“Slumdog Millionarie”

Danny Boyle es un director que me agrada, aunque sigue cayendo en el error de muchos: se esmera más en la forma que en el contenido. Lo que no es extraño en los actuales tiempos, de ritmos dominados por los efectos digitales y esquemas poco originales dictados por las majors hollywoodenses. Sin embargo, Boyle sobresale de la mediocridad general por una característica innegable: es técnicamente un buen narrador. Tiene buen ritmo, una interesante fotografía, maestro en el montaje, pero para ser un director completo, aún le falta fondo en lo que desea contar.
Curiosamente, muchas de sus primeras películas -aquellas de la era más independiente- estaban más cerca de lograr este objetivo, como “Tumba abierta” y Trainspotting (1996), cuya filosofía lisérgica y de antítesis al funcionalismo yuppie ochentero le valieron el legítimo derecho a ser considerada el símbolo musical y visual de los noventa. A esas alturas, Boyle (que comenzó dirigiendo series televisivas para la BBC) ya era un premiado y ascendente director europeo. Lo curioso es que desde entonces su camino siguió una travesía más bien irregular, si consideramos éxitos como “Exterminio” (2002) o casos más discretamente interesantes como “Sunshine” (2007).
Entrando al 2009, la carrera de Boyle tomó un giro tan sorprendente como la trama de sus primeras películas ¿La razón? Después de once nominaciones, “Slumdog Millionarie”, su última película, alcanzó ocho premios Oscar, incluyendo Mejor Película, Mejor Director, Mejor Guión Original y Mejor Montaje, entre otros ¿tan buena es? Personalmente, creo que no.
La historia es así: Jamal Halik (Dev Patel), es un joven hindú huérfano y de origen marginal que decide presentarse al concurso-franquicia: “¿Quién quiere ser millonario?”. Ante el asombro de todos, comienza a responder de forma correcta todas y cada una de las preguntas, hasta alcanzar una final apoteósica: si acierta una vez más, será el primer y único ganador en ese país de 20 millones de rupias. Desafortunadamente, el malvado conductor del programa lo acusa de fraude y lo manda a ser interrogado por la policía. Bajo tortura física y psicológica, Jamal deberá explicar por qué conocía las respuestas, iniciando un flash back que mostrará las motivaciones y urgencias de su vida: su origen marginal y su necesidad de escapar de él, y por otro, la necesidad de recuperar a Latika (la bella Freida Pinto), a quien conoce desde su niñez y que se mantiene como el único amor de su vida.
Las primeras secuencias de “Slumdog Millonaire” son prometedoras y sorprendentes. Boyle (basado en una adaptación de la novela “¿Quién quiere ser millonario?”, de Vikas Swarup) logra de forma maestra y pulida entregarnos un relato de ritmo imparable, que navega entre la conmoción, la ternura y escenas divertidas. Es un fresco plasmado de referencias familiares; así, la primera escena parece sacada de “Ciudad de Dios”, y la historia infantil de Jamal, una adaptación hindú de Oliver Twist, que reemplaza los callejones londinenses por las barriadas pobres de Bombay.
Pero al rato, la historia de los tres niños mosqueteros (Jamal, su hermano Salim y Latika) comienza un vertiginoso juego que le hace decaer su rumbo ¿Por qué? Porque el cine que juega a mezclar cine comercial con cine “de contenido social”, a menos que entregue profundidad real en lo segundo, arriesga una peligrosa falsedad. Y la propuesta de Boyle, si bien no llega a tanto, deja en evidente desnudo algunos de sus ripios. Abarca mucho y concreta muy poco, mediante una peligrosa reiteración de lugares comunes: la crítica a la religión como un ente infinito de violencia y discordia; la corrupción que genera la codicia; un héroe noble, inocente, y, por supuesto, el mensaje de que “la respuesta está en la vida”, entre otros. Por otro lado, el carácter del film navega con extrema facilidad entre una trama casi naif y ligera, a episodios de la realidad más cruel y chocante, incluida la prostitución y mutilación infantil. Por su parte, la fotografía y las tomas -al principio cautivantes- terminan -con su paleta abundante en colores- por ofrecernos un clise y pastiche del exotismo hindú.
Cuesta juzgar con naturalidad a “Slumdog Millionaire”, pues sus virtudes terminan transformándose en sus defectos, sobre todo con su ritmo final: alarga el recurso hasta más de la cuenta, cayendo en la sensiblería facilona del reallity show, ofreciéndonos un final casi telesérico. La moral o mensaje de Slumdog Millionaire simplemente termina sonando a pop globalizado.  Con todo, la película es una muestra y aviso de la explosión -tras China- en ciernes de la cultura hindú, y de un Bollywood ultra accidentalizado que se nos viene. Respecto a sus “mensajes”, tipo Todo está escrito, me quedo con uno implícito a lo largo del metraje: el más sabio no es quien más conocimientos o letrado esté, sino quien más ha vivido. Buena, bonita y políticamente correcta para los Oscar,  “Slumdog Millionaire” es de todas formas recomendable. Pero no más.

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