Seres que no caminan, vuelan

Recientemente falleció una querida amiga, Anita María Pasalaccqua. No me cabe duda que ella fue un ser de luz. Conocí a la Anita cuando ambas éramos muy jóvenes, casadas, y con niños pequeños. Recuerdo que llegué hasta su casa, en ese entonces empinada en la calle Nonguén, a hacerle un reportaje en su calidad de cosmetóloga. Una nana antigua, después lo supe por Anita puesto que llevaba años trabajando para la familia, me hizo pasar al living. Muy atenta, me ofreció un café .Yo nunca había visto a la Anita. Ni siquiera imaginaba cómo era. Recuerdo que se abrió una puerta y entró a ese salón donde yo la aguardaba, una mujer muy linda, de largo cabello color castaño, ojos vivaces y sonrisa radiante. Esa mujer guapísima usaba un par de muletas. Nadie me advirtió que siendo chiquita había sufrido poliomielitis. Yo no pregunté nada acerca de aquello y ella tampoco se refirió ni remotamente al tema. Es que en Anita, para quienes tuvimos el privilegio de que nos mostrara su alma, las muletas pasaban a ser irrelevantes. Más bien, estoy convencida que fueron sus alas para deslizarse por la vida como un ángel.
Era una mujer de férrea voluntad, nada le parecía inalcanzable. Era alegre, poseía alegría que brota desde adentro como un manantial, generosa, optimista, cálida. La Anita sabía cobijar. Si yo le confesaba alguna pena, quizás alguna pequeña herida cotidiana, sus ojos se llenaban de lágrimas y me reconfortaba diciendo, ese dolor va a pasar, va a pasar, mientras tanto, apóyate en mí. Llámame a cualquier hora, aunque sea de noche y ven a verme cuando quieras.
Nunca la escuché quejarse de sus secuelas de la polio. La Anita no se quejaba, agradecía. Algunos meses atrás, me decía mientras su rostro se iluminaba: ”¿Sabes María Angélica? Todos los días le agradezco a Dios por mis manos, por la bendición que significa que estén sanas. Con ellas trabajo en lo que me fascina, en el rostro de mis amigas y de mucha gente que se atiende conmigo”. Nada la hacía más feliz que regalar cariño. Tengo como recuerdo material, un envase de esas exquisitas cremas con colágeno que ella misma preparaba y que me regaló. Le comenté en una ocasión que la estaba usando y que mi piel se veía más fresca y lozana. Sus ojos se encendieron destellando lucecitas ¡Qué lindo que me confíes eso, me encanta que mis amigas aprecien lo que puedo hacer con estas manos!
Si alguien piensa que la Anita se enclaustraba en su casa, está equivocado. Anita no tenía límites. Nunca se los puso. Una vez le pregunté si los estragos que la polio había dejado en sus piernas la hacía maldecir esa enfermedad y si se preguntaba ¿Por qué a mí? Me contestó con firmeza: ”Nunca, jamás. Sé que los caminos que recorro son más duros que para otras personas, pero ello no significa que no pueda llegar hasta donde me lo proponga. No puedo correr, pero puedo nadar, practico natación desde niña. No puedo correr, pero puedo volar con mi imaginación. Siempre me proyecto para ser feliz. Estoy consciente de que tengo mutiladas mis piernas. Pero hay personas que tienen mutilada el alma. Y eso es infinitamente peor”.
Qué gran lección nos dejó la Anita. Amaba a su familia. Adoraba a sus dos hijos, Anita y Nicolás. Alguna vez le vi rodar un lagrimón por su rostro. Cuando hablaba de Nicolás, arquitecto, quien hacía algunos años vivía en Barcelona.”Pero mira que tonta soy, se disculpaba mientras secaba sus lágrimas y volvía a sonreír. De verdad estoy dichosa por él, porque está muy bien y está feliz. En vez de llorar, doy gracias por todo el amor que recibo”. Se deslizó por este mundo como una mariposa resbalando por un hilo de luz. Anita nos dejó una tarea y debemos cumplirla quienes la conocimos y la quisimos. Dejemos de lado las muletas imaginarias que cargamos. Tratemos de seguir su huella, aún cuando es difícil porque luchó contra la adversidad sin perder la sonrisa. No caminemos, volemos alto como ella lo hizo.

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