Violeta, pasiones y tormentos

La película “Violeta se fue a los cielos”, de Andrés Wood, con la actriz Francisca Gavilán, notable en su interpretación de Violeta Parra, refleja la vida, pasión y muerte de esa folklorista tan nuestra y a la vez tan ajena, pues ya le pertenece al mundo. Excelentes tomas, ritmo veloz, imágenes llenas de luz y, por supuesto, una ventana abierta muy bien lograda para atisbar en el corazón de una mujer de pasiones tan profundas como sus tormentos internos. El director logró atrapar con acierto las múltiples facetas de una Violeta fogosa en todo lo que emprendía. Su alma estaba llena de pájaros cantores y sus manos de locera, costurera, bordadora, ceramista, jardinera y poetisa se deslizaban con igual maestría arrancando notas de un charango, una quena, una guitarra o una vihuela.
En el filme podemos ver en repetidas escenas, primeros planos de sus pies andariegos por los campos de nuestra tierra en su hermosa tarea de recopilar letras de antiguas canciones del folklore criollo. Y allí divisamos a una Violeta rodeada de gente de campo, de piel curtida y pelo blanco, desenterrando de su memoria cánticos tan valiosos y perdidos en el tiempo como el “Rin del angelito”.
Sí, Violeta fue una andariega impenitente. Podemos seguirla por el mundo mientras expone sus multicolores arpilleras en el Louvre, en París, donde vivió entre 1961 y 1965. O en Rumania, cuando fue invitada oficial del gobierno y canta en teatros atiborrados de gente que la vitorea y bate las palmas con sus cantos emblemáticos “Casamiento de Negros”, “Qué pena siente el alma”, “Para olvidarme de ti” o “Volver a los 17”. Después de un largo peregrinar, ya asentada en Chile, levanta en La Reina la famosa carpa de los Parra. Allí, entre mistelas, vino tinto, empanadas, anticuchos y candolas logra convertirla en un importante centro cultural de folklore chileno y latinoamericano, en el que suben a la palestra las mejores voces y grupos del país y del continente. Sin embargo, Violeta está intranquila. Su corazón galopa de desasosiego. Lleva algunos años de relación intrincada, veleidosa, pasional, de encuentros y desencuentros con el antropólogo suizo Gilbert Favre, “el gringo”, el amor de su vida. Para él Violeta ha compuesto “Gracias a la vida”, que traspasará fronteras y será conocida en el ancho mundo. Pero Gilbert está a punto de dejarla. Se ha encaprichado con una hermosa boliviana. Violeta se humilla, le llora, le ruega, le suplica incluso que traiga a la boliviana a Chile, que no le importa compartirlo. Gilbert Favre parte rumbo al norte. Para él, ella escribe “Run run se fue p´al norte, run run nunca volvió”. La carpa de los Parra está alicaída. Viene poca gente, como si adivinaran que los ojos de Violeta están opacos, sin luz, y que su voz es casi un gemido. Violeta siente que su gente, que su país y que ese que a ella le pena en medio del gentío también la ha abandonado. La mujer que le cantó a la vida, ya no cree en nada. El 5 de febrero de 1967 se dispara un tiro en la sien .Violeta se fue a los cielos dejando un tesoro imperecedero.

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