Yo vengo a ofrecer mi corazón

¿Quién dijo que todo está perdido? Yo vengo a ofrecer mi corazón. Será tan fácil como abrir el pecho y sacar el alma. Tan simple como una cuchillada de amor. A quien esté a punto de irse, despacio, sin latidos, cuando miles de corazones se les han negado, yo vengo a ofrecer mi corazón. Estoy hablando de dar vida. Será solamente como un cambio de casa, de un latir en otro pecho que se está muriendo porque hoy no existe la palabra compasión. Que nadie, nadie, se entristezca cuando yo me vaya. Porque mi corazón seguirá bailando al son de su propia música interna en otra persona. Quizás, egoístamente sienta algo de pena. Cuántas divinas locuras compartimos, cuánta complicidad sentirlo latir al galope, cuántos recuerdos de amor en que fue mi confidente en todas las dimensiones del amor que se pueden dar. Amor filial, amor paterno, amor de madre, amor amigo, amor pasión, amor locura, amor como el que siento por Agustín, quien con sus dos añitos, tan sólo cuando me sonríe con sus ojos candorosos o cuando jugamos a las escondidas, ha logrado robarme un pedazo de corazón. Amor a la palabra, a los libros, al arte, a la belleza, a la poesía, a los Nocturnos de Chopin, a las Sinfonías de Beethoven, todo Mozart. En ocasiones he sentido un chasquido seco y el corazón partido en dos y cómo duele. Pero, las más de las veces he percibido el aleteo de la felicidad rozándome la piel y he podido sentir un corazón ardiente que arde en llamaradas.
Mientras escribo rememoro una canción de Gabriela Ferri, a quien me deleitaba escuchar cuando tenía veinte años, el mundo en la mano, un horizonte de bellas utopías y no le temía a la muerte. La muerte no existía. Yo era inmortal. Suscribo plenamente esa canción que, de vez en cuando, alguna radio recuerda con nostalgia. “Te regalo yo mis ojos, mis cabellos y mi boca y hasta el aire que respiro, yo mi vida te regalo. Así espero que comprendas, que mi amor es algo grande y que el tuyo solamente, vale poco, casi nada”.
Yo vengo a ofrecer mis ojos. Estos ojos que lo han visto todo por el ancho mundo y se han extasiado ante un Da Vinci, un Miguel Ángel, un Salvador Dalí, un Boticelli. Y que se han sensibilizado de dolor ante la visión de un campo de concentración en Auschwitz, y han llorado en la casa de Ana Frank donde permaneció dos años casi enterrada viva por la estrechez, escondida de los nazis. Pero que también se han bebido el aire, los campos de trigos dorados, la luna, que perfecto distinguen lo negro del blanco, en el alto cielo su fondo estrellado y en las multitudes al hombre que yo amo. Y el mar, el mar de Coliumo, que me invita a crear. Yo vengo a ofrecer mis ojos porque soy donante. Alguien podrá mirar a través de estas ventanas que vieron tanto.
El tema de la donación de órganos debe ser un tema país. No es posible que niños y seres humanos de todas las edades mueran porque el corazón, el hígado o el riñón que clamaban con desesperación no llegaron. Con emoción digo que mis hijos y marido son donantes. Seguir viviendo, latiendo, mirando cuánta belleza existe en este mundo a través de otro ser es un regalo de amor. Cuando me muera, por favor, ábranme el pecho ¿Quién dijo que todo está perdido? Yo vengo a ofrecer mi corazón.

O’Higgins 680, 4° piso, Oficina 401, Concepción, Región del Biobío, Chile.
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