Teorías conspirativas, ¿y si fuera cierto?

Patricio Ramírez Azócar, Doctor en Salud Mental Docente Facultad de Psicología UDD

En la última entrega de Borat, llamada Borat en la cuarentena estadounidense, el periodista de Kazajistán, representado por el actor inglés, Sacha Baron Cohen, pasa cinco días en una casa de dos norteamericanos que creen fielmente en teorías conspirativas: la creación en un laboratorio de Wuhan del virus que genera COVID-19, que las vacunas insertan microchips, y otros bulos de naturaleza política.

Cada vez que se hacen afirmaciones que aluden a estas ideas conspirativas, en la pantalla aparece un símbolo que permite a los espectadores identificar que lo que se está diciendo en el filme pertenece a una de ellas. Sin embargo, en la realidad, tales alertas no siempre existen.

Los determinantes de la difusión y creencia en teorías conspirativas son de diversa índole. Desde la psicología proviene una serie de estudios que permiten comprender la afinidad que tienen algunas personas por creer y comprometerse con ideas que, para quienes no las suscriben, son fruto de la desinformación, de la falta de conocimientos o de un escaso pensamiento crítico.

Un libro muy interesante, escrito por el psicólogo español, Ramón Nogueras, hace un agudo, documentado y ácido análisis de la tendencia a creer dogmáticamente en cosas como la pseudociencia, por ejemplo, llamado Por qué creemos en mierdas: Cómo nos engañamos a nosotros mismos, que es absolutamente recomendado para entender este fenómeno.

Una revisión sistemática y meta-analítica de estudios sobre la psicología de las creencias en conspiraciones, realizado por investigadores de la Universidad de Viena (2019), arrojó que no se puede establecer un perfil único de personalidad de quienes creen en esas teorías, lo que puede deberse más a la heterogeneidad de los estudios disponibles para analizar y de las escalas que emplearon, que a que no exista ese perfil común.

Recientemente, un investigador de la Universidad de Oregon (2021) encontró que los participantes que reportaban los niveles más altos de antagonismo, los más bajos de agradabilidad y con mayor tendencia a conductas explotadoras resultaron más propensos a creer en dichas ideas.

En cuanto a las creencias más frecuentes, se ha encontrado que para muchas personas es preferible creer en una mentira que enfrentar una realidad adversa. Un ejemplo es el cambio climático. La realidad adversa para ellos es que estamos experimentando cambios en nuestro medio, algunos irreversibles, que afectan de manera significativa la calidad de vida de todo el planeta. En lugar de aceptar esa información difundida por la prensa y en foros científicos, un grupo no menor prefiere pensar que el cambio climático es un invento de los medios o de grupos que se verían beneficiados por las regulaciones ambientales que pudieran imponerse.

Pero, ¿es posible influir sobre las personas que hacen propias las teorías conspirativas?

Lo primero es que no todas ellas revisten igual preocupación. No es lo mismo que una persona esté convencida de que la tierra es plana a que rehúse vacunarse porque crea en falsedades sobre las vacunas.

En segundo término, y dado que es común que las teorías conspirativas sean difundidas y comentadas en redes sociales, como Facebook, Instagram o Twitter, habitualmente se cae en el error de combatirlas en esos mismos espacios. De preferencia, no debiésemos intentar cambiar las ideas de las personas por estos canales, porque si es difícil aceptar en privado cuando se está equivocado, con menor razón podemos pensar que en un foro abierto será así, porque eso puede afectar la imagen que se quiere proyectar y la autoestima.

Adicionalmente, muchas de las teorías conspirativas cuentan con un arsenal de “pruebas” que son fácilmente utilizadas por quienes las defienden. La estrategia apropiada es contrastar esa información falsa con la evidencia que la desacredita, en lugar de desacreditar a quien la emplea. Eso cuida las relaciones y abre los canales que facilitan el cambio.

Finalmente, creer en teorías conspirativas o tener ideas negacionistas es un fenómeno que seguramente seguirá ocurriendo. De ahí que es relevante la educación, sobre todo dirigida a niños y adolescentes, dada la cada vez mayor exposición que tienen a todo tipo de información, mucha de la cual es atractiva, intensa, totalitaria, y que los puede cautivar fácilmente. Contar con un espacio de diálogo y educarlos en pensamiento crítico y científico pudiera ser clave para que puedan cuestionar la veracidad de la información que leen y escuchan.

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