Teresa Wilms Montt, transgresora crucificada

Hay que estar muy atento cuando se estrene la película “Teresa”, de la cineasta chilena Tatiana Gaviola. Se trata de la vida, pasión y muerte de Teresa Wilms Montt, poetisa y escritora nacida en Viña del Mar, a comienzos del siglo XX. Su historia es la de una musa y heroína trágica que, además, fue crucificada por la sociedad de su época.
Teresa era bella, insoportablemente bella. Exquisitamente culta, fue educada por una institutriz francesa. Asistía a óperas, era una lectora voraz en francés e inglés y escribía en ambos idiomas.
A los quince años, la bella Teresa se enamoró de Gustavo Balmaceda, de empingorotada familia, pero carente de profesión y empleado público. El padre de Teresa vetó tal matrimonio. Pero Teresa Wilms era de armas tomar. Simplemente, huyó de su mansión viñamarina y se casó con Balmaceda.
Seamos francos. Balmaceda no soportó que su mujer deslumbrara en las veladas a las que asistían, cuando un corrillo de amistades le hacía entonar arias de ópera y con su deliciosa voz, simplemente, encandilaba.
Balmaceda comenzó a agredirla físicamente. Está escrito de puño y letra en su “Diario”. Ella buscó consuelo en un primo de Balmaceda. Su marido encontró una carta de amor y allí se desató la tragedia de su vida.
Fue internada en Santiago en el Convento de la Preciosa Sangre y despojada de por vida de sus dos pequeñas hijitas. Teresa no se rindió. Desde su reclusión escapó hacia Argentina con el poeta Vicente Huidobro. La leyenda de su vida dice que eran amantes, pero no fue así. En ese entonces Huidobro estaba locamente enamorado de Ximena Amunátegui. Sencillamente, ayudó a su amiga, tan bohemia como él, a escapar del claustro.
Teresa fue tránsfuga y errante. Sobrevivía con sus escritos en revistas de poesía y arte. Vivía en pequeñas piezas de pensión. Desde Argentina abordó un barco hacia España, donde tomó contacto e hizo amistad con el círculo intelectual. Su café favorito en Madrid era el Guijón, que aún sigue vigente. Finalmente la bella errante se estableció en París.
Por esas casualidades del destino, Gustavo Balmaceda viajó hasta París con sus hijitas de nueve y diez años. La institutriz de las niñas sabía de la tragedia de Teresa y la buscó hasta encontrarla. Tuvo varios encuentros muy emotivos y patéticos con sus pequeñas hijas. No se atrevía a decirles que era su madre. Cuando las niñas se despidieron, intuyó que jamás las vería nuevamente. Cayó en una profunda depresión.
“Nada poseo, nada tengo, nada soy”, escribió en su “Diario”. Teresa, se suicidó en el esplendor de sus 28 años, en París, ingiriendo una dosis letal de láudano.
Cuando estuve en París, hace una década, deposité una rosa roja sobre su tumba en el Cementerio de Père-Lachaise.
Confieso que se me cayó más de una lágrima.

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