Un triunfo para celebrar, una lección para aprender

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María Angélica Blanco Periodista y escritora.

Unir para triunfar y no “dividir para reinar”, famosa cita de Maquiavelo en su obra, El Príncipe, es la gran lección que nos deja la Selección Chilena de Fútbol tras la merecida victoria que la llevó a conquistar la apetecida Copa América. 

Por sobre los éxitos o las exhibiciones individuales prevaleció el sólido sentido de equipo, la cohesión y la unión en pos de una meta, de un sueño, de una utopía que, para los agoreros de siempre, parecía inalcanzable.

Qué gran enseñanza para un país saturado de odiosidad, de descalificaciones, de dedos acusadores, de columnas insidiosas escritas con la tinta de la ponzoña. Vivíamos en medio de un clima enrarecido, turbio e irrespirable, no sólo por la polución ambiental.

Peor aún, vivíamos en un país en que las almas también se contaminaron. Hasta que se desató la euforia. Con esa Copa América conquistada en impecable lid, levantada por Claudio Bravo ante los ojos del mundo, volvimos a sentirnos hermanos cobijados por una misma bandera que flameó orgullosa desde Arica hasta la Antártica. Cómo necesitábamos ese rayo de sol esperanzador, ese hálito de alegría con sabor a gloria y a rumor de diecisiete millones de corazones latiendo al unísono.

Recuerdo haber leído un comentario de Marcelo Bielsa en los tiempos en que conducía a la Selección Chilena, palabras que también rememoró Pedro Carcuro  hace algunos días: “Si logro que en el rendimiento de este grupo de jugadores se exprese el Chile que miro y admiro todos los días, con esa capacidad para salir adelante de experiencias dolorosas, con ese orden y disciplina ejemplares con las que ha alcanzado enormes progresos materiales, me sentiré plenamente satisfecho”. De ese Chile al cual se refería Bielsa, nos quedaba muy poco.

Contraponiéndose a esa atmósfera odiosa que nos asfixiaba tanto o más que la toxicidad ambiental, los muchachos de Sampaoli nunca dejaron de crecer, ni de creer que el sueño era posible. Con Chile en el corazón, alimentaron la fogata de una ilusión colectiva, dedicándole cada triunfo a esa fiel y generosa hinchada que siguió cada uno de sus pasos, sin importar las horas de espera, ni el frío, ni los atochamientos. Esa hinchada que vistió sus corazones del color de los copihues, que acompañó y que perdonó  al rey Arturo caído en desgracia, al igual que Sampaoli, que supo acoger como un padre el regreso del hijo pródigo. En medio de un vendaval de críticas y de rasgar vestiduras, surgió esa paternal disposición que lo llevó a comprender y no a juzgar, a unir a los suyos y no a dividirlos. “Estoy aquí para incluir y no para excluir”, enfatizó en una controvertida conferencia de prensa.

Ojalá aprendamos de esta gran lección que nos deja una tarea y un compromiso. No olvidar que somos hermanos. Investirnos de humildad y entender al otro, a los otros, por sobre diferencias ideológicas y de estratos sociales. Con Chile en el corazón, siempre.

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