Soy Leyenda

Año 2012. Es una tarde tranquila en Nueva York. Demasiado tranquila. Robert Neville (Will Smith), su rifle y su perra Sam recorren las calles absolutamente abandonadas de lo que alguna vez fuera la ciudad más cosmopolita del mundo, al acecho de algún animal para cazar. Ningún ser humano se les cruza en su camino, simplemente, porque ellos y algunas dispersas criaturas salvajes son los únicos habitantes. Bueno, al menos durante el día. Una vez llegado el crepúsculo, hordas de extraños y salvajes vampiros salen de sus madrigueras y asolan la Gran Manzana, que durante la noche se transforma en una verdadera tierra de muertos vivientes. Al interior de su departamento-bunker, Neville y su fiel acompañante se abrazan intentando ignorar los terroríficos alaridos que se disparan por los callejones.
Definitivamente, Soy Leyenda parte con un comienzo prometedor. El surrealista inicio atrapa desde el primer momento a los espectadores. Las panorámicas son espectaculares, y el trabajo del sonido de ambiente -sensible a la menor hoja o basura que se mueva- hace al espectador sentir y compartir la inmensa soledad de los cazadores. Aunque en principio esta película dirigida por Francis Lawrence (Constantine, 2005) podría parecer la típica respuesta norteamericana a la notable Exterminio de Danny Boyle, lo cierto es que se trata del tercer intento por adaptar al cine el clásico de ciencia ficción del mismo nombre, escrito y publicado por Richard Matheson en 1954. Diez años después tendría su primera versión para la gran pantalla (The Last Man on Earth), protagonizada por el siempre notable Vincent Price, y su primer remake llegaría en 1971, ahora con Charlton Heston a la cabeza (que ya había incursionado exitosamente en la ciencia ficción en El planeta de los simios), con el título The omega man.
Como su libro homónimo, Soy leyenda es una película donde la entretención está garantizada, por su combinación de géneros como el terror y la ciencia ficción. El argumento principal es en general el mismo: un terrible e incurable virus se expande por el mundo, matando al 90% de la población. Por extrañas razones una minoría resulta inmune al contagio, entre ellos el brillante científico-militar Robert Neville, único sobreviviente humano en Nueva York. Durante tres solitarios años, su rutina diaria ha sido la misma: enviar un mensaje por radio para encontrar otros supervivientes, encontrar la cura y sociabilizar con maniquíes de tiendas abandonadas. Sin embargo, su tiempo se acaba, y lo sabe: los vampiros están al acecho y el cerco se estrecha cada vez.
Tal como señalara al comienzo, un argumento de este tipo puede resultar muy seductor. Lamentablemente, la apuesta de Lawrence sólo se queda en eso, pues no logra definir ni el punto ni el fondo al cual desea llegar. En todo buen metraje de ciencia ficción existe una reflexión profunda en torno a su época. Esto lo podemos hallar desde los relatos de Julio Verne, en plena época de positivismo decimonónico, a los dilemas atómicos-evolucionistas de El planeta de los simios o sobre la ética humana frente al desarrollo tecnológico en Blade Runner. Esta versión de Sin leyenda no es eso; tal vez a ratos un drama existencial, quizás a ratos es terror, pero la cazuela no logra cocerse del todo. Y ojo, Will Smith logra defenderse (notable la escena con su perrita herida). Pero esto es el Hollywood de hoy, y cuando tenemos escenas del Willie musculoso en su papel de súper héroe haciendo ejercicios, se nos viene Independence Day. De la misma forma bastante poco convence su discurso de última hora a Anna (Alice Braga) sobre la necesidad de luchar por los buenos al ritmo de Bob Marley, luego de recitar una escena entera de Shrek exhibida en su DVD. Sólo faltaba Bono y su oportuno discurso humanitario para unirse a la fiesta Coca-light. Y los vampiros… sólo son más del mismo relleno digital al que estamos acostumbrados a ver desde hace rato (de verdad me quedo con los monstruos alvinos de la versión de Heston). Una buena entretención light para el verano, pero no más. Como lo que hace rato acostumbra ofrecernos la cada vez menos creativa industria de guiones hollywoodense.
Por Nicolás Sánchez

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