Vidas de tinta, grafito y color digital

En este mundo globalizado, en que las imágenes pueden llegar en segundos a miles de personas a través de las redes sociales, los ilustradores han logrando alcanzar un sitial de privilegio. Hoy, su talento es requerido en dintintos ámbitos, y se les puede encontrar trabajando en los más impensados rubros, en los que han detectado nuevos e interesantes nichos: en el área editorial, en la publicidad, en el mundo de los videojuegos, en el de la belleza corporal o, incluso, ligados a la academia.

Algunos, se niegan a renunciar al tradicional lápiz mina; otros, se atreven a dejar marcas con máquinas y tinta, mientras que el amanecer digital convence al resto de aventurarse con mouses, tablas gráficas y nuevos programas de ilustración. La mayoría son jóvenes, pero también hay adultos e, incluso, quienes esperan la jubilación sin abandonar el dibujo, su gran pasión.

Por Cyntia Font de la Vall P.| Fotografías José Carlos Manzo.

 

De un tiempo a esta parte noto que los dibujos me rodean. Reviso los diarios y veo viñetas que retratan la contingencia política; visito a amigos, y me muestran los tatuajes que orgullosamente han decidido lucir en su cuerpo; los kioscos están llenos de revistas de cómics y fanzines; evidencio cómo los artistas optan por incluir ilustraciones en las carátulas de sus discos, y hasta las marcas se la juegan por animaciones en sus avisos comerciales.

Es más, basta caminar por Concepción para ver los muros llenos de graffitis, o por la “Diagonal” para observar a decenas de artistas ofrecer stickers y simpáticas libretas, cuyo valor agregado son justamente sus hermosas ilustraciones.

Para cuando llego a mi casa, mi mente está llena de miles de “monitos” de las más diversas índoles, los que creo que comenzarán a desaparecer al ya no estar expuesta a ellos. Pero enciendo el televisor y los noticieros explican con gráficos y esquemas las crisis ecónomicas o medioambientales, y mi hijo se entretiene jugando videojuegos… Entonces, la realidad me golpea: nuestro mundo está lleno de colores, trazos, puntos y cientos de personajes.

Y es que dibujar es una necesidad del ser humano, una manera de comunicar sus anhelos, temores y también su día a día. Una forma de expresión presente desde los primeros tiempos y que, gracias a la globalización, hoy vuelve a retomar su indiscutido sitial, permitiendo a los ilustradores dar a conocer su trabajo en plataformas mundiales, y en solo minutos ganarse miles de “like”.

Es por ello que quisimos mostrar a algunos de los valientes que han decidido hacer de su pasión por el dibujo, su forma de vida. Y es que, en un país como Chile, vivir del arte no parece una buena fuente laboral. Sin embargo, Pedro, Ibi, Natalia, Nicole y Fernando se atrevieron a intentarlo y, hasta aquí, están felices. Han debido adaptar sus estilos propios y aventurarse a encontrar nuevos nichos de trabajo, pero están satisfechos, porque pudieron encontrar su camino y alcanzar estabilidad económica sin transar su amor por la ilustración.

 

PEDRO ARIAS: 38 años de blanco y negro 

Entre risas recuerda Pedro Arias (62) que en la clase de Artes, en el colegio, el profesor lo sacó de la sala por no tener aptitudes artísticas.

¿Qué pensaría hoy si viera que aquel alumno “negado para el dibujo” lleva más de cuatro décadas dedicado a ilustrar? Seguro le sorprendería saber que hace 38 años que Pedro se desempeña como ilustrador científico del Departamento de Botánica UdeC, y que antes de eso, y tras estudiar Técnico en Construcción con mención en Arquitectura, trabajó en un estudio de arquitectos.

Pedro cuenta que cuando llegó a la Universidad de Concepción le hicieron varias pruebas. Una de ellas era dibujar parte de una planta. “Me costó muchísimo. Estuve como dos días tratando de plasmar su anatomía con la mayor precisión, y siempre con mi tablero vuelto hacia la pared, para no desconcentrarme”, relata.

Aprobó con un “4”, pero sus evaluadores constataron que tenía las cualidades necesarias para ser ilustrador científico: habilidad y paciencia.

Recuerda que en los ‘80 trabajaba con lo básico: un microscopio o lupa, un lápiz mina y una pluma, que debía ir untando en la tinta cada cierto rato. Había que dibujar en esténcil e imprimir en un mimeógrafo. “Poco a poco, el material se fue modernizando. Trajeron lápices de marcas alemanas y papel diamante, que es ideal, pues tiene una fina película de cera que permite trabajar con tinta y grafito, y que soporta bien el raspado para borrar. Además, ahora todo se fotocopia o imprime”, detalla.

A lo largo de su carrera ha dibujado desde algas unicelulares a plantas exóticas y peces; ilustrado los órganos internos de un insecto y hasta ha colaborado en cartografías, y sus dibujos han sido parte de numerosas publicaciones. Miles de trazos, y todos en blanco y negro. “Siempre digo que si juntara todos los puntos y líneas que he hecho, ya le habría dado la vuelta al mundo varias veces”, bromea.

Está feliz con su larga trayectoria, y dice que el suyo es un trabajo meticuloso, de extrema precisión, y muy interesante, pero también agotador. “Son muchas las horas que paso observando en detalle cada muestra. La pongo bajo el microscopio y estudio su anatomía detenidamente, de modo de poder plasmarla lo más fidedignamente posible, y siempre cuidando las proporciones. Luego, hago un borrador con el lápiz mina más fino que existe, corrigiendo los detalles cada vez que sea necesario. Cuando todo está verificado, lo paso a papel diamante, trazándolo con tinta, y todo a pulso… Ni le digo cuántas veces he tenido que cambiar lentes en estos años”, dice riendo.

Pedro cuenta que en tres años se jubilará, y que teme que su puesto desaparezca. Esa preocupación lo llevó hace unos años a comenzar a dictar el curso de Dibujo Científico a los estudiantes de la Facultad de Ciencias Naturales y Oceanográficas de la UdeC, con la esperanza de que alguno pueda seguir con esta labor. “No lo hago para ganar dinero, sino para dejar una huella, porque este es un hermoso trabajo, que potencia la memoria, la paciencia y la creatividad. Hoy todo es tan cómodo e instantáneo, que no le permite al ser humano desarrollarse… Estoy satisfecho, porque nací con un don, lo he aprovechado y he intentado darle un buen uso, siendo un buen profesional”.

NICOLE HERRERA Y VALENTINA BAÑARES: Un universo hecho con pixeles

Nicole Herrera (29) es ilustradora y diseñadora gráfica. Valentina Bañares (31), licenciada en Artes Visuales. Tras titularse, ambas trabajaron un par de años en distintas áreas, pero anhelaban un trabajo estable. En 2018 lo encontraron en Pocketland, una agencia de diseño de juegos para móviles.

“Nunca había trabajado en esto. Fue aquí que aprendí todo lo que sé”, dice Nicole, agregando que en el año que lleva en la empresa ha participado en la creación de una sopa de letras digital, y en PixelBook, una aplicación que permite subir dibujos, pixelarlos y compartirlos en redes sociales.

Valentina, en cambio, ya había trabajado creando personajes para videojuegos, pero no tenía experiencia en ilustración digital, sistema que ha aprendido en los cinco meses de trabajo en la agencia.

Por estos días, ambas, junto a un equipo de programadores, animadores y diseñadores, se encuentran trabajando en un nuevo juego, del tipo Match 3, que estaría disponible para iOS y Android a fines de este año.

Comentan que para esta labor es necesario saber trabajar en equipo, pues es fundamental aunar criterios a la hora de crear personajes, ambientes y todo lo que conlleva un juego. “También es relevante saber conceptualizar correctamente lo que el cliente o, en este caso, nuestro jefe, quiere desarrollar. Hay que conciliar estilos, formas y códigos de color, de acuerdo con nuestro público objetivo. Son cientos los elementos que conforman un juego, y todo tiene que estar unificado bajo el mismo concepto”, explica Nicole.

Para el proyecto en que trabajan, Valentina está creando los personajes. “Me tuve que adentrar en la idea que ya tenían en la agencia, y definir cada personaje, su vestimenta y todo, imprimiéndole mi propia visión y la de todo el equipo. Es un proceso largo, para el que tuve que bocetear por varios días distintas propuestas, hasta llegar a lo que buscaban”.

Nicole, en tanto, está encargada de diseñar los assets, que son todos los elementos gráficos del juego: monedas, cubos, trofeos, burbujas. “Parece sencillo, pero tiene su complejidad. De hecho, en estos detallitos también hay un buen nicho”, dice.

Ambas ilustradoras reconocen que si bien dibujar digitalmente es más rápido, siempre comienzan con bocetos a lápiz, que luego editan en el computador, valiéndose de tablas gráficas y programas como Photoshop, Pain Tool Sai e Ilustrator.

“Se cree que la ilustración digital es más fácil, pero no es así, el programa no lo hace todo. Manejar una tabla requiere práctica, porque implica dibujar en una superficie negra, sin ver simultáneamente lo que estás trazando. Hay que crear colores, sombras”, detalla Valentina.

Coinciden en la importancia de adaptarse, aprender nuevas cosas y salir de la zona de confort, y en que el diseño de videojuegos es un buen nicho. “Es un mercado en crecimiento en Chile. Cada vez hay más empresas que se dedican a esto, y que necesitan ilustradores que sepan comunicar a través de la imagen, y conceptualizar lo que el cliente busca”, comentan.

De hecho, dicen, este trabajo es tan entretenido “que felices lo haríamos toda la vida”.

FERNANDO CARTES: Un hijo “ilustre”

Tras egresar de Diseño Gráfico, Fernando Cartes (40) se fue a Santiago buscando nuevos desafíos, los que encontró trabajando en prestigiosas agencias de publicidad. Logró ser Director de Arte y Director Creativo, cargos desde los cuales ayudó a dar vida a campañas publicitarias de grandes marcas nacionales.

Fue en esa etapa que descubrió que sus conocimientos autodidactas de ilustración podían ser útiles en el mundo de la publicidad, donde ya se había atrevido a hacer algunos bocetos para sus clientes. “Así, de golpe, decidí ser ilustrador. Me puse un nombre, Kartess, y comencé a producir cosas y a compartirlas en redes sociales y en plataformas de ilustradores… Me di cuenta de que era algo que me debía, porque nunca había tomado la ilustración más que como un hobby”, dice.

Pero quiso ir más allá, y profesionalizar sus habilidades, cursando un Magíster en Negocios Digitales Creativos, en España. Allí, conoció el trabajo de muchos ilustradores, y comprobó que la calidad de su propio trabajo era buena. Fue entonces que decidió aventurarse con proyectos más arriesgados, como ilustrar tablas de skate e, incluso, muñecas antiguas. “El proyecto se llamaba Gepetto porque, al igual que él, sentía que le daba vida a esas muñecas, con tatuajes que contaban la vida de sus dueños… Me fue increíble”, cuenta.

A su regreso a Chile, comenzaron a llegarle atractivos encargos de la industria publicitaria y, en pleno “peak”, decidió volver a Concepción, “sin pega, pero ya reconocido como ilustrador publicitario”.

Acá, junto a otros profesionales, creó la agencia Valiente, con la que ha trabajado en la creación de ilustraciones para portadas de discos, afiches de eventos regionales, etiquetas de productos y hasta para una Harley Davidson, que fue presentada en un concurso de motos customizadas, y ganó.

“Me sirvió formarme en agencia, porque aprendí a trabajar con los clientes y a adaptar mi estilo a lo que se necesita. Quizás no es un trabajo tan ‘artístico’, pero sí de mucha exigencia, porque debo conceptualizar correctamente el mensaje, y encontrar una forma única y creativa de comunicarlo”.

Como Kartess, en cambio, Fernando desarrolla ilustraciones más irónicas y con “una buena dosis de rebeldía”, que buscan producir escozor, pero también sonrisas. “La idea es que provoquen algo: sorpresa, ternura, molestia… si no, es solo un dibujo”, enfatiza.

Al notar la gran cantidad de talentosos ilustradores que había en Concepción, la mayoría dedicados a cosas pequeñas, buscó la forma de ayudarlos. Fue así que, gracias a un Fondart nacional, lanzó Hijos Ilustres, un catálogo que recopila el trabajo de 40 ilustradores de la zona, y que está siendo distribuido en medios de comunicación, empresas y agencias de publicidad y de diseño, de Santiago y Concepción.

“Hay un mercado gigante de ilustración que no se aprovecha, y las posibilidades son infinitas, sólo hay que atreverse a explorar constantemente… Vengo de una industria donde sé que te pueden pagar bien por lo que haces; pero, para cobrar más, hay que profesionalizarse”, sostiene.

IBI DÍAZ: Grabar lo vivido en la piel

Ibi Díaz (28) estaba en segundo medio cuando su padre le regaló una máquina para tatuar, quizás viéndola como una herramienta con la que ella podría desarrollar su amor por el dibujo. Incluso, le presentó amigos dedicados al tatuaje, con uno de los cuales la joven trabajó como aprendiz hasta que entró a estudiar Licenciatura en Artes Visuales.

En esos años, Ibi sólo se dedicó a su carrera y, al titularse, trabajó como ilustradora en distintos proyectos. Sin embargo, el arte de tatuar volvió a llamar su atención al notar que en Instagram había un boom de nuevos estilos, que mezclaban la ilustración con el tatuaje. 

Así, volvió a ser aprendiz, y comenzó a experimentar en distintas superficies, incluida su propia piel, y a estudiar muy bien el proceso. “Hay que entender que estás trabajando en una persona, a la que le puedes causar daño, generar una herida o una infección. Hay que ser muy responsable y cuidadoso”, dice.

Estaba en eso cuando se enteró de que se había aprobado su beca para estudiar un magíster en Animación en la UCLA, en California.

Estuvo en EE.UU. por dos años y medio y, para no perder la práctica, comenzó a trabajar en un estudio de tatuadores, donde le pidieron tener más tatuajes en su piel. “Me explicaron lo mucho que se puede aprender sobre la técnica cuando te tatúan o te tatúas, porque es distinto hacerlo que verlo y sentirlo en uno mismo”.

Reconoce que aprendió mucho, y que le sirvió para perder completamente el miedo a perforar el cuerpo de las personas pero que, por su timidez, le costaba relacionarse con los clientes, sobre todo en inglés. “La idea es que la experiencia sea grata, tanto para quien viene a tatuarse como para uno. Y ese disfrute depende del grado de conexión que se logre con la persona, porque comunicarse adecuadamente es tan importante como ilustrar o hacer el tatuaje en sí”.

Al regresar a Chile traía nuevas ideas, su trabajo se había hecho conocido gracias a las redes sociales, y mucha gente estaba interesada en tener en su piel sus diseños.

Brujitas, payasitos y niños, que evocan el anime y las caricaturas, y que se mueven en una delgada línea entre lo tierno y lo macabro, son los protagonistas de su trabajo. “Pensé que no muchos querrían tatuarse mis diseños, pero creo que los escogen porque les evocan emociones o les recuerdan algo”.

Su propio cuerpo muestra varios dibujos. “Más de 20”, reconoce, y todos muy significativos. “A medida que iba viendo dibujos en mi cuerpo, quería tener más. Es que es como tener una carpeta de cosas que te gustan, sólo que está siempre contigo. Para mí, mis tatuajes son importantes. Cada uno marca una etapa de mi vida, y me la recuerdan”.

Ibi dice que la práctica es todo. Sólo así se aprende a reconocer el adecuado sonido de la máquina, su vibración, “si está entrando bien la tinta o si se está poniendo la aguja a la profundidad necesaria”. Y su práctica es mucha, pues hoy Ibi vive de este oficio, aunque reparte su tiempo con otras labores de ilustración no siempre remuneradas. “Para mí, el dinero no lo es todo. Quiero hacer cosas que me mantengan activa creativamente, y construir mi propio camino”, puntualiza.

O’Higgins 680, 4° piso, Oficina 401, Concepción, Región del Biobío, Chile.
Teléfono: (41) 2861577.

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