Violación: la ruta para sobrevivir

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Las heridas de una violación no tienen un impacto conocido ni tampoco único. Son múltiples. Desde no notar que se es víctima de violencia sexual hasta la conducta suicida. La reparación es compleja, pero puede lograrse. Y este es un buen momento. El feminismo inspira a liberarse de la presión, a tratarse y a denunciar. La autoridad se empeña en lograr la confianza de las mujeres agredidas, en asegurar la privacidad de sus causas y en buscar la forma de sanar el daño. Es un buen comienzo.

Por Loreto Vial

“No fue como en las películas… No quedé tirada en una zanja, no me pegaron, ni me
hicieron pedazos la ropa. Pero me violaron. Un conocido me penetró vaginal y analmente, sin mi consentimiento, en mi propio auto”, confiesa Consuelo.

Ella bordea los 40, es madre sola hace unos años y, diariamente, establece “rutinas de supervivencia”. “El movimiento feminista revolucionó de nuevo mi historia, pasé momentos amargos y por eso me encargo de mantener la conexión de mi mente, espíritu y cuerpo”, relata, mientras acomoda su mat de yoga, disciplina que practica a diario y que la ha ayudado a “despejarse y crecer”, dice.

Según el Centro de Estudio y Análisis del Delito de la Subsecretaría de Prevención del Delito del Ministerio del Interior, el último año en Chile se realizaron en promedio 12 denuncias de violaciones diarias. En la región del Biobío fueron 317 los casos en los que se inició una investigación. De ellos, 120 correspondieron a víctimas mujeres mayores de 18 años.

Las cifras de denuncia van en alza, y si bien no se puede establecer que las violaciones se hayan incrementado en la última década, el diagnóstico es claro: debe haber más instancias para abordar la reparación del daño, pues las víctimas que están pidiendo ayuda son muchas, y las heridas que provoca este delito son múltiples y profundas.

Así lo estima María Alejandra Monsalve, quien hasta 2018 fue fiscal especializada en delitos sexuales y, actualmente, es jefa en la Unidad Regional de Atención a Víctimas y Testigos de la Fiscalía Biobío. “Estos delitos siempre han ocurrido y, lamentablemente, seguirán sucediendo. Pero hay que observar que el aumento de denuncias puede deberse a que existe más confianza de las víctimas y de sus familias para atreverse a denunciarlos”, recalca.

Aunque se ha avanzado en la atención y en la protección a víctimas, la decisión de denunciar una violación no es fácil. La directora del Servicio Regional de la Mujer, Sernameg Biobío, Lissette Wackerling, explica que apenas el 12 % de las mujeres atendidas en los Centros de Atención y Reparación para Mujeres Víctimas/Sobrevivientes de Violencia Sexual en la región tomaron la decisión de judicializar sus casos.

Es que no es fácil hablar. Para el grueso de las personas ello implica revivir constantemente la agresión, sentirse cuestionadas por otros, incluso, por ellas mismas, y enfrentarse a un escenario donde es difícil probar que no hubo consentimiento para la relación sexual, sobre todo, si es que no existe evidencia física.

Paulina Letelier, psicóloga y experta en violencia sexual.

“Nada lo justifica”

Paulina Letelier, psicóloga y experta en violencia sexual, indica que una de las violaciones más corrientes en estos momentos es la “post carrete”. Es lo que vivió Consuelo. “Me fui con unos compañeros del trabajo. Yo vivía con el padre de mi hija en ese entonces, era una celebración por los logros de la oficina y fui sola. Según yo, no tomé tanto como para sentirme tan ebria. Sin embargo, me sentí pésimo. Uno de mis compañeros, súper caballero, casado y papá de dos niños, que conocía hace meses, se ofreció a llevarme a mi casa manejando mi auto. Apenas subí, me sentí peor y me dormí. Solo desperté cuando lo sentí dentro mío, de una forma feroz y dolorosa. Grité y eso lo enloqueció.

Pude verme sin mi ropa interior y escucharle ¿¡Te gusta, te gusta?! No podía articular una frase por el dolor. Era un camino como rural, porque estaba todo oscuro, no veía luces. Después de eso condujo. Dentro de mi escasa lucidez creía que llegaría a mi casa, pero no. Me dejó estacionada en una villa que estaba muy lejos de donde yo vivía, a medio vestir, en el asiento del copiloto. Sentí que me tiró las llaves, sacó una foto porque noté el flash, y me empezó a golpear la cara para que reaccionara. Con algo de noción entendí lo que me dijo antes del portazo. ‘Esto nunca pasó, me escuchaste. Nunca. Si te atreves a hablar, te
cago con tu marido, tengo tus fotos’. Cuando desperté, estaba podrida de dolor, avergonzada porque ya estaba pasando gente y más de alguno me vería así. Y no sabía qué me había pasado. Parecía un sueño entre la resaca y el malestar. Todo lo que ahora relato lo fui recordando de a poco, con ayuda…”.

Consuelo dice que no denunció, porque siempre se sintió responsable de ese encuentro. Reconoce que su agresor era un hombre guapo, que ella era simpática con él, que antes le parecía divertido y de confianza, y que trató de olvidar el episodio para mantener las cosas en paz. “Pensaba que yo lo había provocado. Él me dijo muchas veces, incluso después, que yo me insinuaba”.

“Todo rastro físico es importante. Entonces, la recomendación es no ducharse ni lavarse para luego ir a la policía o centro asistencial. Sabemos que es una decisión difícil, porque en ese momento la víctima lo único que quiere es limpiarse”, indica María Alejandra Monsalve, jefa en la Unidad Regional de Atención a Víctimas y Testigos de la Fiscalía Biobío. 

El Código Penal establece que el delito de violación consiste en acceder carnalmente por vía vaginal, anal o bucal a una persona mayor de 14 años, ya sea usando fuerza o intimidación, aprovechándose de la incapacidad de la víctima para oponer resistencia o que se halle fuera de sentido, o abusando de enajenación o trastorno mental de la víctima.

La psicóloga Paulina Letelier enfatiza que para muchas mujeres es complejo reconocer la agresión porque los efectos que provoca van en muchos sentidos. “Traumas, incapacidad para relacionarse con otras parejas, la sexualidad trastornada, la desconfianza en el resto del mundo y en ellas mismas”.

La experiencia de cada mujer que ha sido violada es diferente. Pero hay unas cuantas cosas que se pueden hacer para ayudar a sobrevivir a un ataque de esta índole o evitar quizás que a otras les pase. “Lo peor es sentir culpa, pues nadie merece una violación. Nada que una mujer haya hecho justifica que la fuercen atener relaciones sexuales”, enfatiza la psicóloga.

Los especialistas dicen que es importante saber con quién hablar y que, ojalá, esa persona pueda acudir por atención médica y ayudar a la víctima a decidir qué hacer. A veces, el esposo o los padres de una mujer no pueden brindar mucho apoyo, porque ellos mismos están demasiado perturbados cuando se enteran de una noticia así.

Alejandra Monsalve dice que mientras más cercana a la ocurrencia del hecho sea la denuncia, mayor es la probabilidad de encontrar pruebas que puedan lograr una sanción penal.

“Todo rastro físico es importante. Entonces, la recomendación es no ducharse ni lavarse para luego ir a la policía o centro asistencial. Sabemos que es una decisión difícil, porque en ese momento la víctima lo único que quiere es limpiarse”, indica la profesional.

Agrega que también es clave que si la víctima se cambia la ropa no la lave y, menos, la bote, pues es un importante medio de prueba, porque de allí se puede obtener una muestra de ADN. “En la ropa que usó durante la comisión del delito o después, probablemente van a quedar secreciones de las cuales se puede obtener ADN”, destacó.

Huella de ADN

Desde 2008, Chile cuenta con el mismo sistema de archivo de huella genética que utiliza el FBI, el cual se habilitó especialmente para nuestro país. Hay un registro nacional que se va alimentando con el ADN de condenados por los delitos, como la violación, establecidos en la Ley de ADN (19.970).

Una vez que la víctima hace la denuncia, se analizan las muestras biológicas que se obtienen de su cuerpo y ropa, y se evalúa si es posible obtener ADN para posteriormente cotejarlo con la base de datos genética que se encuentra en el sistema.

Para establecer una denuncia, la mujer que ha sido agredida sexualmente puede acudir a las policías (Carabineros o PDI), a una fiscalíal o, bien, dirigirse directamente a un centro asistencial. En ellos los funcionarios saben que tienen la obligación de alertar la posible comisión de un delito, pero tratándose de una víctima adulta de un delito sexual es solo ella quien tiene la facultad y decisión de hacer la denuncia. “Es lo que legalmente se denomina delitos de acción pública previa instancia particular, que funciona distinto en el caso de un abuso cometido en contra de un niño”, señala María Alejandra Monsalve.

La mujer debe tener la voluntad de denunciar y si por su voluntad concurre primero a un centro asistencial, existen funcionarios de la policía que se mantienen de planta en el lugar para poder iniciar con ellos el trámite. En el caso de centros asistenciales más pequeños, los funcionarios de la salud llamarán a la policía o al fiscal de turno.

La jefa de la Unidad de Atención a Víctimas enfatiza para tranquilidad de las mujeres violentadas que la información de una causa es reservada y es conocida solo por la víctima
y su abogado. “La conciencia social también ha cambiado en entender la magnitud del daño a la víctima, que no es responsable de lo que les pasó. Como funcionarios del Ministerio Público sabemos qué trato merece una víctima y la Constitución nos obliga, por una parte, a investigar los delitos y, en el mismo rango de importancia, a dar protección a las víctimas y los testigos. Por eso los delitos sexuales se investigan con
policías especializadas”, sentenció.

Es importante, recalca, que las víctimas de violación confíen en hacer las denuncias, porque este doble rol de investigación y protección también busca visibilizar sus necesidades. “Todo delito produce algún daño y el que causa el delito sexual no es solamente físico. Tenemos que abordar a las víctimas y las expectativas que ellas puedan
tener sobre este proceso: no es solo ir a juicio y obtener  una sanción, sino que también debemos ocuparnos porque sean derivadas a los centros de atención psicológica o psiquiátrica para que tengan herramientas para retomar su vida, ir sanando y lograr superar el daño que significa ser víctima de un delito sexual”.

La culpa no es tuya…

La culpa no es de la mujer, ni de dónde estaba, ni cómo vestía. Los especialistas dicen que una de las características frecuentes del trauma post agresión es responsabilizarse. “Si yo no hubiese ido por ahí, si no hubiese hecho esto… Yo no adopté las medidas… Por qué fui…”.

Una víctima jamás tiene la culpa, pero dentro del proceso es habitual encontrar ese sentimiento. A veces es tanta la presión que cargan que se generan pensamientos y conductas suicidas.

María Alejandra Monsalve, jefa en la Unidad Regional de Atención a Víctimas y Testigos de la Fiscalía Biobío.

Eso es lo que hay que abordar con las terapias de reparación. “Nosotros estamos en red con instituciones especializadas en este tipo de terapias, pues en la red privada no encuentras especialistas en este tema. Generalmente los psicólogos que abordan experiencias traumáticas originadas en la vivencia de un delito están en la parte pública”, describe María Alejandra Monsalve.

Violencia sexual

Las estadísticas dicen que un violador probablemente vuelva a cometer ese delito, por sus características psicológicas. “Lo que he visto en mi experiencia, es que pocos tienen problemas mentales. Su única enfermedad es el machismo”, indica la psicóloga Paulina Letelier.

En más de 15 años atendiendo personas en instituciones públicas y privadas, ha comprobado cómo mutó la violencia y cómo las mujeres también han asumido nuevas formas para defender sus derechos y sanar. Las más jóvenes son las más empoderadas,
las mayores, las que más callan, dice.

Aunque suene increíble, a algunas mujeres les cuesta asumir que son víctimas de violencia sexual y que han sido violadas. “Reconocer es súper complejo porque el consentimiento sexual está muy ligado a lo cultural. En relaciones de amistad y de trabajo hay situaciones de violencia sexual que no constituyen delito, pero que son incómodas. Hasta en los matrimonios o en las relaciones de pololeo, las mujeres dicen bueno ya, voy a dejarme (tener una relación sexual), porque o si no va a andar enojado, o para arreglar la cosa. Ya, hoy día no quería pero igual lo voy a hacer”, comenta.

La violencia y la forma de la violación han mutado mucho. Antes solo se veía la agresión sexual dura o la del golpe, la de los machucones y heridas evidentes. Hoy, añade, la violencia ha cambiado a manipulaciones mucho más inteligentes, por ejemplo, mediante los celos, el dinero o con los hijos, y eso permite que las mujeres no se den cuenta de lo
que sucede.

También la sociedad apunta a que ellas se han vuelto más liberales, porque salen, beben y porque quieren divertirse. “Una de las violaciones más comunes hoy en día es la post
carrete. En el año recibo unos 20 o 30 casos de esos en la consulta. Es escandaloso que los agresores argumenten: ‘Si tú querías, andabas contenta, para qué me coqueteaste si después no quieres…’. Puedes coquetear todo lo que quieras, incluso besarte con alguien, pero eso no significa que después vayas a consentir una relación sexual”. El límite es
difuso y es una ecuación difícil para quien investiga.

Judicialmente lo que se cuestiona en estos casos, dice Paulina Letelier, es cuánto pusiste tú de participación, pues los agresores siempre alegan que hubo consentimiento. ¿Cómo probar en un espacio donde había solo dos personas, que tú no querías tener relaciones sexuales? Es súper difícil.

Explica que las mujeres generalmente guardan silencio porque son muy juzgadas y que los movimientos feministas han ayudado a “desculpabilizarlas”, lo que ha sido un acto reparatorio social y cultural muy importante.

“Desde mi experiencia clínica, muchas mujeres agredidas sexualmente me han dicho… fui a lo de Las Tesis y vi una mejoría que no te explico. Es un paso muy grande y liberador”, acotó la profesional. Antes, incluso, cuando las famosas empezaron a denunciar delitos sexuales en la prensa era muy complejo hablar sobre esto y aceptarlo. Pero con ese paso muchas afectadas empezaron a dimensionar lo que les había pasado y el daño que les causó. No lo habían expresado, fundamentalmente, por miedo.

“Es un miedo constante y una sensación de indefensión potente, por eso es tan importante el trabajo reparatorio después de una agresión sexual, pues las consecuencias son profundas y diversas. Una mujer que ha recibido muchas agresiones en su vida, se empieza a relacionar inconscientemente con parejas agresivas y repite el patrón. O también sucede en el trabajo, donde son abusadas con el trato, con el exceso de labores. Asumen un rol desde la sumisión, y en esos otros espacios vuelven a tomar un papel de víctimas de abuso”, agrega la psicóloga.

Comenzar a reparar

Muchas mujeres temen ingresar a una terapia reparatoria, porque no quieren revivir lo que les pasó. No necesariamente es así. “He trabajado procesos completos en los que nunca supe qué es lo que puntualmente les ocurrió, porque prefieren no hablarlo. De la misma forma hay quienes vuelcan todo en una primera sesión. Lo más importante es saber qué de eso les afecta en su vida. Qué no las deja avanzar. Y qué para ellas es reparatorio”, comenta Paulina Letelier.

Lo primero, sostiene, es reconocerse como víctima. Decir, esto a mí me pasó, a mí me agredió alguien, me forzó o no me pude defender. Después de aquello hay que reconocerse como sobreviviente: fui víctima, me hicieron daño, pero sobreviví,
crecí, tengo una familia, estudié… buscar todos los recursos que tenga la mujer que sean el motor de su vida.

Estamos en pleno cambio

La base de la violencia sexual está en la cosifica-
ción de los cuerpos de las mujeres. “Tiene que ver

con la construcción de la masculinidad, con los este-
reotipos de género, y eso produce daños. Para frenar

la violencia sexual no basta con hacer leyes o que se
castigue el acoso sexual callejero. La construcción de
la masculinidad se ha basado en que los hombres se
diferencian de las mujeres. Una de las peores cosas
que le puedes decir a un hombre es que es ‘mina’. A
menudo escuchamos frases como: que eres niñita…
no seas mina pa’ tus cosas… Entonces eso es lo que
debemos desnormalizar”, acota Paulina Letelier.

Y eso involucra asuntos tan simples como “mode-
rar el lenguaje que hace ver a las mujeres como ‘lo

malo’ o ‘lo débil’ o, también, evitar el envío de porno
en el teléfono. Pocos valientes se atreven a decir

que no está bien y que no quieren recibir esos con-
tenidos. Quedan como ‘maricones’, fomes, graves…

Y eso es un ataque a la masculinidad que no muchos
están dispuestos a soportar”.

La tercera etapa es decir a mí me ocurrió, me dolió y me duele cada vez que me acuerdo, pero ahora vivo libre de eso, no me define… “No soy una mujer violada que va caminando por el mundo, sino que soy una mujer que tiene una experiencia de trauma sexual, pero ya soy libre”, aclara Paulina Letelier.

Entre más tiempo pasa desde la situación que provoca el trauma, es más complejo reparar. Las heridas se hacen crónicas y, muchas veces, tienes que hacer más trabajo paliativo para una recuperación completa. Las que lo han vivido hace menos tiempo se recuperan más rápido.

También tiene que ver con el ciclo vital. Las más jóvenes están más expuestas a que pueda volver a pasar. Una mujer adulta ha transitado por más cosas. “He atendido a mujeres de casi 70 años en terapias reparatorias de una agresión que le pasó a los 12. Ya vivieron toda la vida, pero necesitan sacarse eso. Todas las mujeres tienen tiempos distintos y hay quienes lo sacan en años para poderlo abordar”.

Solo tres centros en Chile

Lissette Wackerling, Directora Regional del Sernameg.

En Chile hay tres centros especializados en tratar a mujeres adultas víctimas de violencia sexual que están ubicados en Concepción, Valparaíso y Santiago. Dependen del Servicio Nacional de la Mujer y Equidad de Género, a través de la unidad de Violencia Contra la Mujer (VCM), y en ellos se atiende a mujeres que fueron derivadas desde distintas instancias, como la fiscalía, e incluso por demanda espontánea, explica la Directora Regional de Sernameg, Lissette Wackerling. “Allí hay atención social, psicológica, legal y psiquiátrica para mayores de 18 años que viven o han vivido violencia sexual. No es condición haber realizado una denuncia previamente, ni es obligación realizarla mientras permanece en atención. El centro busca disminuir y desnaturalizar la violencia sexual otorgando desde un enfoque de género, atención reparatoria, psicosocial y jurídico. En Concepción, es ejecutado por la Fundación León Bloy por mandato nuestro”, explica la directora. En ese lugar se atiende a víctimas de todo tipo de agresión de índole sexual, que hayan sucedido en cualquier momento de la vida de la persona, ya sea mujer o identificada con el género femenino. Si bien por las cifras indican que a ellos acuden personas más vulnerables, está abierto para todas, sin distinción.

Unidad de Atención a
Víctimas y Testigos

Esta unidad, dependiente del Ministerio

Público, es especializada y brinda atención inte-
gral y focalizada a las víctimas más vulnerables

y/o de mayor riesgo. La atención es transversal

y aborda cualquier tipo de delito, pero se con-
centra en quienes tienen una necesidad espe-
cial, ya sea por el riesgo, por las características

del delito o de la víctima.
La afectación de un mismo delito es distinta
en las personas, pero evidentemente que hay
algunos que revisten un mayor daño, son más
graves y el impacto en la víctima también es
mayor. La unidad atiende también a víctimas

indirectas, por ejemplo, a los hijos y los familia-
res directos de las víctimas.

“Asisten unas 200 mujeres en forma anual. Cuando se acercan al centro por ayuda terapéutica se les ofrece también ayuda legal. Solo un 12 por ciento acoge la idea de seguir una causa. Lo que buscan principalmente es la reparación psicológica”, puntualiza Lissette Wackerling.

Agrega que las mujeres más jóvenes se demoran muy poco en denunciar y también tardan menos en reconocer que sufrieron un episodio traumático, que es necesario trabajar para salir adelante. Las más adultas, sobre 45 o 50 años, son más de callar y tolerar algunas conductas que acarrearon que delitos como estos se invisibilizaran o que se vieran como algo menor.

“Los cambios son evidentes cuando hay un tratamiento, se ve en las mujeres que han pasado por el centro. Algunas llegaron con el deseo de no seguir viviendo, pero gracias al apoyo sobrellevan lo que les ocurrió. Se dan cuenta que su caso no es aislado, pues lamentablemente tenemos muchas historias como estas. Sabemos que son muchas las que necesitan terapia y hoy tenemos una lista de espera de alrededor de 60 para iniciar su proceso. Estamos trabajando para fortalecer y aumentar la atención”, destaca.

“¿Un centro de atención de víctimas? No sé si hubiera pedido ayuda ahí. Quizás si hubiese sido ahora, puede ser. Fui al psiquiatra, al psicólogo, a terapeutas varios, pero me di cuenta que no fue solo esa violación que me pudrió. Fue mi compañero de curso que me agarró el trasero a los 12 años, mi primo que me obligó a darle un beso en la boca a los 10, el tipo que se masturbaba cuando yo caminé al colegio. Los amigos de mi primer pololo que todos los días le decían que no fuera “ahueonao” y que me pidiera tirar. El que me manoseo en el mechoneo. Todo eso que me pasó a mí, a mis amigas y que le puede también pasar a mi hija. Me duele y me da asco”, dice Consuelo, y agrega-
que de todas maneras aplaude que las mujeres hoy se atrevan a exponer los casos de abusos. Una de cada tres mujeres en el mundo sufre violencia sexual y el único camino para acortar las cifras es mostrando que el delito es frecuente.

(Este artículo fue publicado en febrero del 2020.)

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