Un día en la morgue penquista

Aunque no es la palabra correcta, todavía quedan muchas personas que identifican con este nombre al Servicio Médico Legal (SML), un lugar donde las palabras muerte, tragedia, accidentes y delitos son pan de cada día. Por ello sus 59 funcionarios han tenido que aprender a convivir con el dolor y también han debido buscar la forma de dejar esas penas en su trabajo para no llevarlas consigo a sus hogares; si bien algunos lo logran, hay situaciones, como la temprana partida de un niño o el abuso en contra de menores que todavía los remecen. Con ellos estuvimos durante una jornada, recorriendo sus frías salas donde se develan verdades que a veces traen consuelo, otras justicia y, la mayoría, mucho dolor.

 

Por Natalia Messer.

 
Mediodía, soleado, pero se siente un frío que penetra los huesos. Estoy en la entrada del Servicio Médico Legal (SML) de Concepción, ubicado a un costado del Centro de Cumplimiento Penitenciario del Biobío, más conocido como cárcel concesionada. En frente mío tengo un edificio moderno, de concreto y sin capa alguna de pintura. ¡Claro!, pienso, debe ser que la construcción carece de color porque quiere denotar la seriedad que requieren los  servicios que ahí se ofrecen.
El ambiente adentro del edificio es triste. Todo usuario que llega hasta el SML carga consigo una cruz, un problema.
En la sala de atención general -donde llegan todos- veo hombres y mujeres, incluso acompañados de niños, que cargan mantas y bolsos. Probablemente traen las ropas para vestir a sus familiares fallecidos.
Cruzo algunas miradas con ellos. No hay palabras. Aquí tampoco se escuchan risas ni menos carcajadas.
El personal del SML es amable y regala, cuando es pertinente, una que otra sonrisa. Esto viene a apaciguar la carga de tristeza que allí se siente.

Capaces de olvidar

-¡Con altos y bajos, así es el día a día acá!, dice Alfonso, uno de los guardias que trabaja en el recinto.
Lleva cinco años en el SML, tiempo en que ha tenido que aprender a acostumbrarse a la realidad del servicio y también a escuchar constantemente las palabras muerte, tragedia, accidentes y delitos.
Todos aquí deben vivir con ello y además tienen que ser capaces de superarlo durante la jornada laboral, para así no cargar con ese peso cuando ya se encuentran en sus casas con sus seres queridos. Si no pudieran enfrentar el dolor, entonces ninguno de los 59 funcionarios del SML penquista estaría apto para esta tarea.
Los que no son capaces de olvidar tienen que irse. Y no son pocos los que no han aguantado. Cuentan que algunos son más sensibles y han terminado vomitando en el patio, tras ver alguna autopsia.
Bastante lógico parece lo del olvido, pero estando ahí uno se da cuenta de lo mucho que debe costar dejar atrás los recuerdos de una jornada difícil, sobre todo ante tanta situación trágica que allí se ve: desde la prenda que sirve de evidencia en un caso de violación hasta el destrozado cuerpo de un fallecido en un accidente de tren. El personal debe y está muy preparado.
Aunque también hay algunos hechos que los superan o que son más complicados de apartar de la cabeza. Varios en el SML recuerdan la tragedia ocurrida en el verano de 2013 con los barristas del equipo de fútbol O’Higgins, cuyo bus se desbarrancó en la cuesta caracol de Tomé y rodó cerca de 200 metros antes de detener su caída.
Ese día llegaron algunos de los familiares de los 16 fallecidos hasta el Servicio Médico Legal para recuperar sus cuerpos.  La escena era terrible, porque el grupo había viajado a Concepción a apoyar a su equipo como lo hacía cada domingo y nadie, ni en sus peores pesadillas, pensó que ese día, camino a celebrar a la playa, se encontrarían con la muerte. El drama subió de intensidad cuando se conocieron las edades de los fallecidos, entre ellos, una guagua de un año y el resto, prácticamente en su mayoría jóvenes menores de 20.
Sus funcionarios dicen que lo que más les impactó fueron los gritos de las madres; algunas llegaron al lugar sin saber que sus hijos estaban muertos, por lo que hubo que contenerlas y brindarles atención médica en ese momento de tanto dolor. Todo eso en medio del ajetreo de la prensa que se agolpó en el lugar buscando más noticias,  recuerda Alfonso.
No había consuelo. El escenario daba escalofríos y dicen que sensibilizaba incluso hasta a los con más experiencia en el servicio.

El Panchi y la Andrea

La salud mental es esencial dentro de este servicio, por eso acá también se hacen exámenes psiquiátricos, psicológicos y sociales a quienes están vinculados con causas penales, civiles o de familia.
Los exámenes pueden ser realizados a las víctimas y también a los imputados de un delito.
En esta área incluso el SML tiene unas pequeñas celdas, destinadas a personas que cumplen condenas en la cárcel que llegan al servicio con estos fines.
Entramos a una de ellas. Se siente un intenso olor a orina. Lo más probable es que quienes por allí pasaron quisieron ocuparlas como baños o bien dejar una huella, porque también se dieron el tiempo de grabar mensajes románticos. “El Panchi y la Andrea”, reza en una de sus paredes.

El yagán y el Hércules

Curiosidades hay en todos lados, y con mayor razón en un servicio que a nivel nacional cumplió 100 años de existencia el pasado 2015.
Actualmente el SML de Concepción, cuyas instalaciones actuales fueron inauguradas en 2009, es centro referencial de la zona sur, y recibe evidencias provenientes desde el Maule hasta Magallanes.
-¡A ver si saben el sexo de estas osamentas!, ¿hombre o mujer?, pregunta el médico Juan Zuchel -uno de los funcionarios más antiguos del servicio- en la helada sala de Antropología a tres alumnos de sexto año de Medicina de la Universidad de Concepción.
Los huesos están muy desgastados, pero son grandes. Llaman la atención y tienen un color medio amarillento.
Los alumnos finalmente concluyen: es hombre. Tienen razón, las osamentas corresponden a un “él”, pero hay algo más. Se trata de un indio yagán del sur de Chile.
-Estos huesos tienen cerca de 500 a 600 años, además se encontró junto a él un arma, un tipo punzón, dice Juan Zuchel.
La médico legista Heidi Schuffenegger, quien está a cargo el área de Antropología Forense en el SML de Concepción, nos cuenta que los huesos del yagán son más gruesos que los de una persona contemporánea, porque probablemente al ser canoeros hacían mucha fuerza con sus brazos y piernas, entonces su desarrollo muscular y óseo era superior.
También su dentadura no presentaba ninguna caries, sólo un desgaste propio por los alimentos que consumían (incluso usaban sus dientes como herramientas para, por ejemplo, desgarrar cueros).
Pero en el área de Antropología no sólo se hallan osamentas como éstas. En otra sala muy helada hay cientos de cajas de cartón, debidamente selladas, que en su interior contienen huesos.
Unas llaman la atención y nos cuentan una historia que sucedió hace ya nueve años.
¡Incendio, incendio!, gritaban en 2007 los tripulantes del buque factoría Hércules en las costas chilenas. La embarcación, que navegaba bajo bandera danesa de las islas Feroe, estaba en llamas. El Hércules se encontraba a 280 millas náuticas al sureste de Ancud, por lo que sus más de 100 tripulantes tuvieron que ser rescatados en aguas chilenas.
Eso sí, en el incendio hubo ocho tripulantes, provenientes de China, que no pudieron ser identificados. Se presume que se encontraban en las calderas del buque al momento del incendio, por lo que fallecieron quemados. Sólo se obtuvieron algunos restos óseos, pero casi irreconocibles.
-Casi no queda nada de hueso, es más polvillo, así es que no se puede extraer el ADN para la identificación, dice Heidi Schuffenegger. En esos casos las muestras se queden ahí hasta que sean reclamadas por la justicia. El destino de los restos de estos ciudadanos chinos todavía está en veremos, en espera de la reclamación del gobierno de su país.

Con los muertos

Heladísima está el área de Tanatología del SML. Allí se hacen las autopsias. Me explican que los cuerpos deben mantenerse a una temperatura baja, para ralentizar el proceso de descomposición, y que los cadáveres que están en estado putrefacto se van a una de las nueve cámaras de refrigeración, donde reciben un golpe de frío antes de que se les realice la autopsia. En promedio dos horas dura este procedimiento.
repor-smlLas autopsias se hacen en una espaciosa sala equipada de tres bandejas de acero inoxidable, lo que da la posibilidad de estudiar la misma cantidad de cuerpos simultáneamente.
Antes de entrar a Tanatología, el doctor Zuchel nos explica en una sala tipo auditorio que se encuentra al frente del área de autopsias y donde además se realizan clases, que para no “joderse” la siquis con miedos o para no tener pesadillas por las noches, es bueno tomar la noción occidental, que dice que el alma de una persona se va en el último suspiro, al contrario de lo que piensan los orientales, quienes creen que ésta tarda cerca de dos días en salir del cuerpo.
Por tanto, esos cuerpos con un tono morado amarillento son sólo eso. Sus esencias nunca atravesaron las puertas con claves de este edificio.
Con esa noción, entonces, es más fácil afrontar las imágenes, porque el día de mi visita también habían llegado dos fallecidos, lo que en términos numéricos es casi típico en el SML.
-En promedio tenemos como 2 o 3 fallecidos por día, dice Mauricio Sepúlveda, el encargado de los “levantamientos”, es decir, de salir a buscar a los fallecidos en la típica camioneta blanca con letras azules del SML.
En ese momento, y en una de estas gélidas salas, un grupo de cuatro personas se prepara para practicar una autopsia a una mujer sesentona. Se iluminan con unas potentes lámparas movibles de quirófano para permitir ver mejor los detalles del cuerpo. En los costados hay unos pequeños refrigeradores que contienen equipamiento. Todos están preparados y con las correctas vestimentas: usan buzos Tyvek con capucha, de género subtratado; máscaras con filtro cuando lo amerita, lo que va a depender del estado del cuerpo, guantes quirúrgicos y botas desechables del mismo material del buzo.
Por lo general un médico legista, junto a un kinesiólogo y un técnico tanatólogo proceden a “autopsiar” el cuerpo. A veces están acompañados de estudiantes de Medicina. El día de mi visita es el caso y hay alrededor de cinco alumnos que miran con atención cómo diseccionan el cuerpo de la mujer.
-Vengan a ver el intestino, dice una joven estudiante a sus compañeros, quienes se encuentran acompañando al doctor Zuchel.
Paralelamente, pero en otra sala, un hombre de unos cuarenta años está listo para ser retirado por sus familiares. El día anterior uno de sus parientes lo encontró en su casa ahorcado con una pita.
Mucha gente en Concepción se está muriendo de pena dicen en el SML, y como prueba tiene las cifras: el 2015 hubo 96 suicidios en la provincia de Concepción y Arauco.
Los homicidios también son una causa común de muerte. El pasado 2015 ocurrieron 49 homicidios en la provincia de Concepción y Arauco, pero eso fue menos que los 60 cometidos en 2014. Las cifras están disparadas y nunca se sabe, porque son como un trampolín: suben y bajan.

El vestido de Lewinsky

Pero el SML no es sólo autopsias y muertes. Eso queda claro durante el recorrido por los pulcros corredores del edificio. También aquí se estudian otras evidencias.
Mariela Valenzuela, químico farmacéutica, nos enseña su área: el laboratorio, donde se realizan alcoholemias, análisis toxicológicos, bioquímicos-criminalísticos y se ven las pruebas genéticas, ya sea por filiación o delitos.
Dr Zuchel-2Todo es moderno. Las máquinas con las que se trabaja permiten obtener análisis certeros.
Por ejemplo, a través del cromatógrafo gaseado (una máquina top one con la que trabajan) puede realizar análisis de alcoholemia que hasta determinan el tipo de alcohol presente en la sangre.
Al laboratorio, asimismo, llegan todo tipo de evidencias, que por lo general trae personal de la Policía de Investigaciones. Desde prendas de ropa, carpas, manubrios de auto, hasta sillones de dos metros de largo  que contenían evidencias.
Además, todas aquellas muestras que contengan material genético se guardan en el servicio, ¡porque el ADN siempre se mantiene!
-¿Te acuerdas del vestido de Mónica Lewinsky?, pregunta Mariela, haciendo alusión a las manchas de semen que quedaron presentes en el vestido azul de la ex becaria que tuvo un affaire con Bill Clinton.


La cuerda floja

Bill Clinton estuvo en la cuerda floja. Pero no es el único, somos todos, porque en esta vida se hace mucha acrobacia. Eso también lo sabe Mauricio Sepúlveda, el encargado de los “levantamientos” y uno de los funcionarios más antiguos del SML.
El profesional, que se perfeccionó con cursos de Tanatología, para aprender más del rubro de las autopsias, dice que no todo en la vida será felicidad y habrá momentos difíciles, y que por eso es muy importante la preparación física y emocional de los profesionales que aquí se desempeñan.
-Aquí se sale de un pozo (tragedia) y se entra a otro, dice.
Aunque él ya está acostumbrado. Ha visto cerca de 5 mil cuerpos y saca a relucir una fortaleza envidiable, que lo tiene preparado para ver todo tipo de situaciones, algunas inimaginables.
-Tenemos que ser muy científicos, pero al mismo tiempo tampoco podemos perder la sensibilidad, agrega Mariela desde su laboratorio.
“La palabra de aliento debe ir siempre”, cree la doctora Schuffenegger y, especialmente, para empatizar con el dolor de aquellos padres que perdieron tempranamente a un hijo.
-Yo me pongo en su lugar, los entiendo. Uno se sensibiliza, aunque también está la otra gente, aquella que viene al SML a retirar algún cuerpo y viene como si estuviera en el mall, dice con gracia Carola, funcionaria a cargo de atender a los familiares de fallecidos.
Esa destreza emocional es requisito fundamental para el que ose laborar aquí, porque la realidad no es como en Las intermitencias de la muerte, la conocida novela de José Saramago, donde un día cualquiera ya nadie se muere. El orden de las cosas nos dice que de los 7 mil millones de personas que hay en todo el mundo, cada día hay gente que llega y se va.
Entonces, para cuando la muerte hace cita, servicios como éste deben entregar calidad y apoyo a las familias que lo necesitan. Se vuelven así “vitales” para su comunidad.

O’Higgins 680, 4° piso, Oficina 401, Concepción, Región del Biobío, Chile.
Teléfono: (41) 2861577.

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