Rufino Bernedo Zorzano: ¡Grande Petizo!

Por tres décadas fue el mejor basquetbolista de Chile y por 10 años capitán de la Selección Nacional, con la que llegó a dos mundiales. Tal fue su actuación que los periodistas de todo el orbe lo denominaron “el mejor alero del mundo”.

Así fue la vida deportiva de “el Rufo”, un pequeño, rápido, hábil y escurridizo jugador, que protagonizó la mejor época del básquetbol chileno.

Este mes se cumple un año desde el fallecimiento de uno de los basquetbolistas más destacados de la historia deportiva de Chile: Rufino Bernedo Zorzano, más conocido como “el petizo” o “Rufo Bernedo”, un verdadero crack que jugó profesionalmente durante 3 décadas y que por 10 años capitaneó la selección nacional. A pesar de su baja estatura -un metro y 68 centímetros- fue catalogado en los `50 como uno de los mejores aleros del mundo, pues a nadie dejaba indiferente con su espectacular dribling y su capacidad de encestar que promediaba los 20 puntos por partido.

Era oriundo de Freire, pero fue en Temuco donde destacó desde niño en las competencias estudiantiles como un “grande” del básquetbol. A pesar de sus méritos, el comienzo de su carrera no fue fácil. El periodista y escritor Julio Contreras, autor del libro: “Rufino Bernedo, uno en un millón”, cuenta que los cazatalentos de la época desconfiaban de las capacidades deportivas de “el Rufo”. “Decían que era muy bajo y de contextura débil, sobre todo para las acciones que caracterizaban un torneo mundial, pero se equivocaron medio a medio en sus juicios”, relata en las páginas de su libro.

¡Vamos mosquito!

Dos campeonatos mundiales hicieron conocido el nombre de Rufino Bernedo en todo el orbe. El primero, en 1950, fue el Mundial de Básquetbol jugado en Argentina, donde “el Rufo” deslumbró por su agilidad, rapidez y habilidad a pesar de ser siempre el más pequeño del rectángulo.

En 1945 había ingresado a la Universidad Católica en Santiago a estudiar Agronomía y paralelamente comenzó a jugar por el equipo de básquetbol de la UC. Quienes lo conocieron recuerdan que sus habilidades innatas para este deporte se perfeccionaron con la llegada del técnico norteamericano Kenneth Davinson, a quien los cruzados contrataron para “pulir” a los jugadores. La técnica de Davinson catapultó a Bernedo hasta la selección nacional, donde rápidamente se ganó la jineta de capitán del equipo que integraba junto a Exequiel Figueroa, Víctor Mahana y Eduardo Cordero, entre otros.

“En el primer partido de ese mundial en Argentina, el básquetbol chileno confirmó sus pantalones largos en el Luna Park. Los cronistas trasandinos destacaron la armonía y velocidad de los chilenos, quienes mantuvieron en jaque a su rival”, recuerda Julio Contreras.

Finalmente la selección nacional obtuvo la medalla de bronce en Argentina ´50, con lo que se instaló como una de las más importantes del mundo. Contreras rememora que además de la satisfacción de subir al podium de los galardonados, “lo más impactante para Bernedo fue escuchar como los cientos de asistentes a los partidos de la selección chilena le gritaban ¡vamos mosquito! ¡dale chilenito, dale mosquito! ¡grande petizo!

Pan a los gringos

La sencillez de Rufino Bernedo siempre fue destacada por sus pares. Decían que no lo deslumbraban los halagos y que a pesar de su éxito deportivo siempre mantenía su cordialidad y afabilidad con la gente.

Cuando se conoció la noticia de su fallecimiento, en febrero del año pasado, el periodista Julio Martínez dedicó su comentario deportivo a “el Rufo”, donde relató una anécdota que confirma la simplicidad con la que Bernedo se tomaba la vida. “En la noche inaugural de los Juegos Olimpicos de Helsinki, Finlandia, en 1952, donde la selección realizó nuevamente una hazaña al obtener un quinto lugar, Rufino tenía que desfilar como capitán de los chilenos, pero sólo andaba con zapatillas, así es que tuve que prestarle mis zapatos para que se pudiera presentar”, recordó Martínez aquella vez.

En 1959 Bernedo junto a su equipo entregó una nueva alegría al país en el Mundial de Básquetbol que organizó Chile en 1959, en el que se alcanzaron el segundo lugar.

“A este mundial Rufino llegó como un crack y descolló en el rectángulo ante potentes rivales como los norteamericanos. En los pasillos de prensa se comentaba que en ese momento Bernedo era el mejor alero del mundo”, sentencia Julio Contreras. “Bernedo vendió pan a los gringos”, titularon los medios nacionales de la época.

La partida de un grande

Luego del Mundial de Chile en 1959, Rufino Bernedo se retiró del básquetbol profesional y regresó a Temuco para dedicarse a la agronomía. En esa ciudad formó junto a otros deportistas retirados el equipo de los “Saetas Verdes”, donde también cosechó triunfos en la Asociación de Básquetbol local.

Su esposa Marta Kunz, recalca que para él estos triunfos eran tan importantes como los obtenidos en los mundiales. “Rufino era una persona muy reservada, quería mucho su lugar de nacimiento, por eso apreciaba los esfuerzos que hacían por él, como cuando lo nombraron hijo ilustre de Freire, su ciudad natal”.

Sus nietos Jaime y Eliana no fueron testigos de los éxitos de su abuelo, pero hoy sí son receptores del inmenso cariño con el que los temuquenses recuerdan a Rufino.

“Es un tremendo orgullo que una de las estrellas de mi deporte favorito sea mi abuelo. Aunque nunca hizo alarde de sus logros. Para nosotros siempre fue el abuelo bondadoso y cariñoso, pero del basquetbolista en la familia hablábamos poco”, sostiene Jaime.

El 3 de febrero del año pasado, Rufino Bernedo murió cuando le faltaban algunos meses para cumplir los 80 años, cuando su corazón, el mismo que le permitió obtener varias medallas para su país, decidió que ya le tocaba la hora de la partida.

Texto: Gonzalo Rosas.

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