Violaciones y abusos sexuales en Concepción, bemoles de un peligro que no sólo está en las calles

Lo recomendable es que las víctimas recojan sus calzoncitos para presentarlos como prueba; hagan la denuncia a la policía y puedan acceder al tratamiento de reparación que propicia el Estado para superar traumas. Lo menos indicado es esconderse en la casa, encapsular temores o recuerdos y ocultar evidencias que pueden condenar a los agresores. Una señal potente de que sí es posible alcanzar justicia se conoció en los últimos días con la condena de 30 años impuesta al violador de una madre y su hija de 16 años en Boca Sur: uno más fuera de circulación aunque el Gobierno se empeñe en señalar que, en la región, los delitos de mayor connotación social –violación entre ellos- cayeron en un 16% durante el trimestre julio-septiembre de 2012. Las denuncias, sobre todo por agresiones sexuales a menores de 18 años, alcanzaron a 2 mil 676 en 2011 y este año su tendencia sigue siendo al alza.


“Yo trataba de gritar, pero la voz no me salía o yo no me escuchaba; no tenía fuerzas para defenderme, uno me besaba en el cuello y el otro me sujetaba de las piernas intentando desabrocharme el cinturón…”. Dos años después de ese episodio de abusos sexuales ocurrido en 2010 -en la intersección de Chacabuco y Ongolmo, en Concepción- el relato de la universitaria Javiera M. (24) aún sobrecoge. Y aunque ella dice haber superado el trance con oportuno apoyo siquiátrico, otras víctimas como Andrea (48), una mujer hecha y derecha ya, casada, madre de una niña de 10 años, nunca pudo recuperarse del trauma de haber sido violada por el hermano de su pololo en Los Cóndores, Talcahuano, cuando era joven, soltera e ingenua.
Dos protagonistas de sendas historias que nunca llegaron a tribunales, pero que forman parte de una lista negra de violencia en contra de la mujer: ¿Por qué a mí?, ¿por qué a mí? se preguntan todavía. En un caso, en el antiguo sistema de justicia, no hubo denuncia y en el más reciente, la joven rehusó constatar lesiones como manda la ley. Estaba asustada. Ahí murieron sus aspiraciones de “justicia”, porque sin denuncia no hay investigación y sin investigación no hay reparo ni olvido posible.
Sin embargo -en términos estadísticos- las agresiones a mujeres en plena vía pública aparecen hoy menos preocupante a los ojos de la autoridad versus los ataques sexuales a niños, niñas y adolescentes menores de 18 años y que llevan a tres expertos -el comisario de la Brigada de Delitos Sexuales (Brisexme) de la PDI en Concepción, Claudio González Gavilán; a la abogada Alicia Salgado Rojas, experta en delitos sexuales y VIF de la Fiscalía Regional, y al sicólogo Marcelo Campos Barrantes, de la Unidad de Atención a Víctimas y Testigos, del Ministerio Público en Concepción- a coincidir en que el mayor peligro de agresiones sexuales hoy no está en las calles de la ciudad.
Y si no en la calle ¿dónde entonces?: Lo está en el entorno cercano o afectivo de la familia, en esos espacios de confianza en que se encuentra el menor y cuyos límites algunos vulneran primero con el engaño, luego con la seducción, el aprovechamiento y, finalmente, imponiendo a sus víctimas la ley del silencio. O más gráficamente, en los colegios -cuatro particulares subvencionados en Concepción están siendo indagados- y en muchos hogares, donde la participación directa de los llamados “astros” en estos delitos sexuales aparece incuestionable: desde padrastros, hijastros, hermanastros, abuelastros, cuñastros, parejastros hasta amanteastros que -muchas veces- quedan al cuidado de los niños mientras sus madres o abuelas están trabajando.
Pruebas al canto. En 2010 se registraron 2 mil 023 denuncias por agresiones sexuales en la región; al año siguiente crecieron a 2 mil 676 y “este año deberían ser más”, adelanta la abogada Alicia Salgado, tras dejar en claro que el Ministerio Público persigue con igual celo a imputados delincuentes, profesionales o religiosos, como el ex director del Colegio Salesianos Audín Araya, por más complejos de indagar que estos delitos sean, sobre todo en menores. “Todos los delitos sexuales son complejos, pero más cuando el imputado tiene una característica especial, pero no tenemos ningún reparo a la característica del acusado para cumplir con nuestras obligaciones”, puntualiza la abogada.
En tanto, el jefe de la Brisexme, Claudio González, precisa que han aumentado las denuncias de agresiones a menores en cerca de un 84%, lo que no quiere decir que sean efectivas en su totalidad, por esta mayor sicosis entre los padres por denunciar. Sí está claro, agrega, que del 100% de agresiones sexuales, un 98% son abusos y violaciones. De este 98%, un 64% son abusos sexuales y el 36% restante, violaciones. De ese 36%, en el 70% de los casos son menores de edad y de ese 70%, el 38% son menores de 13 años.

Un rastafari en acción

Desde hace dos meses las redes sociales advierten -retrato hablado de por medio- acerca de un sujeto que acecha a sus víctimas en el cuadrante Tucapel- Lincoyán-Cochrane y San Martín. El tipo actuaría premunido de un arma blanca con la que intimida a sus víctimas después de abrasarlas por la espalda e incluso cuando éstas se disponen a subir a los colectivos; las traslada hasta el Parque Ecuador y las viola. Una de las víctimas más reciente sería una jovencita de 16 años, procedimiento que estuvo a cargo de Carabineros.
Con anterioridad, en septiembre y con un día de diferencia, fueron violadas dos jóvenes en la ramada de la Universidad del Biobío y en la de la Universidad de Concepción, y el 19 de septiembre, a las 13 horas, una religiosa de 74 años, de la Congregación Apostolado Popular de Concepción, fue intimidada por un sujeto de estatura baja con pelos de rastafari (dreadlocks) -según las características físicas que ella misma reveló- cuando abría la puerta de su casa en Cochrane, después de haber asistido a misa en El Sagrario. El sujeto le pidió dinero y al no obtenerlo, se abalanzó sobre ella y cometió abusos sexuales.
Por el caso de la UBB, en 48 horas la Policía de Investigaciones identificó a dos sujetos. Uno de ellos tenía antecedentes por robo con intimidación, está formalizado y detenido; su acompañante resultó ser un ex guardia de la misma universidad y su situación procesal aún no está resuelta. Tanto en este caso como en el de la U. de Concepción por el que prosiguen las indagaciones aunque la víctima se ha alejado de la investigación, los atacantes actuaron bajos los efectos del alcohol y pasta base. Por la agresión a la religiosa -que no viste hábitos- hay dos sospechosos.
“Tenemos algunos apodos y retratos hablados; esa persona va a ser identificada por la PDI y si existen los méritos y así se evalúa por medio del fiscal, va a ser detenida”, precisa el jefe de la Brisexme, Claudio González. Ninguno de los tres casos, agrega, tiene un mismo modus operandi ni están vinculados entre sí como para sostener que un violador en serie sigue haciendo de las suyas en las calles de Concepción.
¿La PDI está muy de punto fijo y camuflada entonces en el cuadrante que preocupa a tantas mujeres esperando al posible violador?
“Podríamos decir que estamos reaccionando a las denuncias recibidas y las estamos investigando a cabalidad”.
¿Se han puesto plazos?
“Sería fantástico, pero para eso hay que tener los medios de pruebas suficientes. Y mientras no los tengamos, no vamos a exponer ni a exhibir a ningún posible inocente o culpable sólo porque tenemos el instinto de que puede ser”.
¿Están esperando a que ataque otra vez?
“No, aquí cada uno tiene su rol. Nosotros cumplimos una labor de especialización por sobre los delitos que se cometen; otra es la institución que cumple una labor preventiva. Que con corazón logremos (mejores) resultados, es otra cosa”.
González insistió en que si fuera efectivo que existe este violador en serie, la víctima no lo ha denunciado; y si no hay denuncia, no hay investigación, pero consideró “muy poco usual” que en Concepción sucedan estas cosas. Recordó que poco antes de asumir el mando, en abril de 2011, se sacó de circulación a uno de los siete delincuentes más buscados de Chile según la prensa. El sujeto, apodado El Conejo, actuaba en la población Camilo Olavarría, en Coronel, y a sus tres víctimas las violó en la playa de Maule.
Una condena de 26 años cumple también César Castillo Soazo (31), un ex dirigente del PPD, como autor de los delitos de violación, abusos sexuales, robo e intimidación y amenazas en contra de tres jóvenes cometidos entre 2006 y 2007 en un impactante caso que investigó el fiscal Carlos Palma. El último de los ataques del que también fue llamado violador de Concepción ocurrió en mayo de 2007, cuando interceptó en la vía pública a una estudiante de 15 años, la llevó a su vivienda donde la retuvo por tres horas y la violó. A las dos restantes las intimidó en el centro y las trasladó hasta una galería para cometer los abusos.

El ladrido de la poodle

A comienzos de mayo de 2010, casi todo el curso de Javiera M. estudiaba Historia Contemporánea en el departamento de una compañera. Pensaba quedarse, pero se llenó de gente y junto a Felipe decidieron volver a sus casas. Eran las 20.30 horas y se fueron caminando hasta Chacabuco con Ongolmo, a una cuadra del Parque Ecuador, para tomar un colectivo hasta Villa CAP. Pasaban llenos y en el paradero, seguían conversando y esperando. A las 23.30 horas, su compañero logró irse en uno y ella se disponía a llamar a su casa desde un teléfono público para que la fueran a buscar cuando dos tipos la atacaron. Ella los había visto conversando, echando la talla unos metros más allá, pero nunca pensó que la acechaban.
Entre un quiosco y un árbol la acorralaron; su bolso y sus apuntes de clases saltaron lejos. Uno le sujetó las piernas, tratando de desabrocharle el cinturón y el otro le rasgó la blusa y el sostén, la manoseó, besó en el cuello y la forzó a que lo besara. “Así, sería más bacán, más rico”, le repetía.
“Yo trataba de quitármelos de encima, pero no podía, trataba de moverme, pero mi cuerpo no respondía, con mis brazos golpeaba las latas del quiosco -yo había visto a gente que estaba soldando en uno de los pubs – pero nadie escuchaba”, cuenta. Calcula que el ataque se prolongó entre ocho y diez minutos, hasta que escuchó casi desfallecida ya -a lo lejos primero- el ladrido de un perro; cuando los tipos huyeron, cayó al suelo y se puso a llorar. Reaccionó cuando tuvo a su salvadora -la dueña del poodle- al frente. Nunca supo su nombre ni tampoco el del taxista y sus tres pasajeros -dos niñas y un joven- que se detuvieron a ayudarla y trasladaron hasta la Primera Comisaría de Concepción ante la insistencia de la señora que, a esa hora, había bajado a pasear a su perro y decidida, encaró a los agresores y les gritó de todo.
En Carabineros, recién pudo hablar -agrega- y dejar constancia de lo sucedido, pero se negó a subirse a un carro policial con dos funcionarios para ir a constatar lesiones al Hospital Clínico Regional. Sólo quería refugiarse en los brazos de su mamá y cuando en el mismo taxi llegó a la casa y escuchó su voz, lloró hasta que se cansó. Javiera cuenta que se sentía tan sucia que, esa noche, se bañó cuatro veces: “Tenía el olor del tipo impregnado en la boca y en la piel; cerraba los ojos y los veía encima de mí. Dos meses estuve sin poder salir, porque -donde iba- me parecía verlos hasta que conseguí, con tratamiento siquiátrico, superar esto e incluso volver a pololear: Pensé ¡no me voy a quedar sola en la vida por la culpa de dos pelagatos!”.
Dos años después de ese ataque, Javiera dice que reconocería a los sujetos de quienes cree eran universitarios; uno lucía una barba de tres o cuatro días y el otro bigote, usaban buenas parkas Columbia –una azul y la otra rojo con plomo-, y zapatillas, tenían entre 20 y 25 años, mucha fuerza y habían salido de uno de los pubs de Chacabuco. “No eran ningunos flaites, pero olían a cerveza…”
Casi 20 años han pasado -en el caso de Andrea- desde que fuera atacada por el hermano de Esteban, su pololo, mientras cuidaba la casa de la hermana de ambos, en Los Cóndores, Talcahuano. La dueña de casa había viajado a Viña del Mar, a ver a la familia y la dejó a ella cuidándola. Enterado el agresor, él mismo se vino a Talcahuano; de madrugada entró por una ventana y la atacó. Estaba algo bebido.
-¿Y tú? ¿qué haces aquí? , le preguntó la joven.
-Te vengo a cuidar, le respondió el hombre antes de abalanzarse sobre ella.
Magaly -su mejor amiga- habla por esta mujer de 48 años hoy, y quien nunca ha podido recuperarse del trauma; nunca denunció a su agresor para no causarle problemas al ex pololo ni a su familia, aunque pronto la relación entre ambos terminó.
“Trabajábamos en Baratela, en Talcahuano, y fui la única que la pudo ver después del ataque; era un ovillo en su cama y no cesaba de llorar, sentía vergüenza, miedo, repulsión. Nunca pudo recuperarse; ni siquiera cuando se casó con un buen hombre y tuvo a su hija. Su mente siempre volvía atrás y rechazaba a su marido. Podían estar conversando muy bien, besándose y acariciándose, pero cuando llegaba el momento más íntimo, lo empujaba. Mi amiga ha sufrido harto, nunca más volvió a trabajar aunque tienen un buen pasar y solía repetirme: ¿Por qué a mí?, ¿por qué a mí? Cada vez que nos vemos, me pregunta lo mismo y sigue sintiéndose culpable, incluso, de haber provocado ese ataque”.

Bañarse no ayuda a la investigación

¿Qué tiene que hacer una mujer -como Javiera o Andrea- que se ve atacada sexualmente? ¿Se le puede pedir entereza; que fije en su mente señales del agresor y luego recoja sus calzoncitos y haga la denuncia a Carabineros o a la PDI ? preguntamos al sicólogo Marcelo Campos, quien respondió:
-Se puede dar, nos ha pasado. Algunas mujeres violadas por desconocidos tienen mucha claridad de la vestimenta, olores (tragos), barbas, tatuajes, que son datos importantes a la hora de poder distinguir quién es el agresor; también hemos tenido casos de víctimas que están muy choqueadas, con un bloqueo potente que les impide denunciar, que no recuerdan nada, que tiendan a bañarse, a cambiarse de ropa porque hay una sensación de suciedad. El malestar físico y emocional es tan fuerte que tratan de limpiarse de alguna manera, y eso a la investigación no ayuda.
¿Hay mujeres más predispuestas que otras a conservar la tranquilidad?
No se puede predecir, depende de las experiencias de la propia mujer respecto de su sexualidad; para algunas, una vida sexual más activa puede ser protectora. Hay mujeres que, incluso, tuvieron su primera relación sexual en esta violación y las consecuencias van a ser muy distintas: una cosa es la reacción inicial y las horas posteriores y otra las consecuencias de su vida sexual y afectiva. Ha pasado que algunas han sido víctimas de agresiones sexuales en su infancia y en la adultez y para ellas es devastador; es difícil determinar y depende de cómo es la agresión también. Es distinta la violación genital -lo esperable, digamos- a una genital, anal y bucal. La consecuencia emocional es distinta; la sensación de su intimidad la sienten mucho más transgredida.
¿Es posible recuperar a una víctima de ataque sexual?, ¿Cuánto tiempo demanda aquello?
El concepto de reparación implica que la persona aprenda a vivir con esta experiencia; en la medida que logremos que esa víctima se dé cuenta de que ella no tiene la culpa de lo que pasó, que es un hecho aislado -es raro que una mujer sea violada dos veces en su vida por un desconocido- hay una alta probabilidad de que pueda reintegrarse a la vida “normal”. Si tratamos de ponerle fecha, estaríamos hablando de un par de años. La reparación no tiene que ver con que la persona se olvide, dé vuelta la página y listo. No, eso es una fantasía. Ser víctima de una agresión sexual debiera convertirse en una experiencia más de las miles que tenemos en la vida.
Si está emparejada, ¿qué pasa con la vida sexual de esa mujer?
Uno podría esperar que la mujer pudiera retomar sobre todo su vida sexual, pero siempre los sicólogos decimos: depende de la persona. Ha pasado que muchas veces que es el esposo el que empieza a tener problemas, porque siente que ella “estuvo con otro hombre”, lo siente casi como una sensación de infidelidad. Empiezan los conflictos y para ella va ser mucho más difícil recuperarse de su experiencia y mantener la estabilidad de pareja con ese marido.
¿Un doble castigo?
Muchas veces pasa eso. Lo más probable es que ese dolor siempre va a estar, pero hay estrategias para sobrellevarlo; dependiendo de la edad y de si hay proyectos. Otras, en cambio, encapsulan su dolor, pero ven algo en la TV o les cuentan que le pasó algo a alguien y se les reabre la herida, se desbordan, hay todo un retroceso porque nunca lo han podido trabajar. Uno cree que es más fácil hacer como que aquí no ha pasado nada -a veces son bastante inconscientes esos procesos- pero siempre les va a estar dando vueltas. En esto se puede hacer un símil con el duelo.

Delitos sexuales, prioridad para la justicia

Por el Plan Estratégico del Ministerio Público 2009-2015, los delitos sexuales tienen prioridad en su conocimiento y tramitación, precisa la abogada Alicia Salgado, quien explica que -más que el alcohol y drogas en estos delitos- está presente un problema de control de impulsos del agresor y por parte de las víctimas, sobre todo en menores, el fenómeno de la retractación. No obstante, los tribunales están condenando a los autores de violaciones y abusos sexuales aún con víctimas retractadas, tal como ocurrió en Yungay, hace unos días con una menor de 14 años.
“Tenemos que batallar con esas situaciones y ello no significa que no sigamos adelante”, dice la profesional, tras resaltar el importante papel que representa, en estos casos, el trabajo de los sicólogos de la Unidad de Protección a Víctimas y Testigos. Si el trabajo no está bien hecho, lo más probable es que el fiscal pierda a la víctima para que declare, tal como lo exige la RPP. O como explica el sicólogo Campos, ellos bregan para que la víctima se sienta empoderada. Para su propia reparación es absolutamente necesario que declare en un juicio y en lo jurídico, que el fiscal tenga en estrados a esa víctima capaz de aportar la prueba. Hay un trabajo de contención y apoyo desde el primer momento, de acompañamiento -dice-hasta llegar al punto cúlmine para que la afectada esté en condiciones de prestar su testimonio de la mejor manera y al menor costo emocional posible.
Tal y como pasó durante el juicio del violador de una madre y su hija en Boca Sur. El sujeto, un delincuente veinteañero con antecedentes, fue condenado a 30 años.
¿Es una señal potente para otros violadores o de poco sirve? , preguntamos a la abogada Salgado.
En ese caso, pedimos la pena que en derecho correspondía pedir por los dos delitos: robo con violación en el caso de madre y violación de la hija. Si inhibe o no a un sujeto para cometer delito es un tema de la sociología penal. La señal potente que se puede dar es que los tribunales están considerando las penas a aplicar cuando el delito es grave y amerita la mayor que considera el legislador: En el caso de Boca Sur es un delito calificado, son delitos compuestos contra la propiedad y contra la libertad sexual. Al ser calificado, la condena parte en 10 años y un día hacia arriba. La pena solicitada estaba dentro del marco penal y el tribunal estimó que ameritaba imponerla; es una de las penas más altas que se ha tenido en el año en la región. El imputado tenía antecedentes, ya había cumplido una pena y en el periodo entre el delito y su detención -10 días- ya había cometido otro delito. Es un tipo peligroso para la sociedad.
¿Persiguen ustedes con el mismo celo y rigor delitos sexuales cometidos por sacerdotes, por ejemplo, o hay algún tipo de influencia?
Absolutamente, no tenemos ningún reparo a la característica del imputado, sea profesor o sacerdote. Tenemos el caso de Audín Araya, el rector del Colegio Salesianos que ahora va a juicio. Es un caso muy complejo. Hay una develación muy tardía de hechos que ocurrieron en 2008, situaciones que obviamente se dan en un contexto de secreto dentro de lo que es una orientación vocacional de los menores. Ahí va a haber un cuestionamiento a la figura del imputado en el sentido de que –lo que siempre pasa en este tipo de casos- es una buena persona y que con los niños siempre se llevaba muy bien. Otro caso es el de un ingeniero formalizado por cometer un delito sexual contra su hija y otras niñas del condominio en que vivían y el de un profesor de Tomé, de 60 años, al que condenaron por una falta al pudor que tiene una pena de multa. Nosotros apelamos la resolución y, finalmente, condenamos por el caso de una niña.

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