Work and travel: la alternativa veraniega que toma fuerza entre los jóvenes penquistas

Cada año, decenas de universitarios destinan sus vacaciones de verano a participar en los programas work and travel que se realizan en Estados Unidos. Cumplen labores como mucamas de hotel, ayudantes de cocina o instructores de ski, en una experiencia que, según definen, los ayuda a mejorar su nivel de inglés, ser más independientes y generar una red de contactos en distintas partes del mundo.

Por Constanza Bello.

Tras las últimas rondas de exámenes y un intenso año de estudios universitarios, la mayoría de los jóvenes espera con ansias la llegada de diciembre para comenzar los tres meses de vacaciones que brinda el verano. La playa, los amigos y el tiempo libre son el escenario ideal para relajarse y recargar energías.

Pero cada temporada hay un grupo que decide disfrutar esta época de una manera diferente, y embarcarse en una aventura de sacrificio y nuevas experiencias. Para ellos, la alternativa son los work and travel, programas diseñados por el Departamento de Estado de Estados Unidos, que buscan intercambio cultural, mientras jóvenes trabajan y recorren este país por un periodo de hasta cuatro meses.

Ayudantes de cocina, mucamas, garzones o instructores de ski son algunas de las opciones laborales disponibles, a las que acceden mediante una agencia que, desde Chile, se encarga de asesorarlos, hacer los contactos con los empleadores y tramitar los papeles con la embajada norteamericana. 

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Camila Hargreaves trabajó como anfitriona de uno de los restaurantes del Ritz Carlton, Bachelor Gulch, en Avon.

El pago mínimo promedio es de 7,5 dólares por hora, cerca de unos 5 mil pesos chilenos. Los trabajos, generalmente, son por jornada completa, por lo que pueden llegar a ganar más de 200 mil pesos a la semana. Sin embargo, el dinero no es la principal motivación para quienes participan en estos programas. Lo fundamental para ellos es conocer a fondo la cultura estadounidense, vivir una experiencia que les permita ser más independientes, generar contactos y amigos de distintos países, y practicar y mejorar su inglés. 

Desapego 

Con ese objetivo, Camila Hargreaves (25) emprendió rumbo a Avon, un pueblo de un poco más de 6 mil habitantes ubicado en el estado de Colorado, y que basa su economía en el turismo, principalmente, gracias a que es parte del circuito mundial de deportes de nieve. 

“Hace un tiempo tenía la idea en mente, porque quería reforzar mi inglés, me encanta ese idioma. También soy súper apegada a mis papás, entonces quería ver la posibilidad de valerme por mí misma”, cuenta la estudiante de Nutrición y Dietética.

Agrega que “cuando realmente enganché con irme, fue después de una especie de intercambio que hizo mi hermano. Todo lo que me contó, las personas que conoció, yo igual quería hacerlo. Aunque al principio mi familia no me apoyó mucho, por los típicos temores de los papás, decidí que era una experiencia que quería vivir”.

Así, durante 2014 se encargó de preparar todos los aspectos del viaje con la ayuda de una agencia aprobada por el organismo de Estados Unidos para reclutar trabajadores en Chile. Rindió las pruebas para acreditar su nivel de inglés y con esa información comenzó la búsqueda de empleo.

Llegó a Avon en diciembre del año pasado y se desempeñó como anfitriona de uno de los restaurantes del Hotel Ritz Carlton, Bachelor Gulch. Parte de sus funciones era organizar las mesas, atender los llamados de reserva, recibir a los clientes y ubicarlos según sus necesidades.

Reconoce que las dos primeras semanas fueron bastante difíciles, en especial el periodo de las fiestas de fin de año, por la alta concurrencia de turistas en la época. Además, el idioma le jugó una mala pasada. “Yo sabía harto inglés, pero no entendía nada. Hablaban muy rápido y las personas que eran de otros países tenían unos acentos que hasta se mezclaban con ruso. Muy complicado”.

Otro de los puntos bajos fue la Navidad. Trabajó durante toda esa jornada y ni siquiera tuvo una cena. “Era la primera vez que no estaba durante esta fecha con mi familia. Me lo lloré todo. Ahí me vino el arrepentimiento. Me preguntaba por qué me fui, por qué hice esto. Aparte, no estaba entendiendo nada de inglés, entonces pensaba que no iba a aprender como quería. En ese momento era todo terrible para mí”, recuerda entre risas.

A pesar de ello, estaba en un lugar soñado para pasar la Navidad. “La nieve, las luces, todo decorado con viejos pascueros. Eso sí era muy lindo, como en las películas, muy entretenido”, dice. 

El alojamiento fue otro tema que debió sortear. Si bien el programa que contrató con la agencia en Chile incluía el lugar donde vivir, se dio cuenta de que era bastante caro y podía encontrar otro sitio en el que pagar menos.

Buscó en Facebook y dio con un grupo de argentinas que tenían tres cupos disponibles, para Camila y las dos amigas con las que viajó, lo que económicamente les era más rentable.

Los tropiezos de un comienzo no le impidieron adaptarse y desenvolverse con naturalidad. Asegura que, tras el Año Nuevo, tanto su actitud como las nuevas situaciones que vivió la hicieron ver esta experiencia de manera diferente. “De ahí en adelante fue un cambio radical, tanto que cuando estaba por terminar todo lloraba porque no quería volver. Me quería quedar allá por mucho más tiempo”.

Además, cuenta que disfrutó al máximo su periodo de independencia. “A diferencia de otras personas, no me costaron las típicas cosas que hay que hacer en la casa. Yo creo que era porque lo estaba esperando hace tanto tiempo. De hecho, era feliz pagando mis cuentas, yendo al supermercado, comprando lo que yo quería”.

“Aprendí a cuidarme sola, a valerme por mí misma. Creo que ahora puedo tomar decisiones sin tener que depender de mis papás. Logré ese desapego que necesitaba, porque antes era súper llorona, pero ahora nada. Crecí un montón”, destaca Camila.

El dinero que ganó lo utilizó para viajar por Las Vegas, Nueva York y Miami, entre otros destinos. El 21 de marzo de este año volvió a Concepción, directo a la universidad a continuar sus estudios. 

“Me quería morir, porque las clases ya habían empezado y yo no cachaba nada. Además, la emoción de estar de nuevo en la casa me duró como un día, porque echaba mucho de menos estar en Estados Unidos, sentía que había hecho mi vida allá. Eso se me pasó recién cuando comenzó el segundo semestre. Ahora ya me adapté a estar otra vez acá”, afirma.

Camila dice que, si bien tuvo algunos inconvenientes, considera que los casi cuatro meses que pasó en el extranjero fueron inolvidables. “Lo pasé chancho, demasiado bien. Lo repetiría trescientas veces más, porque me encantó”, enfatiza.

De película 

“El camarón es la fruta del mar. Puedes hervirlos, asarlos, saltearlos… Hacerlos con coco, limón, piña, a la pimienta… ”, le dijo Bubba a Forrest Gump, en uno de los diálogos de esta película, mientras entrenaban en el Ejército durante la Guerra de Vietnam.

Tras la muerte de este personaje, el protagonista decide cumplir el sueño de su mejor amigo y crea la Bubba Gump Shrimp Company, empresa encargada de la recolección de estos crustáceos.

Fue precisamente la idea que hizo millonario a Forrest la que traspasó la pantalla grande y se convirtió en una cadena de restaurantes con más de cuarenta locales en Estados Unidos y otras partes del mundo. Ahí se puede degustar la variedad de preparaciones de camarones que describía Bubba, y recrear las aventuras de uno de los personajes más emblemáticos del cine de los ‘90.

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Camila Hargreaves estudia Nutrición y Dietética.

Hasta la sucursal de Maui, en Hawaii, llegó Juan José Bernasconi (24), en diciembre de 2011, para trabajar como ayudante de cocina. El destino fue casi por obra del azar, ya que sus planes iniciales eran partir hacia una ciudad con nieve, como la mayoría de quienes participan en los programas work and travel.  

Mientras esperaba para realizar las pruebas de inglés en la agencia que tramitó su viaje surgió esta “oferta de último minuto”. “Me dijeron que se abría el cupo y aunque los pasajes costaban 300 mil pesos más, lo tomé”, recuerda el joven cientista político.

Era la primera vez que Juan José salía del país, y el viaje lo hizo con uno de sus mejores amigos, quien sí tenía experiencia en esta materia. “Le copiaba en todo lo que hacía. Cuando pasamos por la aduana había unos guardias gigantes. Estaba preocupado por el tema de la inmigración de Estados Unidos, a él lo revisaron como 45 minutos, pero por suerte yo pasé súper rápido”.

Casi un día tardaron en llegar a Hawaii, entre las horas de vuelo y las escalas. El joven asegura que ya en la isla “me golpeó el clima tropical”, pero quedó maravillado con las playas, el color del mar y la calidez de los lugareños. 

Pronto comenzó sus labores como cocinero de línea. “Salían las órdenes y yo estaba encargado de freír. Era un trabajo súper estricto, tanto que estaban las imágenes de los niveles de cocción, y si no quedaban como lo pedía el cliente, lo botábamos y teníamos que hacerlo otra vez. Luego de unas semanas pasó al área de preparación de platos, en el que debía hacer diferentes mezclas y adelantar labores para el plato final.

Como en la mayoría de los trabajos, el sueldo vino con el transcurso de las semanas. Por lo mismo, una de sus mayores preocupaciones era gastar en arriendo y comida, sin generar ganancias. “De hecho, me había comprometido a devolver la plata de los pasajes, lo que finalmente no hice”, relata como anécdota.

A la par, intentaba lidiar con su nueva vida lejos de casa. “Era la primera vez que estaba fuera y me tuve que preocupar de comer solo, lavar, ordenar. Y también estaba el tema de la convivencia con los demás. Vivíamos doce, entre chilenos y de otras partes, en una casa que en condiciones normales hubiese sido para seis”.

Esta instancia le sirvió para estrechar lazos que conserva hasta hoy, en especial, con sus compañeros que eran de Concepción, aunque sigue en contacto con los norteamericanos. El año pasado visitaron Chile, y Juan José, junto a sus otros amigos, los recibieron. “Es una forma de devolver la mano por todo lo que nos ayudaron cuando estábamos allá”, afirma.

Al analizar todo lo vivido, considera que para poder participar de este tipo de programas, además de las ganas y la motivación, es necesario ser tolerante a la frustración. “Quizás muchas veces no van a resultar las cosas como uno lo esperaba. No es difícil, pero no es flores y arco iris todo el tiempo. Van a haber problemas, en algún momento uno se siente solo o echa de menos a la familia, pero vale la pena la experiencia”, finaliza.

De menos a más

 “Las primeras tres semanas fue súper crudo, porque me quedé en un hostal con unas piezas muy frías y poco acogedoras. No teníamos dónde comer ni nada. Mi trabajo me cargó. Me asignaron de mucama en un hotel y fue la peor pega de la vida”, cuenta Isidora Silva (22), estudiante de Pedagogía en Inglés, quien llegó en diciembre pasado a trabajar a la localidad de South Lake Tahoe, entre los estados de Colorado y Nevada. 

El pago fue otro de los puntos bajos que vivió. “La administración no era muy buena. Recibíamos los sueldos cada 15 días y, por ejemplo, por las mismas horas de trabajo una amiga recibía más y yo menos. Así es que para solucionar el problema había que esperar hasta la siguiente fecha”, asegura. 

Pero hoy las recuerda como anécdotas sin mayor relevancia, ya que tras el primer mes todo mejoró. Cambió de trabajo dentro del mismo hotel y la dejaron a cargo del casino y la limpieza de las máquinas de juego. Además, encontró una casa en la que vivir junto a sus amigas y otros latinoamericanos.

“Me empecé a sentir mucho mejor, era muy entretenido. Eso sí yo soy súper maniática con el orden, la limpieza, entonces a veces había roces de ese tipo, pero finalmente eran tonteras. Yo en mi casa hago muy poco; de hecho, mis papás siempre me recriminaban eso, así es que el viaje me sirvió”, reconoce Isidora.

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Isidora Silva estudiante de pedagogía en Inglés. Trabajó en South Lake Tahoe.

La relación con los estadounidenses es una de los aspectos que destaca. “Son súper amorosos, muy educados, cultos, saben mucho de nuestro país. Aparte, tenían las ganas de conocer más. Para ellos es súper novedoso que cada temporada llegue gente de otros países, porque los enriquece como cultura, entonces están muy interesados en que les cuentes cosas que no saben”. 

Luego de tres meses de intenso trabajo, las últimas semanas las dedicó a viajar por los pueblos cercanos a South Lake Tahoe y también a ciudades grandes como Nueva York. “Creo que es una experiencia que, para quienes tienen mi edad, hay que vivirla sí o sí. Realmente era maravilloso recorrer estos lugares, conocer gente nueva todos los días, que te sirven de contacto por si más adelante quieres ir a cualquier parte del mundo”, asegura la estudiante.

Agrega que el objetivo de perfeccionar su inglés lo cumplió, ya que logró un idioma más técnico y fluido, muy importante para su carrera profesional. También advierte que quienes esperan volver con dinero podrían decepcionarse. “Sí ganas mucha plata, pero finalmente lo gastas en el alojamiento, los viajes o las cosas que puedes comprar en Estados Unidos. Si se quiere aprovechar bien la experiencia de un work and travel es bastante difícil llegar a Chile con ahorros”, afirma.

Para el futuro los planes son embarcarse a un viaje similar, pero esta vez a Australia. “Me encantaría estar un año allá y trabajar. Lo más probable es que sea con un par de amigas.  Luego de eso, con todo lo que junte, ir a recorrer el sudeste asiático. Al menos para mí los viajes son la mejor inversión”, puntualiza. 

Por partida triple 

Se podría decir que Nicolás Díaz es un veterano de los work and travel. A sus 27 años ya ha participado en tres ocasiones consecutivas de estos programas. La primera vez que viajó lo hizo con un solo objetivo: pasarlo bien.

Cuando aún no salía del colegio, su hermano mayor estuvo en California, y desde entonces supo que en algún momento replicaría la historia. Bastó que en tercer año de la universidad un amigo se lo propusiera para partir a trabajar como manipuladores de los andariveles en un centro de ski en Red River, Nuevo México.

Apasionado por la nieve, cuenta que con el viaje se enamoró completamente de ella. “Todos los días podía esquiar, realmente como que me casé con la montaña. Además, empecé a conocer cosas más técnicas de las tablas, que a mí me gustan muchísimo”, afirma. 

La posibilidad de vivir solo también le dejó enseñanzas personales. “A los 21 años, la edad que tenía la primera vez que me fui, uno no sabe nada. Y sin la familia empiezas a valorar lo que tienes en la casa, que muchas veces das por sentado. Esto te hace salir de la burbuja”. 

Sin duda, lo que más lo marcó y, hasta hoy, fue su relación con el idioma. “Yo llegué hablando básico, muy mal, pero eso mismo me despertó las ganas de aprender inglés. Quedé con ganas de más. Me motivé mucho y cuando volví a Chile tomé clases para reforzar lo que aprendí”, asegura el ingeniero comercial.

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Nicolás Díaz.

Al año siguiente, su red de contactos y las mejoras notables en su forma de hablar, le permitieron volver a Estados Unidos. Esta vez para trabajar en un local en el que arrendaban equipos de ski y snowboard. A diferencia de la temporada anterior, sólo solicitó la asesoría de la agencia para tramitar la visa, el resto lo hizo por su cuenta. 

El nuevo empleo le dejó más tiempo para practicar deportes de nieve, además de que el pago era mayor. “Ahora el objetivo no era sólo pasarlo bien, sino que aprender más inglés, ganar plata y recorrer”, recuerda Nicolás.

Durante su último año de universidad volvió a Red River, pero de vacaciones y a visitar a sus amigos. “Terminé trabajando igual por un tiempo. El local de arriendo de equipos necesitaba personal, me hicieron una oferta muy buena, y yo dije que sí. Como en tres semanas gané un millón de pesos, aunque estaba medio de ilegal, porque fui con visa de turista”, reconoce. 

A pesar de que durante tres temporadas solo trabajó y volvía a estudiar prácticamente sin descansar, Nicolás sostiene que “es lo mejor que pude haber hecho. No soy una persona muy académica, pero el tema del idioma me abrió demasiadas puertas. Salí de la universidad y empecé a trabajar en EF, que basa todo en inglés, y fue por lo que aprendí”.

Agrega que “un magíster, un diplomado o un MBA no me hubiesen servido tanto como lo fue hablar en inglés. Después me enviaron a capacitaciones en Inglaterra, Irlanda y fue sólo gracias a esa experiencia que viví durante tres años. Si no, jamás habría pasado”, destaca.  

Son cerca de 800 visas de tipo J1 las que en promedio autoriza cada año la embajada de Estados Unidos para que jóvenes chilenos accedan a los programas work and travel. 

Dentro de los requisitos está ser alumno regular de alguna carrera universitaria o instituto profesional acreditado por el Ministerio de Educación, y volver a clases a más tardar el 1 de abril. Además, ser patrocinados por un sponsor, que certifique una plaza de trabajo para el postulante. 

De esto último se encargan las diez agencias aprobadas por el Departamento de Estado norteamericano para asesorar a los interesados. Una de ellas es Integra, empresa que durante el verano envía parte de su personal a Estados Unidos para monitorear de cerca las necesidades de sus clientes. 

Yerko Giadrosich, director de la organización, asegura que “un programa de intercambio marca la vida, te entrega mucho. Te fortalece el inglés, pero también como ser humano. Hoy, en un mundo tan globalizado, es fundamental que un estudiante viva una experiencia como ésta”. 

Los universitarios pueden acceder a diferentes planes con un costo mínimo promedio cercano a los 700 mil pesos. Dependiendo del paquete que compren, la empresa se encargará desde conseguir la plaza de trabajo hasta el alojamiento y los pasajes de avión, además de gestionar las pruebas de inglés y el papeleo para presentar en la embajada norteamericana.

O’Higgins 680, 4° piso, Oficina 401, Concepción, Región del Biobío, Chile.
Teléfono: (41) 2861577.

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