Witker recordó que el fundador de la República de Chile está profundamente vinculado a la Región del Biobío. Nació en Chillán Viejo, en 1778, estudió en el Colegio de los Franciscanos antes de ser enviado a Lima y a Inglaterra. A su regreso, en 1802, se dirigió a Chillán para reencontrarse con su madre e iniciar su instalación en Las Canteras, heredada de su padre, la que habría de convertir en una potente experimentación agrícola. Fue diputado por Los Ángeles al Primer Congreso Nacional de 1811.
Desde esta hacienda, salió con sus huasos a combatir por la libertad de su Patria e inició su escalada a la gloria en la Batalla de El Roble, en 1813, donde al grito de “Vivir con honor o morir con gloria”, muestra su valía militar en mérito de lo cual la Junta de Gobierno lo nombró General en Jefe del Ejército Restaurador en reemplazo de Carrera.
Más tarde, el Gobierno lo nombró gobernador intendente de la provincia de Concepción. En la plaza de Concepción proclamó la Independencia de Chile el 1 de enero de 1818; a la cual se llamó más tarde Plaza de la Independencia.
Desde su exilio en Lima, siguió pensando en nuestra Región y expresó su deseo de ser sepultado en una ciudad que propuso construir entre Concepción y Talcahuano, que llamó Ciudad Independencia, donde estuvieron acampadas sus tropas.
La Región -agrega Witker- le ha rendido tributo con monumentos mayores. En Chillán Viejo está instalado en un Parque Monumental presidido por el famoso mural de piedras, obra de la escultora María Martner, que asombra por su increíble construcción en base a miles de piedras de distintos colores en que se representan diversos momentos de la vida del prócer. En ese mismo parque descansan los restos de su madre Isabel y de su hermana Rosita.

Desterrado a Tahití: Ramón Freire, el héroe penquista

Como Presidente de la República abolió la esclavitud y Chile se constituyó así en el primer país del mundo en promulgar este principio. Desterrado a Tahití por sus enemigos políticos, regresó a Chile en 1842 beneficiado por una ley de amnistía, pero ya no volvió a participar en la cosa pública.

Bicentenario-Ramón Freire y Serrano.jpgLa figura de Ramón Freire aparece en la historia de Chile opacada por la sombra de Bernardo O’Higgins y a ello se debe que varios de sus méritos permanezcan desconocidos para muchos compatriotas, explica desde Valparaíso el historiador Germán Bravo Valdivieso.
A pesar que había nacido en Santiago, su vida estuvo muy ligada a Concepción desde su juventud, mostrándose un entusiasta defensor de los derechos de las provincias frente al centralismo de la capital.
Trabajó desde los 16 años en esta ciudad, como dependiente de la casa de comercio de la familia Urrutia Mendiburu, casándose con su prima Carmen Serrano.
Posteriormente, obtuvo un puesto como sobrecargo de un buque de propiedad de la misma firma, y “con el tiempo esta actividad, en la cual aprendió a navegar, sería determinante para salvar su vida”, relata.
Entre 1812 y 1814 participó en las batallas de Curapalihue, Huilquilemu, Talcahuano, El Roble y El Quilo y después del desastre de Rancagua, emigró a Mendoza.
Su inquietud por libertar a los patriotas que habían sido desterrados a la isla de Juan Fernández por Marcó del Pont lo hizo tomar contacto con el almirante Brown, con quienes formaron una escuadrilla de tres naves para incursionar, en calidad de corsarios, en el Pacífico sur.
Freire y sus “Dragones de la Frontera” viajaban en el bergantín “Halcón”, el que debió enfrentar un furioso temporal y su capitán se sintió abatido sin saber cómo proceder, por lo que Freire, comenzó a dirigir las maniobras desde la cubierta.
Una inmensa ola lo cubrió y lo arrastró al océano. La tripulación lo dio por muerto y se sintió entregada a su suerte, pero un segundo golpe de mar lo devolvió a la cubierta, sin haber sufrido ni un rasguño, pero muerto de frío y de susto. Se hizo amarrar a uno de los palos del buque, desde donde continuó dando las órdenes.
Posteriormente formó parte del Ejército de Los Andes y liberó Talca, Linares, y Chillán, además de participar en los combates de Gavilán y Maipú.
Como intendente de Concepción, Ramón Freire acordó con Lord Cochrane facilitarle fuerzas militares para la toma de los fuertes de Corral, lo que hizo sin el conocimiento de O’Higgins. Para ello, hizo que las noticias del caso llegaran a Santiago cuando la expedición ya había zarpado.
Durante su desempeño como Director Supremo y Presidente de la República, proclamó la abolición definitiva de la esclavitud, constituyéndose así Chile, en el primer país del mundo en promulgar este principio, con mucha anterioridad a otras naciones que se lo han arrogado.
Cuando supo que Simón Bolívar había ordenado la conquista de la isla de Chiloé, que aún permanecía bajo dominio español, para anexarla al Perú, se apuró en organizar una expedición que venció al general Quintanilla en las batallas de Pudeto y Bellavista.
Desterrado a Tahití por sus enemigos políticos, regresó a Chile en 1842 beneficiado por una ley de amnistía, pero ya no volvió a participar en la cosa pública.

Matías Cousiño Jorquera: Constructor de una épica laboral y social

No alcanzó a ver grandes utilidades en las faenas mineras. Sí lo hizo su hijo Luis, su socio. Con impresionante visión, trajo técnicos escoceses e hizo construir muelles de embarque, un hospital y viviendas. De Lota Alto, hizo una ciudad dentro de otra ciudad.

Bicentenario-MatiasCousiño.jpgLas comunidades saben que una actividad empresarial no sólo es importante por sus cifras y rentabilidad, sino también por el impacto que causa en la vida e historia colectiva de las personas, por su trascendencia social y cultural. Como ocurrió con las minas de carbón de Lota y su fundador, Matías Cousiño Jorquera. Él fue uno de los hombres más ricos de Chile y también, como sucedía en la antigua aristocracia, ocupó altos cargos en la política: fue diputado y senador de la República.
Los casi 150 años (1852-1997) de operaciones de la industria carbonífera, que animó y afianzó la existencia de cientos de miles de lotinos, son un testimonio. Esta actividad generó un gran asentamiento humano con una población de esfuerzo, luchas, con gentes humildes y generosas. También trajo la presencia de una ciudad dentro de la ciudad, Lota Alto, con infraestructura que ordenó construir el mismo mentor minero, como señala el periodista Remijio Chamorro Rodríguez.
Cousiño -agrega- devino penquista por sus actividades comerciales. A sus 42 años fundó con Tomás Blard Garland y Juan y José Antonio Alemparte, más la presencia de 122 hombres en los laboreos, la Compañía Carbonífera de Lota. La sumó a su rol de empresario molinero-triguero de Concepción, adonde llegó fruto de la expansión de sus negocios. Esto, tras ser auxiliar de Correos de Valparaíso y mayordomo en las minas de plata en Chañarcillo, donde su talento le permitió ganar mucho dinero, inventar más de una máquina y su corazón le hizo enamorarse y casarse con Luz Gallo, viuda del empresario que le había llevado, Ramón Ignacio de Goyenechea. También aportó en la construcción de la vía ferroviaria Santiago-Valparaíso y en ambas ciudades levantó grandes edificios y mansiones.
Cousiño (1810-1863), es cierto, no alcanzó a ver grandes utilidades en las faenas mineras. Sí lo hizo su hijo Luis, su socio. Él lo había previsto oportunamente. “Por algo, con impresionante visión trajo a Lota técnicos escoceses e hizo construir muelles de embarque, un hospital y una alta cantidad de viviendas para el personal minero”, agrega Chamorro.
Quizás fue suficiente para que esta actividad, más allá de los juicios por sus costos sociales, alcanzara elevados niveles de desarrollo, abasteciera al país, en su momento fuera un aporte a la economía y diera lugar al crecimiento de una comunidad trabajadora, a una de temple, que vivió íntima e intensamente asociada a las tareas del carbón. Con ellas construyó toda una épica laboral y social.

Juan Antonio Ríos Morales: El hombre del acero, la energía y el petróleo

bicentenario-JArios.jpgEl “largo”, por su estatura de 1.90 metros, apodaban sus amigos cañetinos a Juan Antonio Ríos Morales, el Presidente de Chile entre 1942 y 1946, uno de los más importantes personajes de la Región en la historia de dos siglos del país, y quien impulsó su industrialización bajo el lema “Gobernar es producir”.
Hijo del tercer matrimonio de Anselmo Ríos Gallegos, de 69 años, y Lucinda Morales, una jovencita de 19 años, nació el 12 de noviembre de 1888 y un año después quedó huérfano. Su padre descendía de una de las primeras familias colonizadoras que llegaron a Cañete.
“Los primeros años de su vida marcaron fuertemente el carácter del niño, haciendo de él un hombre del sur, austero, franco (en ocasiones, hasta la rudeza), tolerante, tenaz, leal, luchador”, refiere Clímaco Hermosilla Silva, presidente de la agrupación cultural Artis Cañete.
El joven Juan Antonio -cuenta- se educó en la Escuela Primaria Elemental de Cañete, en el Liceo de Lebu y el Liceo de Hombres de Concepción, donde realizó labores de Inspectoría para ayudar a costear sus estudios. En 1914, se tituló como abogado y muy joven, también, ingresó al Partido Radical e inició su carrera política como presidente de la juventud radical de Concepción y regidor de esa ciudad.
Poco después de casarse con la penquista Marta Ide Pereira, el Presidente Arturo Alessandri lo nombró encargado de negocios en Panamá, desde donde regresó en 1924. Ese mismo año fue electo diputado por Arauco, Lebu y Cañete y reelecto dos años más tarde. Fue presidente de su partido y colaborador desde distintos e importantes cargos con los gobiernos de Arturo Alessandri Palma y Carlos Ibáñez del Campo.
No fue sino hasta 1938, después de haber impulsado la creación el Frente Popular (Frap), que es designado precandidato a la Presidencia de la República. Fue derrotado por su correligionario, don Pedro Aguirre Cerda, quien falleció dos años antes de terminar su mandato. La historia le dio otra oportunidad y el 1º de febrero de 1942, con un 55,93% de los votos, se transforma en Presidente, derrotando a su antiguo aliado, el general Carlos Ibáñez del Campo.
Desde La Moneda impulsó una decidida política de industrialización del país y adopta el lema “Gobernar es producir”. Los logros más importantes de esta política, para cuya implementación fue fundamental la acción organizadora de la Corporación de Fomento de la Producción (Corfo) son: La creación, en 1946, de la Compañía de Acero del Pacífico (CAP) y su gran usina de Huachipato, la que da un poderoso y decidido impulso al progreso del país y, fundamentalmente de la zona de Concepción, posicionándola como uno de sus principales polos de desarrollo industrial.
– La energía eléctrica, en 1943, con la Empresa Nacional de Electricidad (Endesa).
– El petróleo, en 1945, con la Empresa Nacional del Petróleo (Enap).
Bajo el mandato del Presidente Ríos, Chile racionalizó y profesionalizó la administración del Estado, dio rango constitucional a la Contraloría General de la República y modificó las iniciativas parlamentarias y presidenciales en materia de gasto público.
Aquejado por un cáncer, murió el 27 de junio de 1946, dos años antes del término legal de su mandato.

Empresario Octavio “Chascón” Ríos: Un próspero imperio con cuarto básico

Más de un centenar de personas trabaja hoy en las dos empresas que legó a sus 7 hijos y a los que ningún yerno o nuera podía acceder. Empezó vendiendo botellas a la CCU y llegó a tener una flota de buses.

Bicentenario-Octavio_Rios.jpgDe Octavio “Chascón” Ríos Espinoza, el hombre de negocios capaz de sumar a ojo cien cheques y errar por muy poco, de avizorar oportunidades aún debajo de las piedras y, de llevar una conversación amena del tema que fuera y con quien fuera, aunque sólo llegó hasta cuarto año básico, hablamos con dos de sus siete herederos, Octavio Ríos Sánchez (54) y Verónica Ríos Sánchez (46).
“Lo que hoy se enseña en el aula, en cómo ser emprendedor, en mi padre era innato”, dice Verónica, la menor del familión, presidenta del Club Hípico de Concepción, institución de la que los hermanos tienen, en conjunto, el 30% de las acciones. No les genera dividendos, dice, pero tal como pidió el padre, fallecido hace 18 años, no las venderían a menos que fuese imprescindible.
A su padre, cuenta, le gustaban los caballos para “regalonearlos, premiarlos con un terrón de azúcar y a ganar…”, pero, a diferencia del abuelo que apostaba hasta la corbata, no jugaba.
Octavio y Verónica ocupan la gerencia general y la gerencia de finanzas, respectivamente de Riosan y Cía Ltda. y Octavio Ríos y Cía Ltda. y cada uno de los otros hermanos ocupa puestos claves, también, en los negocios que han hecho prosperar como le habría gustado al empresario, cuyo apelativo de “chascón” tenía su razón de ser en la abultada cabellera. “Y nunca se peinaba “, tampoco, ríe Verónica.
De Valparaíso, con 11 años, llegó a Pedro del Río Zañartu y terminó viviendo a los pies del cerro Caracol, en Víctor Lamas, donde el único huésped de la casona es Emérita Sánchez, su viuda, y quien lo estimuló a surgir. “¡Ay vieja, qué haría sin ti!”, le agradeció hasta el final de sus días, cuando un cáncer a los huesos terminó con su existencia. Decía: “El día que no me pueda levantar, me muero”. Y murió al día siguiente, un 15 de junio, justo para el aniversario de Fernández Vial, donde jugó y fue su presidente (82), y el año en que el Club Hípico se quemó.
“Un gran papá”, lo recuerda emocionado Octavio. Fue el único varón y el “chiche” del empresario que partía con su guagua de seis meses a Santiago, le cambiaba pañales, alimentaba. “Sus amigos fueron mis amigos, ¡crecí con ellos!”, dice.
Partió vendiendo botellas a la CCU, en Pedro de Valdivia, siguió con un taxi, un camión, un bus y llegó a ser el dueño de Los Alces, la flota de buses con recorridos a Coronel y Lota. Siguió con tres líneas de taxibuses; una fábrica de resortes, representante de General Insa y suma y sigue. “Sin querer, hizo avanzar la economía en la ciudad, era un emprendedor natural”.
– ¿Algún defecto tendría?
-Sí, era machista e imponía sus reglas: a las 13 horas almorzábamos todos y el sábado, a la cena no podía faltar nadie. En la mesa sí, a su turno, todos podíamos opinar. Ahí nos inculcó a sangre y fuego el sentido de la responsabilidad, del trabajo, el apego a la familia.
Por eso, dicen, su muerte los unió más, y fiel a sus lecciones, en los negocios de la familia Ríos participan sólo los hijos y los nietos. Ni un yerno ni una nuera.

Nibaldo Mosciatti Moena: Un hombre de radio, pero por sobre todo un caballero

“Diré algo audaz al terminar. Lo conocí y creo que no cambiaría nada… Pero, de seguro mejoraría todo. Es el único que podría hacerlo”, expresa de don Nibaldo Mosciatti y su obra el periodista Salvador Schwartzmann en esta crónica. En esta dupla había mutua admiración. Sí señor.

Bicentenario-nibaldo mosciatti.jpgDe admirable imaginación, pleno de ideas y creatividad sin límite era don Nibaldo Mosciatti Moena, quien llegó a inventar un juego de fútbol de mesa electrónico, que patentó en gran parte del mundo. Él se preocupaba por todo. Desde los alfileres hasta las antenas. Y créanme que era así. Cuando confiaba en alguien, se entregaba por completo y depositaba su confianza sin reservas. Cuando le fallaban, más de una vez olvidó la falta, perdonó y dio una nueva oportunidad, la mayor cantidad de veces, en forma inmerecida.
Nació en 1926 en Concepción y era el sexto de siete hermanos. Su padre falleció cuando tenía seis años, por lo que la familia debió bregar duramente para salir adelante. Estudió en el Liceo de Hombres de Concepción, y desde muy joven se dedicó a los títeres, a la escenografía y al teatro, junto a los recordados hermanos Duvauchelle.
Hizo programas en radio, fundó una agencia de noticias en Chile y otra de publicidad, que dejó cuando en 1959 instaló Radio El Carbón de Lota. Gran caballero, sabía que no debía estar a ambos lados del mostrador. Vivió en una residencial en Lota, que mostraba con cariño. Y en Radio El Carbón, que transmite hasta hoy, nunca, jamás, dejó de preocuparse de la suerte de la gente, que le devolvió la mano, como lo hacen en el pueblo, con amistad y estima sincera.
Fundó Radio Bío-Bío de Concepción en 1966, un récord nacional. Una radio que, como El Carbón de Lota, se fundó para servir a los auditores desde total independencia, sin vínculos con poder alguno. Siempre definió a sus medios de comunicación como un servicio para la gente y fiel a estas convicciones, hizo la radio que él aspiraba realizar. De su mano, Radio Bío-Bío llegó a todo Chile, incluyendo una difícil y sufrida estación en Santiago, que le costó muchísimo hacer realidad por la resistencia, con mucha razón, por cierto, de los capitalinos que nunca vieron a don Nibaldo como una empresa chica sino como una gran y peligrosa competencia de verdad.
En 1990 creó Radio Punto 7, y al año siguiente el Canal Regional de Televisión de Concepción, el primer canal privado del país. Fue uno de los fundadores del Club de Ajedrez de Concepción, y cultivó con pasión esta disciplina para la que siempre tuvo tiempo. Don Nibaldo disfrutó de lo que hizo y lo hizo bien, qué duda cabe. Con sacrificios, con malos ratos, también con muchas alegrías y satisfacciones. Sintió por los niños y por las personas con carencias un particular afecto y su generosidad fue ilimitada, jamás calculada.
A él dedicamos el trabajo que se hizo antes, durante y después del terremoto. Para él, en definitiva, es todo el afecto de la gente, de sus auditores (“No son nuestros, me está diciendo ahora, mientras escribo. La Radio es de la gente y eso hay que tenerlo siempre presente”).
Don Nibaldo es el personaje inolvidable con el que comencé y con el que terminaré mi desarrollo profesional, porque su impronta se mantiene vigente en cada momento de las transmisiones y de las decisiones. Sólo tengo una tremenda amargura en mi corazón: Lamento tanto que no haya visto su obra en el momento actual, de la mano de todos sus hijos, es decir de su mano. Diré algo audaz al terminar. Lo conocí y creo que no cambiaría nada…. Pero, de seguro mejoraría todo. Es el único que podría hacerlo”.

Valor de la medicina chilena: Doctor Virginio Gómez, el gran olvidado

“El Virginio”, como le dicen jóvenes estudiantes del Instituto Profesional, lleva su nombre y un premio de excelencia para egresados de Medicina recién se instituyó 51 años después de su muerte.

Bicentenario-Virginio Gómez González.jpgUno de los grandes valores de la medicina chilena que estudió el problema alimentario de los mineros de Lota, por encargo de la Carbonífera de Lota (1940), y fuera consejero permanente de la FAO, es el doctor Virginio Gómez González quien, también, como fundador de la U. de Concepción ha sido insuficientemente reconocido.
De Los Ángeles (Rarinco) era este profesional y académico (1877-1956) que se perfeccionó en universidades europeas y que llegó a Concepción como médico del Ejército. Un hombre fino, inteligente, de carácter retraído y modesto, dedicado al estudio y de una extraordinaria cultura, que puso a la medicina chilena a la vanguardia de Latinoamérica lo recuerda el doctor Carlos Martínez. Estudioso de su trayectoria y aporte a la medicina, atesora la intervención de Virginio Gómez en la U. de Chile, en un homenaje al Presidente Juan Antonio Ríos, donde expuso los problemas alimentarios de los mineros de Lota. “Suelo y mar” se llama el texto.
A comienzos del 1900, dice, Concepción revive el resquemor y la aversión contra el llamado centralismo y por lo menos hasta 1910, se solicitó una Universidad para Concepción con negativa del poder central. “Ya sabemos que fue el doctor Virginio Gómez quien propició la realización especial de una reunión de vecinos en el Club Concepción, el 17 de marzo de 1917. Tema de la reunión: “Hospital Clínico y Universidad para Concepción”. Uno de los acuerdos fue convocar a una nueva sesión para el 23 de marzo en la Municipalidad con representantes de todas las fuerzas sociales, incluido dos prestigiosos sacerdotes y un gran católico, Luis David Cruz Ocampo”.
La U. de Concepción -agrega- le debe a don Samuel Guzmán García el proponer, en esa misma reunión “la idea de una Universidad de Concepción, no dependiente del Estado, y al doctor Gómez, la mayor parte de su impulso inicial de la misma manera que debe a don Enrique Molina Garmendia todas sus creaciones posteriores y su organización”.
El médico murió en un viaje a Puerto Montt, el 1 de enero de 1956, al caer de la cubierta del barco Alondra, a la cuadra de Corral. El cuerpo nunca se halló. “Es probable que haya sufrido un síncope”, explica. Un año antes, él mismo le hizo un examen por un diagnóstico de cardiopatía coronaria que exigía una intervención, la que se hizo en el Hospital Clínico Regional.
Martínez reprueba que los acuerdos de una reunión de directorio del 4 de enero de 1956 de la UdeC, donde se informó del fallecimiento, no se cumplieran a cabalidad. Dice: “El directorio acuerda instituir un premio al mejor alumno en su homenaje –se otorga 51 años después-; que el doctor Ivar Hermansen dicte una clase inaugural como homenaje (se hizo), mientras que un representante estudiantil propone colocar nombre a alguna avenida del barrio. No se cumplió”, como tampoco, dice, el anuncio publicado por El Sur, en su editorial (3 de diciembre de 1959) en orden a que el Hospital Clínico Regional llevaría su nombre. La ceremonia nunca se realizó y tampoco hubo explicaciones públicas.
En Concepción, “el Virginio”, como le dicen sus estudiantes es el único Instituto Profesional que lleva su nombre.

David Stitchkin Branover: Un humanista e ilustrado de Concepción

Instalado en la Rectoría, expresó que la Universidad no estaba limitada sólo a la formación de profesionales idóneos; sino en un sentido más amplio, junto con la preparación profesional, las universidades debían ser concebidas como fuentes de cultura.

Bicentenario-David Stitchkin Branover 01.jpgDavid Stitchkin Branover (1912-1997) fue dos veces Rector de la Universidad de Concepción, primero desde el año 1956 hasta 1962. Seis años más tarde, en 1968, por segunda vez, aunque por un año, producto de la aprobación de la reforma universitaria.
Fue, sin duda, un destacado académico en el ámbito del Derecho; pero su accionar no sólo se circunscribió al ámbito de las leyes, sino que además, fue un promotor del desarrollo de las ciencias, las artes y la cultura. “Podríamos calificar a Stitchkin Branover como un destacado humanista e ilustrado de Concepción y nuestro país”, precisa el historiador de la UdeC Danny Monsálvez.
Instalado en la Rectoría, expresó que la Universidad no estaba sólo limitada a la formación de profesionales idóneos; sino en un sentido más amplio, junto con la preparación profesional, las universidades debían ser concebidas -en el amplio sentido -como fuentes de cultura.
En la misión de la Universidad correspondía también una gran responsabilidad a los propios estudiantes. Al respecto, la Universidad no entrega fórmulas absolutas a sus alumnos, menos los encasilla en alguna ideología o dogma, todo lo contrario, la idea es ir dando vida a una mente razonadora y crítica, precisa.
Stichkin estuvo fuertemente marcado por algunas corrientes de pensamiento, como el positivismo del siglo 19, racionalismo y las ideas de la Ilustración. Por ello, plantea Monsálvez, no es casualidad en su accionar la creación del Teatro de la Universidad de Concepción, Revista de Derecho, Radio de la Universidad de Concepción, las carreras de filosofía e historia, las actividades de extensión, el foro Universitario. En otras palabras, “no concebía el progreso científico y tecnológico sin el correspondiente cultivo de las letras, la filosofía y la historia. Sólo así la Universidad podía cumplir la tarea trascendental como es la formación del hombre integral”.
En referencia a la clase inaugural del año académico de 1961, titulada “El Entierro del Conde de Orgas”, el historiador dice que allí se aprecia la capacidad que tenía Stitchkin para hablar y comentar obras de arte. Lo hacía, expresa, con la propiedad de un especialista que lograba, además, concatenar la exposición de la imagen del entierro del Conde con la realidad que comenzarían a experimentar los alumnos de primer año.
Asimismo, destaca los valores y postulados a los cuales llegó al final de su exposición, al hacer referencia al lema de la Universidad de Concepción “Por el Desarrollo Libre del Espíritu”, ante lo cual inquiere: ¿Cómo se logra el desarrollo libre del espíritu?, respondiendo, a través de la conjugación de tres pilares: Honestidad, Dignidad y Respeto, pues primera consiste en separar nuestras pretensiones e intereses personales, de lo que conviene e interesa a la comunidad; la segunda, en sostener cualquier tesis honestamente, pero empleando expresiones dignas para no ofender a nadie, y tercero el respeto a la convivencia y hacia los demás.

Exponente de la poesía social: Parra, nada tiene de poeta común

Antipoeta, intelectual, personaje y persona. Todo eso es Nicanor Parra. Recorrió Chile para después hacerlo poesía y su obra, valorada internacionalmente, es la mezcla de lo docto y lo coloquial.

Bicentenario-nicanor.jpg“La poesía chilena del siglo 20 se divide entre Pablo Neruda y Nicanor Parra. Ellos son la fuerza de la poesía lírica y la fuerza de la poesía social, respectivamente”, asegura la directora de Extensión de la Universidad de Concepción, María Nieves Alonso. Es que el antipoeta, nacido en 1914 en San Fabián de Alico, se alimentó de la cultura popular gracias a sus padres, un profesor y una modista aficionados a la música y al folclore, lo que determinó su obra literaria.
Pero también tiene una notable formación académica: estudió Mecánica en Brown y Cosmología en Oxford, además de ejercer como profesor en la Universidad de Chile, donde aprendió física. Todo mientras leía a García Lorca, Geoffrey Chaucer, Shakespeare y Kafka.
“Toda esta poesía que parece tan sencilla, tan coloquial, es fruto de una mente con un conocimiento y una competencia lingüística impresionantes”, continúa María Nieves. “A veces a los poetas es mejor no conocerlos, pero Nicanor es de esas personas que se agrandan cuando uno las conoce: es inteligente, creativo, alerta, generoso y fiel a su origen”, agrega.
Parra no olvida a Chillán de donde es hijo ilustre. En “Hombre al agua”, por ejemplo, habla de escapar de los versos y las ecuaciones e irse a esa ciudad “a recorrer los lugares sagrados”. Es en su obra poética, que supera la veintena de publicaciones, donde expresa incluso estas cosas tan íntimas, insistiendo en no ocupar la jerga poética o la retórica.
“Me pareció que el lenguaje habitual, el lenguaje conversacional estaba más cargado de vida que el de los libros, que el lenguaje literario, y hubo un tiempo en que yo no aceptaba en los antipoemas sino expresiones coloquiales”, le dijo Parra en los ’60 a Mario Benedetti.

Un embutido de ángel y bestia

A Nicanor Parra le gusta impactar. Es lo que busca cuando asume el papel del Cristo del Elqui o cuelga a los presidentes de Chile en una exposición. También, cuando aseguraba que su obra era anti-Neruda por sintetizar lo popular y lo sofisticado.
Sin embargo, Parra no comenzó haciendo poesía. En 1935 participó junto a Jorge Millas y Carlos Pedraza en la “Revista Nueva”, donde publicó sus trabajos en prosa. Dos años más tarde fue “Cancionero sin nombre” que según su autor no es más que un “pecado de juventud”. Es desde “Poemas y Antipoemas” cuando comienza a llamar la atención con un estilo que bautiza “poesía de la contradicción”.
Esa capacidad de incluir en un mismo texto lo social con lo retórico es clave en el proyecto parriano, tanto a nivel de escritos como de instalaciones, sus artefactos. Y también cuando se refiere a sí mismo, como en “Epitafio”: “Fui lo que fui: una mezcla / De vinagre y aceite de comer / ¡Un embutido de ángel y bestia!”.

Inés Enríquez Frödden: Abrió a otras el camino de la política

La tía de Miguel Enríquez y de Marco Enríquez-Ominami fue la primera mujer intendenta y diputada de Chile. Inteligencia, señorío y encanto le reconoció el ex senador RN Sergio Diez.

Bicentenario-Ines Enriquez.jpgSilenciosamente un 15 de agosto de 1998 y cuando tenía 84 años, se apagó la vida de doña Inés Enríquez Frödden. La abogada penquista fue la primera intendenta y diputada en Chile y se abrió paso en el áspero mundo de la educación superior y de la política en el siglo 20, cuando la mujer tenía confinada su vida al espacio privado del hogar. Por entonces, el único horizonte era convertirse en amante esposa y abnegada madre. O tomar los hábitos por vocación o decisión de los padres.
Después de promulgada en Chile la Ley de sufragio femenino municipal (7 de enero de 1934), uno de los verdaderos acontecimientos para lo que se conocerá más tarde como la reivindicación de la mujer como sujeto social e histórico, “con su vida, con su compromiso social, con su afán de superación, con su compromiso de género, doña Inés hizo camino y, por eso, es acreedora al homenaje sincero del pueblo”, dijo, en un sentido discurso en el Congreso, cuatro días después de su muerte, el entonces senador y ex Rector de la U. de Concepción, Augusto Parra Muñoz.
Otros congresistas se sumaron: “Uno no puede dejar de recordar su señorío y encanto, además de su inteligencia”, dijo Sergio Diez. Le reconoció su aporte a una serie de proyectos constructivos que dieron como resultado el cambio del sistema monetario, la modificación de la Ley de presupuestos y el nacimiento del Plan Habitacional durante el gobierno de Jorge Alessandri Rodríguez.
Doña Inés nació en Concepción en el seno de una familia ilustre que aportó al país personas de enorme talento y de generosa vocación de servicio. Su hermano mayor, Humberto Enríquez Frödden, fue miembro del Senado, y su labor prestigió a la Corporación. “Tuve el privilegio de ser su discípulo y de iniciarme en la actividad política bajo su inspiración: la del ejemplo de un hombre lleno de talento, de bondad y de una estatura moral poco común. Fue esa inspiración, seguramente, la que también contagió a Inés y la llevó a comprometerse tempranamente en actividades de servicio”, dijo el ex senador Parra.
Inés Enríquez (1913-1998), militante radical desde 1935, ejerció su profesión como secretaria-abogado de la Intendencia de Concepción, entre 1940 y 1950. Ese último año fue nombrada intendente, cargo que ocupó hasta 1951, cuando resultó electa diputada en votación especial (24/4/1951) y se incorporó a la Cámara en reemplazo del fallecido diputado Ángel Evaristo Muñoz García. Volvió a la Cámara, pero esta vez electa por la Vigésimo segunda Agrupación Departamental “Valdivia, La Unión y Río Bueno”, en el período 1957-1961.
Ella cursó estudios de Derecho en la U. de Concepción, recibió su título y desarrolló con éxito y brillo su trabajo profesional. Abrió espacios a otras mujeres para que siguieran también estudios universitarios, fundando, por ejemplo, la Asociación de Mujeres Universitarias, institución benéfica que contribuyó a asistir a jóvenes mujeres talentosas y deseosas de formarse para servir al país, evocó Augusto Parra.

Ester Roa de Pablo: “Me gustaría que el Estadio regional llevara mi nombre”

La ex alcaldesa de Concepción por dos períodos consecutivos, desde 1956 hasta 1963, vive en Santiago y sigue muy activa. “Me gusta la vida”, dice.

Bicentenario-Ester Roa 1.jpgGanas no le faltan de volver a recorrer la ciudad, de reencontrarse con tanta gente que la quiso, con las obras que prosperaron bajo su mandato mientras fue alcaldesa de Concepción, entre 1956 y 1963, y de admirar los tilos de la Plaza Independencia- tan venidos a menos ahora- y que, en aquel tiempo, añosos ya, ella hizo fortalecer a punta de inyecciones. De México trajo la idea.
En Barros Arana 240 y en Chacabuco, entre Rengo y Lincoyán, a los pies del Cerro Caracol transcurrió su vida en Concepción que la eligió y reeligió como jefa comunal con la más alta votación nacional. “Yo me entregué de lleno a la ciudad”, evoca hoy esta abogada de la U. de Chile que ahora vive en Santiago al cuidado de dos nanas. De sus cuatro hijos -todos penquistas- Tomás y María del Carmen viven en Europa y Argentina. Rodrigo y María Ester, que se quedaron en Chile la visitan con frecuencia, así como sus diez nietos.
Nunca ejerció su profesión, a su fallecido esposo, el abogado y senador Tomás Pablo Elorza no le gustaba que trabajara, pero de tanto acompañarlo en sus actividades partidistas, terminó encariñada con la política y con el Partido Conservador que evolucionó y se transformó en la Democracia Cristiana. Es crítica de sus actuales dirigentes. “Nunca debieron engancharse con los comunistas, espero que vuelvan al cauce y a ser lo que fueron”, dice, pero exculpa al ministro de Defensa Jaime Ravinet y su opción de integrarse al gabinete de Sebastián Piñera. “Él renunció a la DC, nada lo ataba”.
Con un “¡qué maldad…!” reacciona al inquirirle por su edad. Su voz todavía trasunta energía mientras cuenta que sale del departamento lo que más puede, visita exposiciones, lee los diarios, libros de historia y buena literatura como “Leonor del Este”, la novela que habla de la dinastía de los Borbones, en España.
Desde la Municipalidad enfrentó el terremoto del ’60, las demandas por agua, luz, viviendas y bien coordinada con Carabineros, Ejército y Armada -agrega- actuaron rápido “para evitar el miedo a la salida de mar; por entonces no se hablaba de tsunami. Siempre trabajé con mucha energía, pero sin perder el cariño por la gente, cuando uno les entrega el alma, ellos devuelven toda preocupación con el alma de la ciudadanía”.
Doña Ester se acuerda bien de cómo recuperó el Parque Ecuador, donde se instalaron casas de emergencia para el terremoto, de la remodelación de la Plaza Independencia –“se pusieron baldosas amarillas y bien pegadas para que no se soltaran”- , de la arborización del sector Lorenzo Arenas, de las obras de mejoramiento de las condiciones sanitarias en la periferia y de su mayor orgullo, la construcción del Estadio Regional: “Si hubiera justicia, me encantaría que llevara mi nombre”, resume, feliz de ser considerada entre los grandes penquistas que merecen estar en las páginas del Bicentenario.

Miguel Enríquez Espinosa: El mayor mito de la izquierda chilena

“Su aporte a la historia es indisoluble de su identidad política y de su rol dentro de lo que fue el MIR. El MIR no fue creado sólo por él, pero fue eje en su creación”, recordó Pedro Enríquez, ex abogado de la FEC.

Bicentenario-Miguel_En.jpgSalvo el apellido y las ideas, Pedro Enríquez Barra y Miguel Enríquez Espinosa no tienen lazos de sangre. Pero conoció bien al mayor mito de la izquierda chilena, abatido en octubre de 1974 en Santiago, durante el gobierno militar. Era alto y de buena presencia, como don Edgardo Enríquez Frödden, su padre y ex rector de la U. de Concepción; de mente brillante, rápido, con una agilidad mental tremenda, arrogante, pero a diferencia de su hijo Marco, coherente, dice.
Se conocieron en la Universidad, donde todos se trataban de “camaradas”. Pedro era el abogado de la Federación de Estudiantes de la UdeC (FEC). “La meta de Miguel no era una Cuba para Chile, él hablaba de los trabajadores, de resolver los problemas socios políticos, de recuperar las riquezas básicas del país (cobre), pero estimaba que la vía electoral era insuficiente e inadecuada para alcanzar los objetivos revolucionarios. Pero iniciada la persecución durante el gobierno del ex presidente Frei Montalva, se dedicó de lleno a sus actividades revolucionarias”.
En 1970, cinco años después de la fundación del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) por 60 integrantes y sus osados asaltos a bancos, llegaba a La Moneda Salvador Allende y su subsecretario de Justicia, José Antonio Viera Gallo, tramitaba los decretos de indulto. Del primer grupo de amigos del Presidente, GAP, o guardia personal de Allende formaron parte.
“El aporte de Miguel (1944-1974) a la historia es indisoluble de su identidad política y de su rol dentro de lo que fue el MIR. El MIR no fue creado sólo por él, pero fue eje en su creación. Con 23 años, fue el secretario general, después del doctor Enrique Sepúlveda”.
Y agrega que, lejos de ser rechazado, el MIR penetró en las capas sociales “de manera formidable”, en los sindicatos, en las poblaciones, entre los mineros de Lota y Coronel, entre los mapuches. “Con 19 mil mineros, tuvimos la segunda representación sindical en el país”, dice.
No era un muchacho inmaduro, cita Pedro. Desde muy joven, el niño que estudió en el Colegio Saint John’s y en el Liceo Enrique Molina Garmendia, y vivió en un barrio exclusivo tuvo inquietudes intelectuales, pero se destacó como líder en la “U”. A Miguel le habría bastado ejercer su profesión –generación de médicos brillante- y haber vivido cómodamente, pero “se entregó a una causa, la más noble, lucha por los trabajadores.
De su vida y de su muerte habló su padre, el ex rector, al regresar de su exilio en Concepción. Lo sepultaron en el Cementerio General de Santiago, el 7 de octubre de 1974, a las 7.30 horas, y sólo Raquel Espinosa, su madre, habló: “Miguel, hijo mío, tú no has muerto. Tú sigues vivo y seguirás viviendo para esperanza y felicidad de todos los pobres y oprimidos del mundo”.
Un centenar de uniformados y civiles había allí y ella depositaba el único ramo de flores permitido.
Su esposa, decía también, nunca se conformó con la suerte de su hijo Edgardo, un detenido desaparecido. “Por lo menos nos quedaba el consuelo de haber sepultado a Miguel”.

Visionario, coherente y valeroso: José Manuel Santos, la veracidad de un obispo

“Nunca nadie pudo desmentir lo que decía”, señaló el obispo Alejandro Goic en su funeral, y así lo recuerda, en esta crónica, otro de sus estrechos colaboradores, el sacerdote y periodista Enrique Moreno Laval.

Bicentenario-Mons Santos002.jpgDon José Manuel Santos Ascarza, en sus escasos cinco años de ministerio episcopal en Concepción, fue un obispo providencial para los tiempos que entonces corrían: 1983-1988. El clima social y político llegaba a una tensión difícilmente sostenible y la violencia represiva no amainaba. Pero la Iglesia Católica de Concepción tenía un arzobispo de una lucidez admirable, de un temple firme y de una extraordinaria capacidad de decisión, condiciones que puso al servicio de una comunidad mucho mayor que la de su propia Iglesia. Así fue el arzobispo Santos.
Nació y murió en la región de Valparaíso, pero su cuerpo reposa en la cripta de la catedral de Concepción. Había nacido en Llay-Llay, un 2 de abril de 1916, y falleció a los 91 años en Viña del Mar, un 14 de septiembre de 2007. A los 22 años ya era sacerdote. A los 39, lo hacían obispo de Valdivia. A los 67, arzobispo de Concepción. A los 72 renunció por razones de salud, pero tuvo tiempo para cumplir un antiguo sueño: se hizo religioso carmelita, y como tal vivió todavía 18 años, hasta su muerte.
Tuve el privilegio de ser uno de sus vicarios y, por lo tanto, testigo cercano de su veracidad como obispo, de su férrea adhesión a la persona de Jesús y a su Evangelio, como también de su bonhomía, de su simpatía natural, de ese buen humor suyo siempre revelado en la intimidad con sus cercanos. Don José Manuel nunca quiso ser obispo, así nos contaba. Esta idea -de que “yo no sirvo para obispo”- lo acompañó siempre. Al dejar Concepción, nos dijo: “Quiero confesarles algo: yo nunca he sabido ser obispo, pero en estos cinco años, he aprendido a serlo; y mi maestro ha sido este hombre”. E indicó con gratitud y cariño a su infaltable obispo auxiliar Alejandro Goic.
Más allá de su exceso de autocrítica, fue uno de los grandes obispos del siglo XX de nuestra Iglesia chilena. Por alguna buena razón fue elegido presidente de la conferencia episcopal en cuatro períodos. Quizás era cierto que sus cualidades no correspondían a las de un ejecutivo organizador, pero era visionario, y en su visión era coherente, y en su coherencia era valeroso, osado, audaz para defender hasta el fin lo que, a la luz de su fe, estimaba verdadero y justo. Además, sabía delegar responsabilidades y confiar en sus colaboradores.
El caso del “crimen de la Vega Monumental” resultó emblemático. El 23 de agosto de 1984, frente a la Vega, la CNI asesinó a Nelson Herrera y a Mario Lagos. Don José Manuel se enfrentó con la autoridad militar de la época. Sentenció: “Gritaré por este crimen hasta 15 minutos después de muerto”. Soy testigo presencial de estas palabras.
“Nunca nadie pudo desmentir lo que decía”, señaló el obispo Goic en el funeral del arzobispo Santos. Y agregó: “Con qué fuerza, en su vida de pastor, defendió la dignidad de la persona humana. Con qué vehemencia defendió la primacía del derecho por sobre el abuso del poder y de la fuerza”.
Don José Manuel, el 18 de septiembre de 1987, dijo: “Hacer Patria es crear conciencia de los grandes principios de la persona humana y de la fe cristiana, es trabajar por convertir esos grandes principios en normas de nuestra conducta, es convertirlos en patrimonio de nuestra sociedad”. Y no sólo lo dijo. Lo vivió así hasta el final de sus días.

Ministro Carlos Cerda y la masacre de Mulchén: “Dimos un paso grande al acreditar que hubo asesinato”

Su resolución del caso permitió que a 35 años de la muerte de 18 campesinos ocurrida entre los días 5, 6 y 7 de octubre de 1973, el ministro especial Carlos Aldana sometiera a proceso a cinco ex carabineros. Los campesinos fueron torturados y humillados, los hicieron bailar entre ellos y contar chistes antes de ser asesinados.

carlos-cerda_DSC2205_1.jpgEl ministro Carlos Cerda Medina lamenta que el sistema lo haya hecho a un lado en pleno goce de su carrera judicial, a los 75 años, cuando ya, con tanta experiencia, redactar fallos se le hacía más fácil que nunca. “Me sentía tan a gusto”, dice. Fuera del tribunal, sigue -aunque sea para sí- reflexionando y escribiendo sobre sus materias para concluir que es tiempo, por ejemplo, de aplicar la Ley de Amnistía.
“La ley de Amnistía del gobierno militar está vigente, no ha sido derogada y, por tanto, ha de aplicarse no obstante la aprobación del Gobierno al tratado reciente sobre Derechos Humanos. De acuerdo con la Constitución, las materias de ese tratado rigen a partir de la aprobación por mandato constitucional”, precisa.
Con 87 años a cuestas, el ex integrante del Poder Judicial, egresado de la U. de Concepción y quien iniciara su carrera como secretario del Juzgado de Coronel, es de aquellos jueces a la antigua: trabajólicos, reflexivos, prudentes y poco amigo de figurar en la prensa, pero se anima a contar que le llovían las quinas para integrar la Corte Suprema. Nunca se la jugó para un ascenso. Le basta, dice, “el honor de haber figurado en las quinas” para ser Supremo como sí lo fueron los penquistas Eleodoro “lolo” Ortiz, Enrique Tapia Witting, Víctor Hernández y aún en ejercicio, el más joven de todos, Guillermo Silva Gundelach.
Con otros dos “grandes” -el ya fallecido ministro Luis Rodríguez Salvo y José Martínez Gaensly- debió jubilarse en 1998. Le cambió la vida y el sueldo, se sintió defraudado, pero hoy puede caminar por la ciudad sin que ningún reportero lo intercepte. Es que sus fallos eran titulares en la prensa.
“Justicia en sala de tres, es lo que deciden dos”, dice de uno de aquellos que ordenó al Fisco restituir a los Yarur las expropiadas textiles de Chiguayante, en los 70. “No le debe haber parecido nada de bien a Allende, pero se cumplió”, dice.
En pleno gobierno militar más de un vez se enfrentó -como tantos- a la disyuntiva de “aguantar o hasta aquí no más llegamos” cuando tramitaba recursos de amparo y los aprehensores respondían al tribunal que nada sabían del paradero de tal o cual persona. “Había que archivar. La alternativa era salir a allanar con un batallón. Imposible”, dice. Por eso, cuando lo designaron ministro en visita para el caso de la masacre de Mulchén (1980), por orden de la Corte Suprema que acogió un recurso de queja de los abogados de derechos humanos del Arzobispado de Concepción en contra de la Corte de Concepción, le puso todo su empeño para aclarar los hechos.
Al final se declaró incompetente, conforme a la legalidad vigente, pero su fallo en la causa por presunta desgracia de Florencio Rubilar y otros, iniciado por el Juzgado del Crimen de Mulchén, acreditó que a 18 campesinos de la Hacienda El Morro, el fundo El Carmen Maitenes y Pemehue “los mataron, los echaron al río y no se pudo encontrar los cuerpos, salvo una pierna, una cadera y piezas dentales. No se pudo cotejar identidades, no pude acreditar la autoría de militares, carabineros y civiles porque todos se fueron de niegas, pero dimos un paso grande al establecer que hubo asesinato”.
-¿Sintió miedo don Carlos?
-Siempre me dije: “Si hay que morir, moriremos pero cumpliendo con nuestro deber”.
En 1983, el juez militar y ex intendente de Concepción, Eduardo Ibáñez Tillería sobreseyó al personal responsable del Regimiento de Montaña N° 17 “Los Ángeles”, de la Segunda Comisaría de Mulchén y nueve civiles. En 2008, el juez especial para casos de derechos humanos, Carlos Aldana reabrió la investigación y sometió a proceso por secuestro y homicidio a 5 ex carabineros, entre ellos el ex teniente Jorge Maturana.

Ayudó a la ciudad sin mirar tanto a Santiago Pedro del Río Zañartu: patriota, penquista y viajero

A los antiguos, pero también a los más jóvenes, el nombre les resulta familiar. Una población, una línea de colectivos, pero sobre todo un gran parque llevan su nombre como testimonios de su generosa munificencia, dice el historiador Armando Cartes Montory.

Bicentenario-pedro del rio zañartu.jpg¿Quién fue este personaje, tan presente en nuestras calles y paseos? Anotemos desde ya que no fue alcalde ni diputado, ni siquiera concejal; aunque escribió algunos libros, tampoco fue un gran escritor ni un artista ¿Qué explica entonces su fama trascendente? Paradójicamente, una tragedia.
Pedro del Río Zañartu por sus ancestros del Río, Zañartu y Santa María, era heredero de centenarias tradiciones castellanas y vascas, que lo hacían parte de la orgullosa aristocracia penquista. Junto con los blasones, heredó un carácter fuerte y resuelto (“lo Zañartu”, decía) y buenas tierras a orillas del Biobío, en la actual comuna de Hualpén.
Fue un notable empresario, que junto con cultivos de trigo, ganado y tierras, desarrolló actividades más novedosas: desde minas de oro hasta refinerías de azúcar, caza de ballenas, exportaciones de cereales, en fin, un verdadero emprendedor, con una mirada muy moderna. Concepción se benefició de su espíritu de industria, pues fue Director del Banco de Concepción y parte de todas las iniciativas de progreso del siglo 19. Contribuyó, en efecto, a la creación del Teatro Concepción, el Club Concepción y apoyó con una fuerte suma el proyecto de Universidad y Hospital Clínico, que dio origen a la Universidad de Concepción.
Nada de esto, sin embargo, habrían dado a su nombre trascendencia, más allá de su generación, de no ser por la tragedia que anunciamos. En tres días seguidos de 1880, a causa de una epidemia de difteria, fallecieron su señora Ana Rosa Serrano Squella y sus dos pequeños hijos, Pedro y Ana Rosa. Una hermosa estatua en el cementerio penquista, que espera restauración, conserva su efigie. Del Río creyó enloquecer; para no matarse, partió en un largo viaje en torno al mundo, que lo llevó a China y a la India, atravesó Estados Unidos de costa a costa, recorrió el norte de África y toda Europa hasta Rusia. Luego de dos años y medio, volvió más tranquilo a Concepción.
De vuelta en la ciudad, contrajo matrimonio con doña Carmen Urrejola y Unzueta, dueña de la casona, hoy Monumento Nacional, ubicada en la intersección de Barros Arana y Castellón. No tuvieron hijos, por lo que con los miles de objetos curiosos recolectados en sus viajes, desde una momia egipcia hasta una armadura samurai, y en el fundo y las casas de Hualpén, formó un Parque y Museo. Fue ésta su mayor munificencia, por la cual hoy más se le recuerda.
Más que por los hechos particulares de su vida, en todo caso, Pedro del Río representa el espíritu penquista del siglo 19, que trabajaba por su ciudad, sin esperarlo todo de Santiago. Una generación que, en una ciudad pequeña y todavía sin agua potable, soñaba con teatros y parques y hacía lo necesario para realizar sus sueños. “Este es el espíritu que hoy necesitamos más que nunca recuperar, para construir una mejor ciudad”, precisa Armando Cartes Montory.

Una historia de beneficencia: Leonor Mascayano Polanco, una hija de su época

Fundó la Sociedad Protectora de la Infancia y el Hospital de Niños, grandes legados para la comunidad penquista.

Bicentenario-Leonor Mascayano.jpgMujeres ejemplares han existido desde siempre y Leonor Mascayano es una de ellas. Casada con Agustín Vargas Novoa (uno de los principales gestores del antiguo Teatro Concepción) volcó sus esfuerzos y labor altruista a la naciente metrópolis penquista, a pesar de ser oriunda de San Felipe.
Concepción, a fines del siglo 19 y comienzos del 20 no estuvo ajeno a los profundos cambios que se suscitaron en Chile y en el mundo producto de la revolución industrial; también la afectó la pobreza y las enfermedades provocaron la muerte de miles de niños en el país. Y “Leonor Mascayano, que se encuentra dentro de lo que la historiografía llama la cuestión social, resalta en este grupo de señoras notables que va en ayuda del prójimo. Ellas tomaron la iniciativa porque el Estado era muy pobre”, dice el profesor de Historia y Geografía, Manuel Gutiérrez González.
De noble espíritu y sensible al sufrimiento, vuelve su mirada a la clase necesitada y “desprendiéndose de las ideas de que la mujer debía estar en la casa -pues se le comienza a reconocer como pequeña fuerza laboral-, dedica gran parte de su tiempo a la acción solidaria”, destacó el académico.
Casada en segundas nupcias con el médico Pedro Villa Novoa, doña Leonor prosigue en sus afanes, junto a otras mujeres de la ciudad hasta concretar una obra de ayuda y protección para niños huérfanos. O que quedaban solos mientras sus padres trabajaban.
Consiguen la concesión de un terreno y logran, en 1902, en calle Angol N°98, que funcione la Sociedad Protectora de la Infancia. Hasta su muerte, en 1944, cuando tenía 93 años, encabezó ese directorio.
Siete años después de inaugurar esa institución abrió, en 1915, un Hospital de Niños “que subsistía de donaciones para poder atender a menores en situaciones precarias”, dice el profesional, y en 1926, funda la Casa de la Luz, una asociación para educar a ciegos. La iniciativa de esta mujer evidencia su amor por los que sufren.
Su sensibilidad y virtudes, su entusiasmo e ideales humanitarios la convierten en una mujer excepcional y de un gran legado para la zona. Tanto, que en Talcahuano una población, una calle y un jardín infantil llevan el nombre de esta distinguida mujer que dejó una huella imborrable, pues “su nombre y su labor quedó en la urbe de Concepción. Ella es hija de su época”, dice el profesor Gutiérrez.

José Hipólito Salas y Toro, Obispo de Concepción: El orador “sagrado” del siglo 19

Sacerdote, historiador, intelectual. Un gran humano al servicio del pueblo y de Dios. Lideró el clero penquista por casi treinta años, y su carisma lo transformó en uno de los pilares de la Iglesia Católica.

Bicentenario-Iltmo. Sr. Salas.jpgEl obispo José Hipólito Salas y Toro, oriundo de Rancagua y dueño de un carácter fuerte en pos de sus ideales y la sana doctrina, gobernó la diócesis entre 1854 y 1883 y se ganó el reconocimiento como mejor orador del clero chileno durante el siglo 19.
Trascendió en una época de cambios sociales, en que la filosofía racionalista proveniente desde Europa comenzó a cuestionar la cosmovisión católica. Salas fue uno de los actores más activos y relevantes en la polémica; por lo que ganó adeptos entre creyentes, y detractores laicos, quienes planteaban que el hombre debía secular sus costumbres para responder las interrogantes existenciales, usando la ciencia.
Entre sus obras destaca el haber gestionado la construcción de una nueva catedral, ya que la última cayó con el terremoto de 1835. Cumplió su misión en febrero de 1867, y la inauguró junto a su gran mentor, el arzobispo de Santiago, Rafael Martín Valdivieso.
Andrés Medina Aravena, historiador y docente de la Universidad Católica de la Santísima Concepción, describe que “poseía un profundo conocimiento doctrinario y ponía su fuerte voluntad al servicio de su ideal”. Además, rescata en la personalidad del prelado su concepto de austeridad y desprendimiento de bienes materiales.
En 1869 viajó a Roma, al Concilio Vaticano I convocado por el Papa Pío IX, donde tuvo un destacadísimo desempeño. De hecho, se le ofreció permanecer en Roma para integrar el Sacro Colegio de Cardenales, pero no aceptó la oferta, pues prefirió pasar sus últimos años en Chile, demostrando humildad y sencillez.
Para Andrés Medina, “desde 1870 en adelante, el peso intelectual de su oratoria lo convirtió en el obispo más destacado a nivel nacional”. Monseñor Salas, además de su lucha por preservar los valores cristianos, llamó a “implorar la protección divina a favor de los compatriotas y hermanos” que defendían el honor nacional en la Guerra del Pacífico. “No puede dejarse de reconocer que su acción genera un ejemplo, una señal relevante, afirmando y sosteniendo un ideal en una época que privilegió un individualismo egoísta y materialista”.
Hipólito Salas, fiel devoto de la Virgen del Carmen, gestionó la reapertura del seminario penquista. Se esmeró en traer a Chile diferentes congregaciones cristianas para ayudar a la educación, la salud de los más pobres y la evangelización de los indígenas. Con su labor, la Iglesia resurgió y pudo salir a combatir la crisis masiva de la conciencia religiosa nacional, provocando una lucha entre los principios de la sociedad, ya instaurados hace tiempo. José Hipólito Salas es recordado por su vigor doctrinal, defensor acérrimo de sus ideales, con lo que sumó tanto admiradores como detractores.

Lorenzo Arenas Olivos: Pensador, benefactor, político y “agitador” social

Es, al mismo tiempo, hombre de acción y actor social, entendido como aquel sujeto histórico que tiene conciencia de sí mismo, y clara vocación e inspiración humana de transformar y mejorar su vida, la de sus semejantes, pero especialmente la de los más necesitados, destaca el historiador Danny Monsálvez.

Bicentenario-Lorenzo Arenas.jpgLorenzo Justiniano Arenas Olivos (1835- 1906) puede ser catalogado -parafraseando al historiador Gabriel Salazar- como un “agitador social”, en el sentido de ser un organizador social y no un instigador a la violencia, pues durante su activa y prolífica vida social y política hizo prácticamente de todo y lo más loable es que lo hizo sin esperar nada a cambio. Su perspectiva racionalista y humanista basada en el progreso, fue el complemente perfecto para su discurso y práctica de redención social.
De su figura y aporte a la comunidad penquista habla el historiador de la Universidad de Concepción, Danny Monsálvez Araneda, quien da cuenta que era sastre, y que llegó a Concepción en 1874. De ahí en adelante su intensa actividad social y política no se detuvo. Su proyecto educativo, social y político comenzó a concretarse en 1876 cuando, convencido de las necesidades y carencias por las cuales atravesaban obreros y artesanos de la ciudad, decidió instituir la “Sociedad de Socorros Mutuos de Obreros” que más tarde llevaría su nombre. Desde aquel espacio de sociabilidad e identidad de los grupos subalternos, comenzó todo un trabajo basado en la asociatividad y la ayuda mutua, transformándose en uno de los padres fundadores del mutualismo chileno.
Desde el punto de vista político y como militante radical, agrega, se desempeñó como regidor penquista entre los años 1879-1891, espacio desde el cual impulsó y contribuyó al mejoramiento de la ciudad, a través de obras de embellecimiento y baños públicos en la plaza. Pero su inquietud y praxis social no se agotó en aquellas instancias. Poseedor de un espíritu inquisitivo, ingresó a la Masonería en la Logia “Tolerancia” Nº 12 y una vez instalado aquí, en 1883 participó en la fundación de la Logia “Paz y Concordia” Nº 13 de Concepción, llegando a ocupar el máximo cargo, Venerable Maestro. Como una forma de reconocer su trayectoria masónica, en la actualidad existe una Logia en San Pedro de la Paz que lleva su nombre, se trata de la Respetable Logia Lorenzo Arenas Olivos Nº 197.
Son innumerables las instancias de carácter social y comunitaria en las cuales contribuyó, tanto en su calidad de fundador, benefactor, como formando parte de la directiva o grupo constitutivo. Al respecto, se pueden mencionar: Sociedad de Socorros Mutuos de Sastres, Sociedad Protectora de Estudiantes Pobres, Sociedad de la Ilustración de la Mujer, Sociedad Protectora Mutualista de Sastres, fundador (junto a otros) del Liceo de Niñas, fundador de la Asamblea Radical de Concepción.
Lo anterior “nos lleva a señalar que en la persona y accionar de Lorenzo Arenas encontramos un denominador común, la presencia de un hombre de acción, de un actor social, entendido como aquel sujeto histórico que tiene conciencia de sí mismo, con una clara vocación e inspiración humana de transformar y mejorar su vida, la de sus semejantes, pero especialmente la de los más necesitados”, precisa el profesor Monsálvez.

O’Higgins 680, 4° piso, Oficina 401, Concepción, Región del Biobío, Chile.
Teléfono: (41) 2861577.

SÍGUENOS EN NUESTRAS REDES SOCIALES