Thor: musculín malcriado, a la conquista de Natalie Portman

1962. En medio de una lluvia creativa, Stan Lee y Jack Kirby -guionista y dibujante de la editorial Marvel, respectivamente- intentan concebir a un nuevo integrante para su prolífica factoría de superhéroes. Inspirados en la mitología nórdica y alemana, este hijo toma nombre y forma: Thor, el dios del rayo y del trueno.
De capa, casco y largos cabellos dorados, el nuevo superhéroe marca diferencias con otras estrellas de Marvel -como Spiderman, los 4 Fantásticos, X-Men, Capitán América, Hulk- por la naturaleza de sus poderes: hijo de Odín, heredero del trono de Asgard, tiene a su cargo el martillo Mjölnir, un arma que le permite volar, controlar el clima y que, tras ser arrojada, siempre vuelve hacia él. Thor no es un hombre, es un dios, y la clara separación entre estos dos escenarios -el divino, versus el terrestre- es uno de los ejes de esta inédita adaptación al cine.
En la trama, Thor es un poderoso pero arrogante guerrero, cuyas bravatas reavivan una antigua guerra entre Asgard y la raza de los gigantes de hielo. Es castigado y enviado a la Tierra por su padre, donde deberá subsistir como un mortal más. Esta experiencia, más el combate contra oscuras fuerzas enviadas por un villano secreto, le obligan a “madurar” y a comportarse como un verdadero héroe.
Desde el comienzo, Thor se esfuerza en respetar y conservar elementos de las primeras ediciones de su cómic de 1962, como la rivalidad con su hermano Loki, o el traslado desde Asgard hacia otros mundos a través de un arcoiris llamado Bitfrost. La tecnología de efectos digitales hace su trabajo, entregando una postal del mundo de Odin que a ratos se vuelve alucinante, sobre todo en sus paneos espaciales.
Pero los problemas comienzan desde temprano en el guión, como suele suceder en este tipo de producciones, con una serie de diálogos obvios, situaciones intrascendentes, y un humor kitsh (sobre todo en las escenas de Nuevo México) que desconcertará a más de algún espectador. Algo no menor, pues delata un problema que se vuelve evidente conforme avanza el metraje ¿a quién se cuenta la historia? ¿A un fan del comic original, a un cinéfilo, a un niño o al público que asiste al cine para pasar un rato ligero?
La solución nunca termina de cuajar, pues, al parecer, tanto el director Kenneth Branagh (Frankenstein, Hamlet) como los guionistas intentan dar en el gusto a todos. A los mencionados guiños al comic -que incluyen un cameo del propio Stan Lee en una escena- están los recursos para el público general y familiar, como las escenas de acción, los efectos digitales y la versión en 3D. Para quienes esperen más, el reparto incluye a Anthony Hopkins en el rol de Odín, y Natalie Portman como una poco ortodoxa científica (que termina siendo más una calcetinera del héroe vikingo).
Thor es recomendable para el público que gusta del cine ligero y también para quienes gozan con las adaptaciones de la compañía Marvel Entertainment (comprada hace pocos meses por Disney), y que saben que esta entrega es sólo un canapé de lo que viene a fines de año: “El Primer Vengador: Capitán América”, y la reunión definitiva de la cofradía de Los Vengadores (Hulk, Ironman, Thor y el mencionado Capitán América) para 2012.

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