Violeta se fue a los cielos

Previo al estreno, se dijo hasta el cansancio que esta nueva incursión de Andrés Wood no es una biopic con un guión tradicional: Violeta se fue a los cielos es más bien un viaje a los mundos internos de la cantante que también fue compositora, instrumentista, artista plástica, escultura, poeta, actriz, cocinera e investigadora, y que ante la disyuntiva planteada en una entrevista -realizada en la tv argentina- de elegir sólo uno de estos oficios,  responde que elegiría “estar con la gente”, pues desde ahí proviene su fuerza y su creación. Violeta, que amaba el trabajo más que al amor, siempre la tuvo clara: sólo la soledad la puede cansar. Y matar. Pero incluso, desde ahí, también crea.
Las escenas muestran una exploración que se da en varios niveles: como investigadora y compiladora del folklore ancestral; como compositora de tonadas, cuecas, valses, luego la canción comprometida o de protesta. O a través de su búsqueda de la felicidad que de forma cruel e irónica solía terminar con una abrupta pérdida: así, en El rin del angelito evoca a Rosita, su pequeña hija muerta durante su estada en Polonia, o da “Gracias a la vida”, pero al mismo tiempo maldice “del alto cielo” por el desamor del suizo Gilbert Favré, y también por el desprecio de quienes, con tenida esnobista, la escuchan sin escuchar tras exponer en el Louvre.
Wood, un cineasta siempre correcto aunque de extrema sobriedad y pocos manierismos, esta vez sí se atreve a profundizar en su faceta más autoral: hay marcas de fábrica como el “neo criollismo” y una cierta “estética de la chilenidad”, una cuidada dirección de luz y arte, así como escenas marcadas por diálogos sencillos pero no menos profundos. Pero, sobre todo, la fuerte presencia del entorno como un elemento más de significación. Este recurso es interesante en el universo de este director-economista, en lo que se refiere al desarrollo de escenas de corte “épico”; así,  lo que antes parecía un tímido ensayo en el plano final de La fiebre del loco (la persecución de lanchas en medio del Archipiélago), ahora logra una notable madurez en la carpa de La Reina o la infancia en San Carlos. Eso sí, ojo con ciertas reiteraciones innecesarias.
Francisca Gavilán, por su parte, tras unas escenas un tanto “contenidas” logra una caracterización sorprendente que culmina en suerte de posesión; por lo demás, se nota el afán de Wood y su equipo de guionistas por obtener un retrato lo más verosímil posible: justo cuando la historia pareciera caer en la sacralización o el pastiche, los bemoles y sostenidos de la cantante sancarlina se dejan aparecer sin ambigüedades: un carácter dominante, un ánimo casi bipolar, un límite no definido entre la genialidad y la auto-destrucción.
Calculado o no, Wood ha tenido el acierto de hacer de sus películas verdaderas epifanías de sus épocas: pasó con Machuca, en un momento en que el país vivía un desahogo y una catarsis de su traumático pasado en los setentas. Unos años después, La buena vida supo retratar, mediante una historia coral, a la capital deprimida, estresada y decepcionada que se trasladaba en el Transantiago. Violeta se fue a los cielos llega en un momento en que las nuevas generaciones claman por una revolución cultural ¿Suerte? Tal vez. Pero, sin duda, la suerte de los buenos directores y de las grandes películas.

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