Tiroteo en Newtown, algo más que horas siquiátricas.

Desde distintos ángulos, expertos analizan la matanza de Newtown, en Estados Unidos, y no descartan que un hecho de esta magnitud ocurra en nuestro país, porque el germen del individualismo “nos está haciendo mucho daño como sociedad y persona”, plantea el médico siquiatra Benjamín Vicente. Deplora que en esta pugna solidaridad versus egoísmo, los problemas del otro tiendan a “siquiatrizarse”, en lo que es una mirada reduccionista de lo que verdaderamente está pasando, dice. Las esperanzas, sin embargo, de revertir la sociedad brutal en la que nos hemos convertido están entre los jóvenes que se han volcado a voluntariados como Un Techo para Chile. Aunque no tan explosivo como en tierras del Tío Sam, en nuestro país van en aumento los crímenes de jóvenes entre 15 y 24 años y por motivaciones tan fútiles como negar un cigarrillo, plantea a su vez el sicólogo forense avecindado en Italia, Rodrigo Torres Vicent.


La imagen del presidente Obama compungido durante un sentido discurso en que lamentó la muerte de “maravillosos niños de entre cinco y diez años de edad” en la escuela primaria Sandy Hook, en Newtown, Connecticut, aún sigue en la retina del mundo y entre nosotros preguntándonos con el corazón encogido:  ¿Es posible que en Chile  -y ciertamente en Concepción- pueda repetirse una tragedia como aquélla?,  ¿qué pasa por la mente de un agresor como Adam Lanza, de 24 años, para terminar a punta  de rifle con la vida de 27 personas, incluidos él y su madre Nancy, y con nuestros propios “loquillos”? Porque ¿quién podría olvidarse, por ejemplo, de las 17 jovencitas de Alto Hospicio muertas –una por una- a mano del taxista Julio Pérez Silva? El hombre lanzaba vivas a sus víctimas a pozos mineros después de ultrajarlas y es lo más cercano a la tragedia estadounidense de diciembre que aún nos tiene mudos.
La primera respuesta resultó inquietante: “Es claramente posible en la medida que sigamos profundizando el modelo individualista, competitivo, aunque lo más fácil es “siquiatrizar” lo que no entendemos como una forma mágica de resolverlo”, precisó el médico siquiatra Benjamín Vicente, director del departamento de Siquiatría y Salud Mental de la Facultad de Medicina de la Universidad de Concepción y jefe del Servicio de Siquiatría del Hospital “Guillermo Grant Benavente”.
Desde Italia, donde hoy está avecindado -y en la misma línea del facultativo- Rodrigo Torres Vicent, sicólogo forense y ex funcionario de la PDI, fue claro: “En la medida que se conjuguen los diferentes elementos aquí expuestos (cómo se verá más adelante), historias como éstas podrían ocurrir perfectamente en Chile”. De paso, por falta de presupuesto, -agregó- desde 2009  no se hacen estudios serios de prevalencia en patologías mentales que, por ejemplo, contengan la más alta tasa de suicidios de los países de la OCDE, como tenemos actualmente. “Desde los estudios de  2009 se sabe que el 17,2% de las personas mayores de 15 años  en nuestro país presentan síntomas depresivos, pero se desconoce el universo actual de sintomatología en otras patologías mentales diferente a los trastornos depresivos o afectivos”, explicó.
Por la Iglesia de Concepción, el sacerdote Luis Figueroa, Deán de la catedral metropolitana, al respecto reflexionó: “El  mundo le ha pintado al hombre que es feliz poseyendo cosas y éste pone todo su existir en el logro de cosas materiales, pero se le secó el corazón; sus sentimientos no van en la línea de proteger, ayudar, solidarizar con otros. Es el ego, el yo, que está ante todo” y desde un punto de vista jurídico, el abogado penalista Alejandro Espinoza precisó: “Si (Lanza) hubiera sido capturado, probablemente no habría respondido ante la justicia porque actuó completamente enajenado y en estado de locura completa. Ninguna sociedad está libre ni de los sicópatas ni de las personas que pierden temporalmente el juicio y cometen crímenes atroces”. El arma utilizada depende de los medios que el sujeto tenga al alcance. En Estados Unidos la prevalencia es más alta por sus 300 millones de habitantes y por la disponibilidad de armamento con altísimo poder de fuego para los ciudadanos, precisó.
Datos asociados a la masacre de Newtown revelan que  sólo en 2007, 10,2 de cada 100 mil estadounidenses fallecieron por un arma de fuego, que  hay  90 armas por cada 100 habitantes y cualquiera que disponga de US$ 500 puede adquirir una metralleta.
En Chile, en cambio, la Ley  17.798  restringe la tenencia de armas de alto poder destructivo a las Fuerzas Armadas, Carabineros, PDI, Gendarmería y Dirección de Aeronáutica Civil. De acuerdo con el registro nacional de inscripciones de armas que lleva la Dirección General de Reclutamiento y Movilización Nacional (Ministerio de Defensa), encargada de la supervisión y control de armas, explosivos, fuegos artificiales y actividades pirotécnicas además del material de uso bélico, en Chile hay 754 mil  armas inscritas. No obstante, la ONG Activa estimó en 200 mil las armas ilegales en circulación. En  el país  se registran siete detenidos diarios por ese delito y por cada uno, otras tres no son detectadas por el sistema, tomando en consideración los numerosos ilícitos cometidos con arma de fuego diariamente.
Al respecto, su directora ejecutiva, Gloria Requena, en declaraciones al canal CNN en Santiago, criticó las políticas de seguridad ciudadana del Gobierno y dijo que más bien están enfocadas “al final del ciclo delictual”, imponiendo penas restrictivas de cárcel a los portadores ilegales de armas, sin hacerse cargo de las causas estructurales, lo que suma “más presión al sistema y más violencia a quien comete violencia”. Explicó también que una solución del problema no pasa por generar mayores sanciones –a lo que erróneamente apuntan los parlamentarios con las modificaciones a  la ley de armas- sino por el diseño de políticas que impidan que niños busquen en las armas la resolución de sus problemas tras hacer presente que las protestas o movilizaciones sociales son “el debut” para muchos niños y jóvenes asociados a bandas de narcotraficantes.
“En los círculos delictuales, donde las armas son una herramienta de trabajo, nadie la va a entregar, de modo que las campañas de entrega de armas que implementa el Gobierno son un bluff, no responden a la razón fundamental de por qué tengo o para qué adquirí un arma”, precisó Gloria Requena, al impulsar una campaña con municipalidades de Santiago tendientes a reducir tasas delictuales.
Cifras de Carabineros revelan que entre 2009 y 2010 se registraron 1.072 niños muertos o lesionados por manipular un arma de fuego en Chile. En la misma línea y conforme a las estadísticas del Servicio Médico Legal, entre los años 2008 y 2010 las muertes por armas de fuego en el grupo de jóvenes entre 15 y 24 años subieron de manera constante, mientras que las muertes por agresión con arma cortante disminuyeron. “Esto -precisa Torres Vicent- es un indicador sustantivo de las vidas que están cobrando las armas de fuego en jóvenes chilenos y por motivaciones tan fútiles como no convidar un cigarrillo”.

Crímenes sin historia

Las tragedias ocurridas en los Estados Unidos de Norteamérica -como la reciente en Newtown o en Columbine y Virginia Tech- se conocen “como crímenes sin historia, según designa la literatura especializada a aquellos hechos graves, generalmente asociados a homicidios, cometidos por personas que no tienen un historial delictivo, y que más bien sufren de alguna patología importante a nivel afectivo, perceptivo o del pensamiento; hablamos de enfermedades mentales con características delirantes como componente sustantivo”, precisó el sicólogo forense Rodrigo Torres.
Y explicó que aquello “es un elemento común en las tres masacres conocidas en entornos escolares donde hay personas jóvenes, generalmente aislados y sin un grupo de pares referente, cuyo entorno los percibe como sujetos algo extraños -probablemente para ellos también les resulta hostil – y al cual necesitan oponer resistencia de manera agresiva, pero siempre como una estrategia de defensa”. A lo anterior, agregó, se suma la facilidad en la adquisición de armas con altísimo poder de fuego, sin mayores restricciones ya que es un derecho garantizado por las leyes (Segunda enmienda) del propio país.
La matanza de Virginia Tech a la que alude Torres, ocurrió el 16 de abril de 2007 en el Instituto Politécnico y Universidad Estatal de Virginia, en Blacksburg, Virginia. En el incidente murieron 33 personas, incluyendo al único autor que inició el tiroteo y 29 personas resultaron heridas. Cho Seung-Hui (23) era un estudiante surcoreano de literatura inglesa, criado en Virginia y residente en la universidad. Había sido diagnosticado con un desorden de ansiedad.
En la masacre de la escuela secundaria de Columbine, en tanto, en el condado de Jefferson, Colorado,  hubo 15 muertos y 24 heridos. Ocurrió el 20 de abril de 1999. Los autores Eric Harris y Dylan Klebold eran dos jóvenes normales hasta que entraron a la escuela secundaria, donde las constantes palizas, empujones, burlas y otros abusos -como escupir en su comida o meterles la cabeza en el WC- les hicieron odiar su vida y matar a quienes abusaban de ellos. Es el quinto peor asesinato escolar en la historia de ese país, tras la masacre en Bath School (1927), la de Virginia Tech (2007), la  de Connecticut (2012) y la ocurrida en la Universidad de Texas en 1966.
El caso de Alto Hospicio, donde el abogado Espinoza representó a las familias de 17 víctimas por la Fundación Amparo y Justicia, es en cambio, “el del típico sicópata; el de una persona que se transforma. Tenía una conviviente, oficiaba de taxista, jugaba fútbol, pero era capaz de violar y asesinar arrojando vivas  a un pozo minero a niñas de 12, 13 y 14 años. Él comprende perfectamente -por eso está condenado a presidio perpetuo- su conducta. Eso revela que la persona se da cuenta de lo mal de su obrar; pone en práctica conductas destinadas a evitar que lo descubran y comete los crímenes en circunstancias que lo dejen impune”.
Para Alejandro Espinoza, distinto es el caso de un trastorno de personalidad,  de “enfermedades mentales que alteran completamente el juicio de la realidad” que es lo que pasó en Estados Unidos. Adam Lanza no tomó ninguna precaución para que no lo descubrieran; públicamente entró a una escuela, disparó contra menores de edad y se suicidó. “Son dos circunstancias diferentes: con pérdida completa del juicio de la realidad esa persona es irresponsable ante la ley penal; en el caso de los sicópatas -que es lo más común y cometen crímenes atroces- esas personas sí responden ante el derecho de la ley penal”, como está pagando Pérez Silva.

 Solidaridad versus egoísmo

Para el siquiatra Benjamín Vicente, lo más probable es que Adam Lanza padeciera una enfermedad mental grave, no indicada, no tratada y en una descomposición aguda, generó el conflicto. Pero, -dice- una cosa que estamos haciendo como sociedad es “siquiatrizar” lo que no entendemos, tal como hacía el hombre primitivo con los fenómenos naturales: terremotos, eclipses, huracanes. Para tranquilizarse buscaba explicaciones míticas o religiosas. En nuestra sociedad post moderna -agrega- “ya no interpretamos sino que medicalizamos; le ponemos una etiqueta de enfermo a alguien, pedimos prestado algunos conceptos a la siquiatría como rama de la medicina y resolvemos el problema, pero esa es una manera simple de reducir las cosas, de mirar el problema”, precisa.
Plantea que si bien en el caso de Lanza y otros pudiera haber una explicación de este tipo, lo que está ocurriendo en nuestra sociedad -y desde hace muchas décadas- es que nos hemos ido moviendo de polo: de uno  donde los valores y la estabilidad se construían en función de principios colectivos y de solidaridad, nos hemos ido desplazando a un funcionamiento social donde prima el individualismo y el egoísmo.
“Lo que aquí importa es el ganar, tener más, ser el mejor, sobresalir pero como individuo; ya no como colectivo, asociación ni como grupo religioso, comunitario o deportivo. En ese individualismo egocentrista, egoísta, el otro tiene necesariamente un valor muy inferior. Y eso me permite a mí competir sin recriminaciones, sin remordimientos y hacer lo que sea necesario para ganar. Esa es la sociedad que estamos viviendo. El consumismo está conduciéndonos a profundizar ese perfil de funcionamiento y permite que la conducta nuestra sea cada día más insensible, menos solidaria, menos preocupada por el que está al lado”, subraya.
En ese contexto, dice, aparecen necesariamente las desregulaciones porque el individualismo egoísta -que le permite surgir y destacarse en relación al resto- se incomoda con las regulaciones, con los principios, con los reglamentos, con los preceptos que chocan con eso. Los reglamentos, principios, leyes y valores van a tener siempre una mirada global, colectiva y  el sujeto podrá avanzar hasta donde no perjudique al otro, apropiarse de algo hasta que no se lo quite al otro.
Empieza -entonces- ese diálogo entre la solidaridad y el egoísmo que son propios de estos dos polos de funcionamiento. “Y si a ello le agregamos la desregulación -que también es propia de la supuesta libertad, yo tengo que ser libre y serlo significa que no haya ninguna regulación, que yo pueda hacer lo que se me da la gana cuando quiera- y lo trasladamos a esta sociedad, a esta situación que no es sólo un problema de Estados Unidos, también ocurrió en Dinamarca, donde estos sujetos egoístas, individualistas, solitarios, enfermos o no,  necesitan surgir y destacarse. Gracias a que la desregulación es un principio fundamental en nuestra economía social de libre mercado, tengo la posibilidad de ir y comprar por US$ 500  un arma de destrucción masiva, de uso militar”.
Y continúa: “Entonces, por un lado la desregulación -a esa capacidad que tiene el sujeto de comprar lo que quiera y cuando quiera- le suma usted el descontrol al que lo lleva su egoísmo, individualismo y esta necesidad de sobresalir a toda costa, empieza a hacerse comprensible una cantidad de fenómenos muy desadaptados y que atentan contra el bien común de una manera desorbitada. Creo que va a ir haciéndose, cada vez más frecuente, en la medida que no empecemos a regresar estos fenómenos, pero que no pasa por tener más horas de atención siquiátrica”.
-¿Por qué debería pasar, entonces?
-Porque tengamos conciencia de que por esa competencia extrema en que está la sociedad estamos descuidando valores que nos han permitido sostenernos en conjunto por siglos. El instinto gregario que lo tienen hasta los animales -mejor juntos que separados- es, sin duda, mucho mejor; tener a un grupo que transite por el mundo  -como las caravanas en el desierto y no cada una por su cuenta-  es mucho mejor. Desde esa perspectiva, el colectivo es más importante que el individuo y la solidaridad que el egoísmo. Eso nos va a permitir una base donde se ven conductas más sanas, más adaptadas, más contenedoras.
– En esa sociedad más normal, diría, ¿no hay personas enfermas?
-Ahí puede aparecer la enfermedad sin ninguna duda. No puedo negar que Rodrigo Orias, que mató al cura Faustino Gazziero en la catedral de Santiago (junio de 2004), sufría una esquizofrenia, pero la verdad es que los enfermos siquiátricos graves son muy poquitos.  Y los enfermos siquiátricos graves que además son violentos y peligrosos para la sociedad son todavía menos. A mí me parece claramente insuficiente – y por eso planteaba al comienzo- que es una mirada reduccionista e insuficiente el tratar de entender esto sólo desde la perspectiva médica, siquiátrica.  Es fácil hacerlo, es tranquilizador, pero nos limita la posibilidad de hacer este otro análisis que es el que necesitamos para la comprensión global del fenómeno que nos interesa mirar. En la medida que combinemos estas dos miradas, yo creo que vamos a dar cuenta justa de lo que está pasando y vamos a tratar de entenderlo con miras a una solución.
-A partir del análisis que hace es probable que en Chile  ocurra algo similar…
-Es claramente posible en la medida que sigamos profundizando el modelo individualista, competitivo, esta cosa despiadada donde tú tienes que sobresalir a toda costa. De hecho, preparamos y estresamos a nuestros niños para que entren al prekinder, porque tienen que dar un examen para ganar el cupo. Ese es el modelo de sociedad en que estamos viviendo. De ahí para adelante, ese niño tiene claro lo que debe ser, lo que tiene que hacer para seguir compitiendo exitosamente, seguir ganando y teniendo el máximo de rendimiento y beneficios posibles.
El germen está y vamos a seguir avanzando en ese sentido. Afortunadamente siguen habiendo regulaciones que nos permiten proteger el bien común, aunque son puestas en entredicho por liberales extremos. Eso es lo peligroso y por ahí tenemos un camino del que hay que estar atento y no seguirlo.
– ¿Usted diría que en los dos extremos del sistema –Derecha e Izquierda- es lo mismo?
-Desde los dos extremos podemos llegar a lo mismo. Sin embargo, la desregulación es mucho más peligrosa en esta visión de Derecha -la hemos visto desde los 80 sobre todo en Europa y mucho antes en Estados Unidos- en que efectivamente el énfasis está puesto en el individuo; en la libertad individual como meta, como concepto casi sobrenatural o divino. En la Izquierda sigue primando el colectivo, lo que no necesariamente resuelve el problema. En este caso son los individuos que, descompensados en este afán de figurar y adquirir notoriedad extrema, en un ambiente desregulado, hacen muchas brutalidades.
 -¿Cuál le preocupa más  a usted?
-Me preocupa más el germen del individualismo, porque yo creo que nos está haciendo mucho daño como sociedad y como personas. Hoy en día, cada individuo está más solo y eso es la consecuencia inevitable de optar por este egoísmo, este yoísmo en oposición al colectivo, al grupo, al interés común.
– Y este solitario con un arma ¿se siente poderoso, quiere llamar la atención o sólo quiere hacer daño? 
-Todas las anteriores, porque efectivamente con un arma adquiere un poder inusitado. Se siente el agente de estos poderes especiales, sea que esté enfermo o no porque hay gente que pertenece –como ocurría en Europa- a grupos nacionalistas, racistas, extremos donde son los agentes que ejecutan esta suerte de “limpieza” como hizo este señor en los países nórdicos. En este caso podría influir una patología siquiátrica o sicótica. Pero un enfermo, en una sociedad distinta, no me cabe duda alguna que va a terminar haciendo otra cosa, porque no va a tener la posibilidad de acceder a las armas. Aún cuando esté muy enfermo va a terminar en un final muy distinto.
– En un sistema de libre mercado, como en el que vivimos ¿qué puede hacer cada uno para que se  entienda lo que está pasando y se modifique el modelo? ¿Sólo depende del grupo político-económico?
-Es un problema macro. Necesitamos una modificación que va a surgir de propuestas de cambios que son de un nivel muy lejano a las decisiones individuales. Necesitamos tener una propuesta que acoja lo que a la gente le está pasando. Yo creo que hay indicadores positivos que nos permitirían tener esperanzas: es lo que está ocurriendo ya en Chile con la gente joven que se vuelca a organizaciones como Un Techo para Chile, Trabajo para un Hermano y otras; hay un movimiento natural de respuesta a esto que estamos viviendo que es tan despiadado, tan poco solidario, pero que en verdad beneficia a muy poquita gente.
-¿Alguna esperanza hay como para que no se repitan tragedias como las de Estados Unidos, entonces?
-Si hay un liderazgo potente que sea capaz de recoger esto, creo que vamos a tener la posibilidad de cambiarlo, pero tiene que ser una cosa macro, organizada, conducida políticamente aprovechando todos estos indicadores. Así como el nivel de individualismo competitivo nos está llevando incluso a la enfermedad, vemos con satisfacción –al menos yo- cómo estos grupos jóvenes se organizan en estos valores diferentes que son del colectivo, del grupo que se organiza, se disciplina para ayudar, apoyar, y pasar de este egoísmo enfermizo a esta solidaridad que –efectivamente- trae beneficios. Pero ¿qué ocurre? Eso se hace una semana al año. En estas festividades de Navidad, 200 personas trabajan una semana para un espectáculo muy bonito en el estadio Atlético, pero ¿qué pasa con los otros 358 días del año? Ése es el problema. Indicadores hacia dónde se tiene que ir lo está dando la propia sociedad. Lo que yo echo de menos es una propuesta política que sea capaz de recoger esto-creativamente- y dar una señal potente de cambio que nos permita arrancarnos de estas cosas.

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