San valentín y las odas al amor

col-mablanco2María Angélica Blanco

El 14 de febrero, día de San Valentín, me sorprendió estando de vacaciones en ese oasis de paz que es Coliumo. En la playa, los vendedores ambulantes hicieron su agosto vendiendo helados y globos rojos en forma de corazón a la gran cantidad de parejas que eligió la arena tibia y el azul del mar para expresarse su amor. Vi un verdadero festín de besos y de miradas embobadas sumidas en el encantamiento, en especial, entre jóvenes que sin inhibiciones se besaban una y otra vez, evidenciando la exaltación de sentirse enamorados.
Desde tiempos inmemoriales, músicos, compositores, escritores y poetas han volcado su fecundidad creativa en loas al amor, esa suerte de fascinación que Platón describió  como “delirio divino”. Cuando nos enamoramos, ingresamos a una especie de esfera mágica y encantada. No queremos estar ni un segundo lejos del ser amado. Si nos alejamos un tiempo de la persona que nos quita el sueño, sufrimos lo que el poeta inglés Chesterton llama “pesadillas de deleite” y evocamos con placer infinito cada detalle del rostro del otro, las huellas de su mirada y el eco de sus palabras que nos acarician el oído con delicados sonidos.
Tal vez no existe otro sentimiento tan bello e invasivo como la ráfaga fresca del primer amor. Quizás allí radica el porqué tantos clásicos inmortales se han inspirado en la pasión que alborota los sentidos y nubla la razón. ¿Cómo no sucumbir ante los versos de Shakespeare al leer la historia de Romeo y la jovencísima Julieta, cuyas familias se detestaban con una intensidad tal que hacía impensable la posibilidad de que ambos se enamoraran?
La tragedia shakesperiana nos revela una verdad irrebatible. Nada puede detener el amor. Es más devastador que el fuego, más avasallador que un ejército, más poderoso que monarca alguno. Romeo enloquece por Julieta, la hija del mayor enemigo de su padre.
En plena noche, después de una fiesta en que la divisa por primera vez y se deslumbra ante su hermosura, trepa por una enredadera para llegar hasta su balcón. Al verla detrás  de la ventana de su habitación, exclama: “¿Quién ilumina aquella ventana en las tinieblas? ¡Es Julieta, es el sol en el Oriente! ¡Surge, espléndido sol, y con tus rayos mata a la luna, enferma y envidiosa! ¡Es ella! ¡Es  Julieta, es la que amo!”.
La tradición judía atribuye al rey Salomón, célebre por su sabiduría y su sentido de justicia, uno de los libros más excelsos y exquisitos de todos los tiempos: el Cantar de los Cantares.
Salomón escribe: “¡Qué hermosa eres, amada mía, qué hermosa eres! Son palomas tus ojos, los que contemplo a través de tu velo. Cintillo de grana son tus labios y tu hablar es suave. Son tus mejillas mitades de granada. Tus dos pechos, mellizos de gacela que triscan entre azucenas. Miel virgen destilan  tus labios, amada mía, leche y miel bañan tu lengua y es el olor de tus vestidos el perfume del incienso”.
De los versos del Cantar de los Cantares fluye sensualidad y encanto. Pero hay quienes, en la época en que fue escrito, lo censuraron por considerarlo transgresor.  Salomón, en un gesto de audacia, pone en boca de su amada palabras que en aquellos tiempos eran prohibidas y escandalosas si quien las pronunciaba era una mujer. Así, ella responde a sus afectos: “Mi amado es fresco y oloroso, se distingue entre millares de hombres. Su garganta es toda suavidad, todo en él me satisface. Mi amado pone la mano en el agujero de la llave de mis aposentos. Mis entrañas se estremecen. Mi alma desfallece al oírle”.
Menos erótico es Dante, quien se inspiró en la musa de sus sueños, la casi adolescente Beatriz Portinari, para dar a luz La Divina Comedia. Para algunos autores, como Borges, esta obra es superior a cualquier otra, pues roza el plano metafísico.
“¿Acaso el amor no es vivir en el empíreo, el décimo cielo que creó Dante para Beatriz, ese cielo que no es cielo terrenal ni atemporal, sino eterno, hecho sólo de luz?”, se pregunta. Mi respuesta es un sí rotundo. Hay que vivir muerto de amor o, simplemente, irse de este planeta.

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