Solidaridad: La otra seguridad

He dedicado largo tiempo de mi vida académica, científica y profesional al estudio de la solidaridad y, otro tanto, a la seguridad. El caso es que sin lugar a dudas ambas se entrecruzan, necesitan y suponen. Así, en el Chile Eleccionario 2009 en que vivimos, la denominada Agenda Social es aplaudida por todos. La propia autoridad presidencial de consuno con el reconocido hacer del ministro de Hacienda se ha permitido sumar puntos a su favor, tanto de la opinión pública como de la opinión publicada. En glosa de Rodeo: ¡cuatro puntos buenos!
Solidaridad en evolución que hallara su cuna en la sociedad occidental con la caridad cristiana y filantropía, para luego ir por la senda de la asistencialidad, a partir de los primeros maestrazgos y veedurías, hasta la consabida asistencia social y pública. Vendría el hito del genial Plan Beveridge, en Inglaterra, con el establecimiento de un régimen solidario en favor del ciudadano. A continuación, la previsión y la prevención hermanan a la vieja Europa con la joven Norteamérica en torno a la idea del “Riesgo”, llegando a comprenderlo operativamente como “Todo acontecimiento futuro e incierto que no depende de la voluntad del ciudadano (asegurado)”. En el caso, riesgos de vejez, viudez, invalidez parcial o total, orfandad, y más, y más.
Cualquiera de nosotros en el trance de enfrentar alguno o algunos de estos riesgos vitales, siente de inmediato aquel estado deprivado, carencial o deficitario, revelador sin preámbulos de la frágil calidad del ser humano. Puestos en situación escuchamos sutilmente las frases de Ortega y Gasset respecto del hombre, aludiéndole como: “ese menesteroso del ser”, “ese eterno peregrino que es el hombre”, “a la vera de las circunstancias, gritando en favor de la solidaridad”.
En nuestro hábitat ya es invierno. Estamos atrapados entre sucesivas olas de frío polar y lluvias por doquier provocadoras de cuantiosos daños y estragos múltiples, en medio de una ausente política de salud que no ofrece de manera alguna cobertura al mentado riesgo. Por eso es que el país necesita de la virtuosa solidaridad humana. Puesta en acción, ella genera indeleble seguridad venciendo pandemias y epidemias. Como el amor, es más fuerte.
La solidaridad no tiene parangón como primera fuerza de seguridad societal. Paradojalmente no se encuentra en ningún código legal de orden coactivo, sino que tiene su bienhabido domicilio en la propia sociedad humana. Por estas horas las seguridades estadísticamente presentes en esa sociedad, por desgracia, las identificamos como “la seguridad del derecho y la seguridad por medio del derecho”. La primera de ellas dice relación con el funcionamiento del derecho según la ciudadanía. La segunda es aquella que nos brinda el mundo jurídico a través de sus normas y preceptos, artículos, leyes, procedimientos, con el fin de no ser asaltados transformándonos en víctimas de cualquier simple delito, crimen o similar.
Bajo la línea de fracción, su genuino común denominador reposa en la voluntad inextricable de la naturaleza humana, esa imposible de predecir y que, sin embargo, de pronto, a veces, cuando se encuentra preñada de solidaridad nos regala de cuando en cuando una modesta, humilde, pero sublime nota de felicidad. No es casualidad que todas las Declaraciones de Derechos Humanos, en sus prefacios, eslabonen como regla de oro el realismo conceptual de la solidaridad, seguridad y felicidad.

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