Un buen año: poco misterio y muchos clichés

Hay películas cuyas virtudes y defectos se aprecian sin mayores complicaciones. Y justamente eso es lo que ocurre con “Un buen año”, cuya obviedad le juega en contra desde las primeras secuencias y le quita la menor posibilidad de misterio, elemento esencial en la trama de cualquier película que aspire a ser inteligentemente entretenida.
“Un buen año”, es la historia de Max Skinner, un exitoso ejecutivo londinense amoral, con un estilo de liderazgo muy particular y eficiente. Tiene dinero, muchos aduladores y también enemigos. Pero su vida yuppie sufre un cambio cuando recibe la noticia de que su tío Henry ha fallecido, lo que automáticamente lo convertirá en el heredero de un château en la Provenza, Francia. El primer pensamiento de Skinner será venderlo y sacar el máximo de dividendos, pero su visita al lugar lo trasladará a una serie de felices recuerdos de infancia junto a su tío. Esto, y la posibilidad de un romance verdadero, lo harán replantear la forma en que hasta ese entonces ha llevado su vida. Como un beso francés.
La película tiene un buen arranque, con una cámara y escenas que entregan una entretenida fotografía del Londres bursátil y un Russell Crowe sin mayores complicaciones en su papel. De hecho, su actuación, sin ser brillante muestra unas incipientes dotes de comediante del ganador del Oscar. Aunque, claramente, le vienen más los roles épicos y de tipo rudo.
Los clichés abundan a lo largo de la historia: el ejecutivo tipo “Wall Street”, cuya consigna es “ganar no lo es todo: es lo único importante”, totalmente amoral, y dueño de una pragmática simpatía, imprescindible a la hora de hacer buenas ventas; su tío Henry (Albert Finney), un caballero entrañable y campechano, siempre dispuesto a entregar sabios consejos al alero de una buena copa de vino, y la propia historia, de un planteamiento ultra usado: el hombre engreído que está preso en un sistema que venera lo material y la velocidad y al que sólo el amor será capaz de redimir de esta condición. Y por cierto, con una mujer que es un sueño: Fanny Chenal, interpretada por Marion Cotillard.
La dupla Scott-Crowe está de vuelta, pero esta vez el realizador británico no quiso complicarse la vida. Como tampoco lo quiso hacer con el risible clásico gore (seguramente no intencionado) llamado “Hannibal”. El hombre que alguna vez dirigió “Blade runner”, “Alien”, “Thelma & Luis” y la mencionada “Gladiador” hoy sólo dirige entretenciones medianamente buenas.
¿Qué se puede rescatar? Una buena fotografía, una cierta elegancia y una sutileza en las escenas de la campiña francesa que evita caer en exageraciones (una transformación espiritual o metafísica del personaje de Max Skineer tipo el avaro de ”Un cuento de navidad” habría sido francamente ridícula).
¿Para pasarlo bien un rato con la pareja en espera a hacer algo más?…sí. Pero absolutamente descartada si asiste al cine con intenciones más exigentes.
Nicolás Sánchez

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