Se apagó con los “toque de queda” La inolvidable bohemia penquista

En la década de los 50 y hasta los ’70 la ciudad brillaba con sus fiestas de la primavera, carnavales, obras de teatro, conciertos y emblemáticos locales y picadas que animaban la vida nocturna de Concepción. La cultura, la política, la música y los temas sociales eran el centro de las prolongadas jornadas en torno a una buena botella de vino, donde se podía compartir sin ningún problema con Pablo Neruda, Violeta Parra, los hermanos Duvauchelle y los intelectuales más destacadas de la época como Gonzalo Rojas. A fin de cuentas, hombres de letras y de negocios, jueces y artistas terminaban convergiendo en el más mítico de todos los lugares penquistas: la Tía Olga. ¿Quién no pisó la casa de esta mujer y leyenda que llegó a ser?


La bohemia y la vida nocturna de Concepción tuvo su etapa de esplendor en la década de los 50 y hasta la del 70, la que siempre estuvo muy ligada a la intelectualidad y la cultura que tuvo como cuna a la Universidad de Concepción, hasta que sobrevino el golpe militar . Y junto con los “toque de queda” risas y conversas de amanecida se fueron extinguiendo. Pero aún está en la memoria de muchos los carnavales de Navidad y las fiestas de primavera que revolucionaban a la ciudad con sus carros alegóricos, festivales, conciertos y recepciones a los mechones en cada Facultad.
Terminaba el período del Presidente Gabriel González Videla (1952), el poeta Pablo Neruda regresaba a Chile y el artista Gregorio de la Fuente pintaba el mural Historia de Concepción o Latidos y rutas de Concepción, como lo bautizó su autor, en la recién terminada estación de Ferrocarriles, recuerda el periodista Hugo Pérez. Y en la ciudad se producía un interesante debate político, intelectual y social que movía a la bohemia de esa época.
De día, Concepción era una tranquila ciudad como cualquier otra, pero de noche bullía en actividad con locales para todos los gustos y donde era posible encontrar a los personajes más increíbles, artistas, profesionales, comerciantes, estudiantes, políticos y trabajadores compartiendo hasta la madrugada.
Hugo Pérez cuenta que la bohemia estuvo muy ligada a la potente actividad cultural y de pensamiento fecundo de esos años con el nacimiento del Teatro Universitario (TUC), la academia de Bellas Artes, el coro Polifónico de Arturo Medina. Destaca que era la época en que asomaban con brillos propios artistas como Hermann Kock, Wilfred Junge, Gonzalo Rojas, Tole Peralta, los hermanos Duvauchelle, Brisolia Herrera, Orietta y Ángela Escámez, Nicomedes Guzmán, Daniel Belmar y Vicente Santa María.
Cuenta que la presencia de Pablo Neruda, Francisco Coloane, Pablo de Rhoka, Violeta Parra y Volodia Teitelboim eran frecuentes en Concepción. Todos ellos, luego de sus actividades, se sumaban activamente a la bohemia penquista y se les podía ver compartiendo en distintos locales, enfatiza Pérez. “Hoy se advierte una evidente desvalorización de la cultura, salvo esporádicos esfuerzos”, sentencia el periodista.
El destacado académico de la Universidad de Concepción Andrés Gallardo refleja ese período “en que la vieja universidad tenía un aire fundacional y romántico que no descartaba la bohemia del trabajo arduo. Hoy cada uno está preocupado de su carrera personal, lo que excluye lo otro”.
Hugo Pérez relata que después de las funciones del Teatro Universitario (TUC) iban a buscar a actores como los hermanos Duvauchelle, Andrés Rojas Murphy, Tennyson Ferrada y Luis Alarcón, quienes rápidamente se sacaban el maquillaje para sumarse a la bohemia nocturna.
En lo que coinciden todos quienes vivieron ese período es que acostarse antes de la madrugada “era un verdadero desperdicio” y fue para todos quienes disfrutaban de la vida nocturna una época irrepetible.

Violeta Parra en el “Don Quijote”

Por esos años el bar más distinguido estaba en el hotel City, en la esquina de Barros con Castellón, donde hoy existe una multitienda. El barman hacía gala de sus mejores cualidades preparando varios cócteles y tragos a la selecta concurrencia que llegaba a disfrutar de una tertulia con música en vivo de ambientación, principalmente jazz. Otra buena opción era el Bar Zehnder, ubicado en el hotel Ritz, a metros de la Plaza Independencia. El edificio sucumbió al 27-F.
Don Quijote brillaba con luces propias. Fue un exclusivo local donde se podían apreciar figuras como la actriz y cantante española Carmen Sevilla, el dúo Sonia y Miriam, Antonio Prieto, Lucho Gatica, los Churumbeles de España, la argentina Vitrolita y sus compatriotas Los Chalchaleros; la actriz y bailarina nacida en Estados Unidos, Yolanda Montes, conocida artísticamente como la Tongolele; los humoristas Jorge Romero, Firulete, Manolo González, Monicaco, los Cuatro Cuartos y las folcloristas Violeta Parra, Margot Loyola y los Hermanos Silva, especialmente durante Fiestas Patrias.
El debut de Violeta Parra en sus inicios, no fue muy bien recibida por el público penquista, el que la consideraba una mujer desaliñada y que “rasqueteaba” una guitarra de campo, con cuerdas de metal. Pero uno de los dueños del local era amante del campo chileno, y apreciaba su potencial artístico, tal como quedó demostrado con el tiempo.
El único que lo felicitó por este show fue el entonces rector de la Universidad de Concepción, David Stitchkin.
El amplio recinto de Don Quijote se ubicaba al fondo de la Galería Centro Español. Sus dueños eran hijos de asturianos, quienes viendo el auge que tenía Concepción en la década de los 50 con la usina Huachipato y el proceso de industrialización de la zona, abrieron el establecimiento decorado en un estilo muy español.
En el acceso había un café, una pastelería, venta de helados y rotisería. Al fondo estaba el bar y el comedor que tenía una capacidad para 500 personas. Su restaurante tenía un chef francés español que era muy famoso por la calidad de sus platos. Tanto a la hora del aperitivo como de la cena, una orquesta estable, ya que éstas últimas eran bailables.
Cuando había shows con figuras artísticas nacionales y extranjeras las jornadas se prolongaban hasta las 4 ó 5 de la madrugada, especialmente los fines de semana. A la hora del té se presentaba un show para niños con títeres y un muñeco ventrílocuo.
En aquella época, era fijo que cualquier cantante de moda -nacional como extranjero- después de actuar en los locales más exclusivos de Santiago, se presentara en el Quijote. Hoy, en el mismo lugar, existe un restaurante con el mismo nombre.
Otro local que marcó época fue el Café Palet, que atendió desde 1906 hasta 1967. Ubicado en Barros Arana, frente a la Plaza Independencia, de día funcionaba como una confitería y en la noche con un prestigioso bar y un salón de té, con música en vivo, donde se reunía la sociedad penquista.

El inolvidable Millaray

Y si se trataba de bailar y pasarlo bien, el desaparecido Club Millaray Flor de Oro, en San Pedro de la Paz, con su amplio salón de baile traía a figuras como Leo Marini y Humberto Lozán. El recinto contaba con una orquesta estable, donde se disfrutaba de inolvidables jornadas de bailes de carácter familiar y celebraciones de empresas.
Del Millaray quedará el puro recuerdo: el local fue vendido y se levantará allí un proyecto inmobiliario.
Otro de los lugares obligados era el Punto y Coma, en el camino a Bulnes, por su buena comida chilena, amplia pista de baile y estacionamientos en su interior, aunque en esa época no había muchos vehículos. Si bien todavía funciona ya no tiene el esplendor de sus mejores años.
Y para quienes eran adolescentes y dado que no existían locales para su edad -como ocurre actualmente con los pub y discotecas- especialmente en la década de los 60 y 70, la alternativa eran las fiestas en casa, los afamados “malones”. Grupos de amigos y amigas se juntaban para bailar y compartir y cada asistente aportaba algo, desde los discos hasta refrescos y comida. No obstante, muchos papás siempre tenían sus reservas para asegurar “el éxito de la fiesta”, la que, además, siempre era “discretamente” vigilada por los dueños de casa para que a nadie se le pasara la mano con “el ponchecito”.
Para los jóvenes de aquella época era un ritual también pasear los sábados por avenida O’Higgins, frente al desaparecido local de Astoria, en lo que se llamaba “el lolódromo”. Era una muy buena oportunidad para “pinchar” o relacionarse con amigos, lo que terminaba después en compromisos para organizar fiestas o ir a algún local de moda.

Bares y picadas populares

Para los gustos más populares y bohemios habían muchos locales y picadas que ofrecían una variada gastronomía de platos típicos chilenos: caldo de cabeza, liebres escabechadas, cazuelas, cocimientos, longanizas con papas “paradas”, pescado frito, mariscos y un buen ajiaco, a precios muy razonables.
En las mesas todo el mundo se mezclaba y compartía animadamente, sin ninguna discriminación social, recuerdan quienes vivieron esas “democráticas y apasionantes” jornadas de la bohemia penquista.
El profesor de historia Carlos Galaz señala que la bohemia se hacía en los bares tradicionales que existían en el casco central de un Concepción muy tranquilo. La gran mayoría de quienes concurrían estaban vinculados a la Universidad de Concepción y la temática abordada era política, cultura y sociedad.
“Uno se encontraba con actores, políticos, docentes, artistas, trabajadores y profesionales. En torno a un vaso de vino, uno se podía cultivar más. Todo el mundo tenía algo que compartir en arte, música, historia y pintura. Cuando joven, era muy gratificante conocer personas de ese nivel con las cuáles uno podía conversar como si nos hubiéramos conocido toda una vida”, enfatiza.

Identidad perdida

Galaz precisa que como Concepción antes era más chico, “la gente conocía los personajes importantes que hacían muchas cosas por la zona. La ciudad no es ni la sombra de lo que fue en esos años y no encuentra nada que la identifique, fuera del Campanil de la Universidad. Hemos perdido mucha identidad y a todos esos personajes que tanto nos hicieron brillar en todo Chile”.
Los amantes de la vida nocturna y la bohemia señalan como locales emblemáticos los restoranes El Castillo, en Orompello casi al llegar a Freire. Era ideal para terminar una jornada nocturna con reponedoras cazuelas a las 5 ó 6 de la madrugada, donde era posible encontrarse con el compositor y payador Críspulo Gándara. Otras opciones eran los restoranes Bilbao, el Patas Largas en Pedro del Río; La Quinta Agrícola, el Palermo, Las Palmas y el Metropol, el Richmond y el Luncheonette, uno de los pocos que todavía se mantiene en su nueva ubicación de Colo Colo 672, pero ya no con el carácter que tenía antes.

El tradicional Nuria

Uno de los pocos establecimientos que logró sobrevivir hasta la década de los 90 fue el tradicional restaurante y fuente de soda Nuria, fundado en la década del 50 por la familia Marzano y ubicado a 30 metros de la Plaza Independencia, el que funcionaba durante las 24 horas del día. Fue por muchos años el centro del debate político, de las tertulias culturales, romances y un lugar favorito de los universitarios, especialmente durante la dictadura militar. Era visita obligada de muchas personalidades nacionales y hasta el ex Presidente Salvador Allende disfrutó allí del apreciado plato “Nuria”.
El director de la Biblioteca Municipal de Concepción e historiador Alejandro Mihovilovich Gratz relata que, como a la una de madrugada, llegaban los periodistas de los distintos medios locales con la edición bajo el brazo del diario ya impreso “aún con olor a tinta”. Su presencia daba paso, junto a una botella de vino, a una enriquecedora tertulia, donde se hablaba del acontecer político, social, cultural y deportivo. A las prolongadas conversaciones se sumaban también una serie de personajes de la vida intelectual de Concepción que eran habitúes nocturnos del local.

Debate con ideas

Alejandro Mihovilovich enfatiza que se podía ser de distinto partido político o credo religiosos, pero no había “ninguna conflagración a puñetes o golpes”, sino que era un debate con ideas y con fundamentos doctrinarios. No obstante, reconoce que por la polarización política que comenzó a vivir el país, a fines de la década de los 60, ese tipo de debate fue adquiriendo un carácter confrontacional. Agrega que lo poco que quedaba de esa bohemia intelectual terminó definitivamente con el golpe militar de 1973 y el toque de queda.

La leyenda de la Tía Olga

Pero la vilipendiada “sordidez prostibularia de las calles Orompello y Ongolmo y sus guaridas oscuras”- especialmente por las mujeres de haute societé- era un punto obligado para los penquistas y quienes visitaban la ciudad. En esas arterias se concentraba más de una decenas de burdeles. Pero, sin duda, la mayor atracción y un verdadero ícono de la vida nocturna era el local de la mítica tía Olga Valdivia Torres, nacida el 28 de agosto de 1924 y quien falleciera justo en el año del Bicentenario, a los 87 años.
El inmueble ubicado en Ongolmo 1153, siempre lució su tradicional portón de acceso metálico de color rojo. En las instalaciones de 1.100 m2 había 24 habitaciones; un amplio salón de baile y un reservado para los personajes. Hoy está a la venta por un monto de 312 millones de pesos y todo indica que su destino futuro sería un proyecto inmobiliario.
Abierto desde el año 1947, era considerado uno de los burdeles más celebres del país. Más que un prostíbulo era para muchos una especie de club social de encuentro de artistas, políticos, miembros del poder judicial, parlamentarios, deportistas, académicos, decanos, empresarios y los más importantes personajes que pasaban por la ciudad. Un connotado asiduo del local sentencia: “hipócritas son aquellos penquistas que dicen que nunca estuvieron allí”.
El apodo de Tía Olga se lo ganó porque presentaba a sus atractivas mujeres o chiquillas como sus “sobrinas”, siempre acicaladas y vestidas con trajes de fiesta para recibir a los clientes.
Más allá de las millonarias donaciones que hacia la tía Olga para la campaña de la Teletón, que eran noticia nacional o el
había en el interior de su recinto una serie de códigos de privacidad y rigurosidad que se respetaban con celo.
Las bellas mujeres asiladas, algunas de ellas estudiantes universitarias e incluso se hablaba de jóvenes procedentes de familias de sociedad, no podían acercarse a las mesas si un cliente no se los solicitaba. Lo claro es que la gran mayoría que iba lo hacía con la intención de prolongar la bohemia nocturna y otros a divertirse y tener una aventura sexual.

Belleza en mural

Un testimonio permanente de la belleza de las mujeres que pasaron en sus 30 años de funcionamiento lo protagonizó Alicia Cuevas Cuevas, quien impactó al muralista mexicano Jorge González Camarena. El artista no sólo se cautivó con su belleza en una visita a la tía 0lga, sino que también la convenció para que posara desnuda inmortalizándola en el mural de la Casa de Arte de la Universidad de Concepción. La mujer, que tiene ahora 72 años, reside en la comuna de Yungay, en la provincia de Ñuble.
La periodista Mónica Silva Andrade reconoce que tenía muchas aprensiones sobre visitar el local de la Tía Olga, “porque desde pequeña escuché que existían las “casas de vida alegre”, lo que me llamaba mucho la atención porque pensaba cómo serían las casas de vida triste. En mi mentalidad de niña y joven provinciana prevalecían estereotipos relacionados con la prostitución”, dice.
Varios años más tarde, ya adulta, la invitación de sus compañeros de trabajo del diario El Sur le generaba curiosidad, preocupación y una sensación de estar ad portas de algo oscuro, prohibido, cuando no clandestino: visitar la casa de la tía Olga, la famosa dueña del burdel más prestigiado de la ciudad.
Confiesa que la invitación, tras una noche de bohemia, era un reto, un desafío “: ¿Servíamos las mujeres para ejercer el periodismo?, ¿éramos capaces de llegar a cualquier lugar?”.
Cuenta que la redacción de El Sur de los 80 estaba conformada por tres mujeres y unos veinte hombres. “Sin darnos cuenta estábamos en la avanzada de lo que con el correr de las décadas pasaría a ser exactamente al revés, la primacía absoluta de las mujeres en el ejercicio del periodismo”.
Describe que el salón principal era confortable y gente diferente departía con las muchachas de la casa; y con la tía Olga como una anfitriona, una señora bien vestida, mejor peinada y de buena conversación acostumbrada al trato con todo tipo de personas. Agrega que la concurrencia de esa noche compartía, reía y bebía. Y como sucedía habitualmente con sus colegas varones, en la oportunidad fueron bien recibidos.
“No percibí ni noté entonces intrigas, pasiones soterradas, sexo prohibido, orgías, algarabía carnal, ni nada por el estilo, aunque a lo largo de su historia debió haberlos, por supuesto. Tampoco correspondía al estereotipo que me había entregado la literatura y el tango, esa música que yo adoro: no eran las malevas “minas fieles de gran corazón”; no eran los burdeles de “Frontera” de Luis Durand; ni aquel mísero prostíbulo de la Región del Maule que José Donoso describe en “Un lugar sin límites”, relata Mónica Silva.
Admite que en sus años de periodista ha entrevistado a centenares de personajes ligados de alguna manera a Concepción, ”y son pocos los que, en algún instante, no hayan recordado aquel mítico lugar que fue la casa de la tía Olga, esa casa de vida alegre donde adentro –seguro- se desarrollaron también algunas historias tristes”.

La gran salvada

Y las anécdotas abundan. Un destacado periodista penquista tenía que entrevistar a ejecutivos bancarios norteamericanos que estaban vinculados al proyecto de Huachipato, en la década de los 50. Les hizo la guardia todo el día en el hotel donde pernoctaban, pero nunca regresaron. Derrotado le comunicó a su editor que estaba dispuesto a asumir la medida que correspondiera. Para pasar su amargura, se fue donde la tía Olga a tomarse un trago. Grande fue su sorpresa cuando se encontró allí con todos ellos, quienes habían estado todo el día en burdel. No sólo los entrevistó, sino que llamó para que pararan la prensa y salió con la información a ocho columnas en portada “golpeando” al periódico de la competencia.
Hasta el día de hoy disfruta su acierto periodístico.

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